También se vende crack en el espacio

Allá por los años ochenta, un grupo de escritores y dibujantes de cómics efectuaron una renovación en el formato con la intención de dotarlo de una vertiente más intimista y reflexiva.

Con esta filosofía, Todd MacFarlane y David Michelinie, con un dibujo mucho más barroco e impresionista, trabajaron en Venom, una mutación irreconciliable con el estilo pasado del sello Marvel que representaba una clara declaración de principios en el inicio de una nueva era en que los villanos y los héroes tenían más en común que en cualquier otro espacio/tiempo de la casa de las ideas.

El parlanchín simbionte Venom Venenoso para algunos, creado con la maestría de MacFarlane y parte de cuyos curtidos clichés debemos a Michelinie, es un monstruoso y oscuro ser con claras referencias a la obra de Robert Louis Stevenson Dr. Jekyll y Mr. Hyde, proveniente de lo más profundo del espacio. Un enemigo para Spiderman, un ser más grande y fuerte que el vecino amigable, con la intención de, entre golpe y destrozo, intelectualizar un poco más la saga dentro de los límites de un formato tan detallista.

Ahora en 2018, con una legión de espectadores sedientos de películas de superhéroes, Marvel no podía dejar pasar la oportunidad de plasmar en la gran pantalla la historia de este inclasificable ser. La torpeza de Venom, el peor de sus errores es no reflejar la multitud de encrucijadas ideológicas e inhumanas a las que somete a su huésped, el periodista Eddie Brock (Tom Hardy), características innatas del personaje en su versión actualizada y consolidada.

Ruben Fleischer (director) y un nutrido grupo de guionistas deciden dejar de lado la verdadera naturaleza de Venom, esa savia primigenia de la que bebe, en virtud de la cual se encuentra a gusto en un espacio/tiempo donde lo bueno y lo malo se disecciona entre capas oscuras y trazos robustos de violencia explícita. Bajo la batuta de Sony en asociación con Marvel, Fleischer presenta la historia de Venom con una dirección monitorizada de dudoso juego moral (según los orígenes del monstruo espacial) discutible en todo momento, de manera que el monstruo acaba convertido en un perrito faldero sin identidad ni objetivos, un ser perdido en la ciudad sin solución de continuidad dramática, olvidándose su director de que está contando la historia del único villano moderno que está a la altura de los clásicos. Poca broma.

Dicho todo esto, Venom languidece hasta el punto de que nos parece un alienígena puesto de crack con un claro TEPT (trastorno de estrés postraumático) en busca de un camello capaz de devolverlo al lugar de donde salió. Puede que allí le den mejor mierda, porque aquí en la Tierra solo encuentra a gente con problemas incapaz de obedecer a las necesidades de la verdad. No han entendido nada.