Interior. Noche. Principios de la década de los noventa. Un adolescente que comienza a sentir que el cine es algo más que “ver películas” está viendo en “su pantalla amiga” el último capítulo de una serie que se ha convertido en todo un fenómeno televisivo: Twin Peaks (1990). En una escena, el adolescente escucha una frase de labios de Laura Palmer, el cadáver más bello del mundo: “Nos volveremos a ver dentro de veinticinco años”. Este extraño anuncio de un futuro encuentro lo susurra al oído del agente del FBI Dale Cooper, encargado de resolver el asesinato de Laura.

Han pasado más de veinticinco años, pero aquel encuentro anunciado se ha producido. El bello cadáver y el agente han reaparecido en la pantalla catódica en una apasionante tercera temporada. Y ha vuelto a suceder. Su máximo creador, David Lynch, junto al guionista y productor Mark Frost, ha logrado que el espectador vuelva a vivir sensaciones que pocas veces se experimentan en el salón de casa.

Con Twin Peaks han vuelto la magia, el misterio y los interrogantes. Sirva este artículo no como una respuesta a dicho misterio (esquivando el spoiler), ni como un compendio de teorías aclaratorias o conjeturas propias de un forero arrabalero, sino como una reflexión totalmente subjetiva sobre las sensaciones experimentadas por aquel adolescente que acabó hipnotizado hace décadas, cuyo efecto fue diluyéndose por el paso del tiempo, hasta que recayó, quizás para siempre, en el misterio más bello del mundo.

David Lynch: de zorro viejo a Einstein narrativo

A estas alturas de la vida, David Lynch, con setenta y un años y poseedor de una filmografía ya considerable, es un zorro viejo en las lides audiovisuales, ya sea en el terreno cinematográfico o televisivo.

Casi en stand by en el mundo del cine desde que realizó Inland Empire (2006) y dedicado a dar conferencias sobre su estilo cinematográfico y la filosofía zen —su “salvavidas”, según ha confesado el director—, editar discos y seguir pintando, pocas novedades cinéfilas se podían esperar. Hasta que saltó la liebre en 2014 con la noticia de que Lynch estaba negociando una tercera temporada de Twin Peaks para la cadena norteamericana Showtime.

Tras unos dimes y diretes —se sospecha que provocados por conflictos creativos y económicos—, comenzó el rodaje con total secretismo, lo que dio pie a elucubraciones de todo tipo por parte del fandom sobre qué acontecería en esta tercera temporada tras haber finalizado la anterior con aquella risa maléfica de Cooper que certificaba la posesión de la entidad llamada Bob.

Y vistos los dieciocho capítulos de que consta la temporada, no queda otra que rendirse —otra vez más— a los pies del genio creativo de David Lynch.

David Lynch: la experiencia es un grado experimental

Lynch ha ofrecido un producto televisivo a la altura de las expectativas del que en verdad conoce la idiosincrasia del universo del director.

Esta tercera temporada no es una continuación de las anteriores en busca de la aprobación de todos, ni un ejercicio de melancolía o sano morbo por comprobar cómo les habrá ido a los habitantes de Twin Peaks tras todo este tiempo.

El director ha ampliado el universo de la serie, profundizando en la oscuridad e inquietud que ya de por sí abundaban en el pasado, pero, a la vez, ha dinamitado todo concepto previo, liberando toda la imaginería lynchiana cultivada tras décadas de carrera y desbocada por la libertad que da ser un artista maduro con un bagaje personal y único.

Si hace décadas Twin Peaks consiguió que el medio televisivo madurara, Lynch ha logrado con esta tercera temporada llevar el medio a niveles que difícilmente se puedan volver a alcanzar.

Y lo ha logrado despojándose de todo ropaje narrativo convencional para disfrazarse de científico que juega a ser un dios audiovisual experimentando con un tipo de narración totalmente radical y novedosa, creando un totum narrativo donde tienen cabida la esencia de etapas anteriores —la lucha constante del bien y del mal, la vida detrás de la puerta de la América mundana—, espacios físicos y mentales ya representados por Lynch —la famosa logia blanca y su habitación roja— y un excesivo, a la par que extraño, sentido del humor personal e intransferible —ya visto en su fallido proyecto televisivo On the air (1992)—; pero en esta ocasión, el director hace aportaciones novedosas como la inclusión de mitología germana —todo lo relacionado con el doppelgänger Cooper / Mr. C—, nuevas localizaciones —la aterradora gasolinera, acceso a uno de los lugares más oscuros de la serie— y la cima de originalidad y atrevimiento de esta temporada: “plegar tiempo y espacio” en su tramo final, un salto mortal sin red pocas veces visto en una serie de televisión.

Dos más dos no son cuatro

Con todos esos nuevos mimbres, Lynch crea un fresco centrado en la experiencia, restando importancia al relato y a la lógica para seguir, como se afirmaba en aquel poema de Kavafis, la máxima de que “lo importante es el viaje, no el destino”.

Es en este punto, en valorar el viaje y disfrutar de las cuestiones, donde cierta parte del público mordió en hueso esperando hallar respuestas a todo, pero se encontró con la incertidumbre transmutada en supuesta lógica, lo que hizo pensar más de uno que Lynch había tomado el pelo al mundo entero, siendo esta afirmación un craso error.

El mundo de Lynch es un mundo sin respuestas, dado que la misma respuesta es la anulación de toda la esencia lynchiana. En definitiva, la filosofía de Lynch consiste en dejar que el gran enigma se quede sin resolver, a la manera en la que la vida se nos ofrece, día a día, como un misterio que nunca se resuelve del todo, y se da el caso de que, si llegamos a un dato cierto, ese dato será la causa de otro enigma, quizás mayor que el anterior.

Todo esto, a ojos del público, puede llegar a ser la renuncia a toda lógica, la pérdida del sentido de una narración con principio, núcleo y desenlace, que hará decaer el interés.

Pero para el amante del universo de Lynch, es el juego que acepta jugar con agrado, dejándose llevar por la experiencia de entrar en el alma de personajes corrientes que contienen un lado oscuro irrenunciable, recorrer estancias donde las leyes físicas son demolidas por un sentido del absurdo —y a la vez, del misterio— y donde el sentido de la comicidad —Dougie Jones es el slapstick y la confusión cómica elevada a la máxima potencia— puede llegar a ser tan naíf que roza el surrealismo.

Todo eso es David Lynch y, por extensión, es el pilar central de esta tercera temporada, una maravillosa radicalidad artística transformada en un viaje hacia lo más oscuro y, a la vez, lo más bello del alma humana.

El capítulo ocho

El ejemplo de lo anteriormente citado se encuentra en el capítulo ocho de la temporada.

En su conjunto, el capítulo es una pieza de videoarte en la que Lynch, como se suele decir, lo da todo, tanto en su labor cinematográfica como en su labor artística, ofreciendo un estudio sobre la naturaleza del mal y su lucha constante contra el bien, siendo esta el motor de nuestro mundo.

El despertar del sueño norteamericano

Y todo ello parte de un suceso que marca la vida de la Norteamérica que recuerda el director desde su infancia. Consideremos que Lynch bebe mucho de la cultura norteamericana de los cincuenta, una sociedad limpia y feliz que contiene un lado oculto, siniestro incluso, que se encuentra aletargado.

A lo largo del capítulo, magníficamente fotografiado en blanco y negro, somos testigos de primera mano del lanzamiento de la primera bomba atómica en un desierto de Norteamérica y de cómo este suceso se nos muestra como génesis de los que han ido aconteciendo dentro del universo de Twin Peaks, liberando entidades malignas como Bob y los vagabundos oscuros, pero también, apareciendo como bella némesis, la luz y la bondad representadas en Laura Palmer.

Casi una hora de auténtico horror e inquietud que atraen al que suscribe desde el primer minuto, abstraído en una sucesión de imágenes con texturas inusitadas en el medio televisivo, musicadas con sonidos desconocidos y que tienen como leitmotiv la pieza Threnody For The Victims Of Hiroshima, compuesta por el polaco Krzysztof Penderecki.

En el ambiente, música…

No se puede hablar de Lynch si no se habla del sonido, ya sea como música diegética, extradiegética o como simple “silencio escénico” —elemento fundamental en Lynchlandia— que puede poblar una secuencia.

En el aspecto sonoro de la tercera temporada de Twin Peaks, Lynch se comporta igual que en el apartado narrativo: sumando enteros a la capacidad de riesgo y experimentación.

En el apartado de canciones, estas se convierten en ritual de todos los capítulos de la serie, siendo su presencia diegética el vestuario, musicalmente hablando, del The Bang Bang Bar, local de copas donde se certifica que el gusto musical del director sigue siendo inmejorable.

Chromatics: herederos elegantes y melancólicos

Por el escenario de dicho local han ido pasando dignos herederos del pop lacónico y nocturno de corte lynchiano como Chromatics y el trío femenino Au Revoir Simone —el gusto por las voces femeninas en Lynch es de sobra conocido—, rescates sentimentales de artistas que ya habían poblado el universo del director como Rebekah del Rio —inmensa su interpretación de No stars—, representantes de ese lado oscuro, seductor y peligroso que se oculta tras cortinas de relativa tranquilidad como Trent Reznor y su proyecto Nine Inch Nails, Hudson Mohawke o The Veils, así como también sorpresas fuera del radar de acción del director como la actuación acústica de Eddie Vedder, líder de Pearl Jam.

Sin olvidarnos de los regresos musicales más esperados para los amantes del universo Twin Peaks: el compositor Angelo Badalamenti, la otra mitad de uno de los binomios cinematográficos entre compositor y director más importantes de las últimas décadas, aportando la elegancia, el misterio y la melancolía que siempre ha demostrado dentro del universo Lynch; y la cantante Julee Cruise, la voz del bosque y del amor.

Lynch mantuvo el suspense hasta el último capítulo para su interpretación, todo un ejemplo de homenaje al universo musical del director, que evoca aquella experiencia televisiva y musical de los noventa.

… y electricidad

Pero en el mundo de Lynch, hasta el ambiente silencioso tiene sonido. O, como lo llamanmuchos espectadores, “un zumbido constante”.

Lo que antes definía como “silencio escénico” se traduce como una imbricada estructura ambiental que Lynch aporta a sus imágenes, cuidando al máximo el sonido, y siendo él mismo, en algunos momentos, la parte fundamental para que la narración sui géneris propia de la serie fluya de forma continuada.

Se quedan en la memoria texturas sonoras, arreglos de sintetizador y estridencias de radical melodía diseñadas por el propio Lynch, ayudado por el músico Dean Hurley.

Juntos crean la banda sonora perfecta para los pasajes más oscuros del universo Twin Peaks, lugares como el bosque en sombras, el “otro lado” donde Cooper transita hacia nuestra realidad o el piso de arriba, encima de la extraña gasolinera abandonada, guarida de los siniestros vagabundos. En todos ellos, el espacio queda enriquecido por unos sonidos que funcionan como electricidad, energía que ayuda a que el lugar cobre vida, aunque esta sea, en ocasiones, inquietante y oscura.

Carretera perdida dentro de un camino sin fin

Laura, ¿en qué año estamos?

Si hay un cliffhanger que pasará a la historia de la televisión es, sin lugar a dudas, la pregunta que formula el agente Cooper a Laura Palmer en los minutos finales de la temporada.

Es en ese momento cuando los cimientos de toda convención racional dentro de la cosmogonía de Twin Peaks desaparecen en un giro maestro que reformula todo lo visto hasta ahora dentro del universo de la serie, incluyendo las temporadas anteriores y ese complemento directo, esclarecedor y enigmático a la vez, que fue el film Twin Peaks: fuego camina conmigo (1992) —al que se recomienda añadir las escenas eliminadas del film, las llamadas missing pieces—.

Lynch —como si hubiera tenido un momento de inspiración ayudado por la especia melange de uno de sus filmes, Dune (1984)— doblega el tiempo, creando una realidad alternativa de sucesos totalmente distintos a lo que hemos vivido en todos estos años, quién sabe si cerrando toda la historia con un happy end extraño o, por el contrario, dejando otra interrogante mayor que la anterior, anunciando un enigma que puede ser resuelto o no.

Después del visionado de esta tercera temporada, uno se encuentra en el dilema del ansia de conocimiento y la adictiva incertidumbre, de volver a experimentar más momentos inquietantes adentrándose en meandros casi laberínticos de oscuridad o de vivir auténticas epifanías sentimentales de un presente que se apaga —la Dama del Leño no volverá, pero en nuestra memoria estará su última llamada telefónica al ayudante Hawk— o, por el contrario, seguir viviendo la vida tal cual nos la ofrece Lynch, regalándonos un interrogante más, porque, en definitiva, la vida es un misterio sin respuestas.

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