The young pope

La línea que se bifurca

Intentar definir el tema de The young pope no es una tarea sencilla, principalmente porque tiene tantas lecturas como tiempo emplees en reflexionar sobre ella. Por eso, la que ofrezco en adelante no es más que una humilde interpretación de tantas otras posibles. Y es que, entiéndanme, no es una serie de la que quiera escribir diez folios —es una serie para conversar con los amigos frente a un café—, porque considero que encasillarla con una lectura individual sería desaprovechar sus muchas aristas.

Hoy por hoy valoro muchísimo cuando una película, un fragmento de un libro, una conversación con un amigo, una fotografía o una canción logra dejarme en silencio, porque significa que necesito más tiempo para cribar, aventar el discurso y, si hay suerte, encontrar mi propia voz. Al cierre de la primera temporada de esta serie, quedé invadida por esa acojonante sima de ideas caóticas prestas a bifurcarse y asociarse entre sí, y al mismo tiempo sin palabras. Y pensé: lo ha vuelto a hacer; Sorrentino ha conseguido que me interese un tema que suelo esquivar, dado el dogmatismo que siempre lo lastra.

No es una serie sobre la autoridad de la Iglesia o un alegato sobre las bondades del catolicismo; ni tampoco trata sobre las estancias oscuras del Vaticano. No pretende ser una apología del cristianismo, como tampoco busca resucitar la fe cristiana o recibir el beneplácito de una comunidad sembrada por todas las naciones. No quiere adoctrinar, remover conciencias, regurgitar viejos debates o iluminar nuestras cavernas. Sin embargo, posee una lucidez tras su ampulosa excentricidad capaz de generar un debate interno que puede incomodar momentáneamente y abstraerte durante las bellísimas panorámicas, encomiablemente aprovechadas en sus silencios, para llevarte a un estado de reflexión y de introspección tan poco habitual en la seriefilia actual.

Esta bocanada de espiritualidad, entendida desde el humanismo y concebida por la magnífica realización y el pausado montaje de los planos, en ocasiones roza lo divino, ya que el misticismo no reside tanto en sus palabras como en la progresión áurea de sus espacios, recorridos atentamente por un ojo que se vanagloria de observar.

Lenny Belardo es el pretexto y el Vaticano el contexto, pero Dios no reside en la Iglesia, no es la comunidad en sus rituales colectivos: Dios se ha convertido en un concepto, y ¿qué importa si existe o no? Porque “Dios es una línea que se bifurca”. Mientras Lenny pronuncia estas palabras comienza a dibujarse esa línea en nuestra imaginación, ramificándose en cada palabra y expandiéndose como un gran árbol que va tomando consciencia de lo inmensurable que puede llegar a ser, y de lo pequeños que somos nosotros en un universo ensordecedoramente silencioso donde, tal vez, lo único que prevalece es la fe en uno mismo, a pesar de cada error, de las contradicciones o del propio credo.

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