I. Al final de su primera Meditación metafísica, Descartes apunta, brillante: “Supondré, pues, no que Dios, que es la bondad suma y la fuente suprema de la verdad, me engaña, sino que cierto genio o espíritu maligno, no menos astuto y burlador que poderoso, ha puesto su industria toda en engañarme; pensaré que el cielo, el aire, la tierra, los colores, las figuras, los sonidos y todas las demás cosas exteriores no son sino ilusiones y engaños de que hace uso, como cebos, para captar mi credulidad; me consideraré a mí mismo como sin manos, sin ojos, sin carne, sin sangre; creeré que sin tener sentidos, doy falsamente crédito a todas esas cosas; permaneceré obstinadamente adicto a ese pensamiento, y si por tales medios no llego a poder conocer una verdad, por lo menos en mi mano está el suspender mi juicio. Por lo cual, con gran cuidado procuraré no dar crédito a ninguna falsedad, y prepararé mi ingenio tan bien contra las astucias de ese gran burlador que, por muy poderoso y astuto que sea, nunca podrá imponerme nada”.

Esta inquietante hipótesis nos induce a cuestionar hasta la mismísima claridad de las matemáticas y, como derivación de todo ello, nos va embutiendo en una realidad en la que carecemos de cualquier tipo de certeza, salvo la del propio pensamiento; “Pienso, luego existo”: se puede dudar de la existencia de Dios, de las estrellas, de los propios cuerpos, de nuestro propio cuerpo; pero no se puede vacilar a la hora de afirmar que todas esas cosas las estemos pensando. El cogito cartesiano se presenta, así, como la primera verdad clara y distinta, indubitable, que cimentará todo conocimiento y cualquier otra nueva certeza. Si la hubiese…

II. Son varias las películas que se han adentrado en este mundo abisal. Matrix, referencia siempre tan señera. Pero no la única ni mucho menos la mejor. Todos los espectadores de la trilogía de los hermanos Wachowski sabemos que Matrix es un gran embuste, una pavorosa patraña, pura engañifa creada por las máquinas, verdadero genio maligno. Descartes nos previene para no otorgar ninguna razonabilidad a las falsedades que nos circundan. Arrojo e ingenio serán necesarios. Y un laborioso entrenamiento para ir paulatinamente abriendo los ojos, asumiendo que lo que ven no es real (los sentidos, tan traicioneros y engañadores). Tras este hacendoso proceso de despertar, del doloroso tránsito del sueño a la vigilia, Neo (anagrama de One, el elegido), tras la instrucción recibida por Morfeo, podrá plantearse, si quisiese, el hecho de subvertir el orden/desorden establecido.

Es tarea ímproba, solícita y tantas veces infecunda, porque como nos aclara el filósofo francés, “este designio es penoso y laborioso, y cierta dejadez me arrastra insensiblemente al curso de mi vida ordinaria; y como un esclavo que sueña que está gozando de una libertad imaginaria, al empezar a sospechar que su libertad es un sueño, teme el despertar y conspira con esas gratas ilusiones para seguir siendo más tiempo engañado”. Touché. El gran asunto cartesiano, como matrixiano, el problema de lo real: sí, sin duda, es harto difícil seguir viviendo cuando ya se sabe la cruel realidad que nos avasalla. Recordemos a Cifra, que prefiere la dulce esclavitud a la ingrata y desdichada libertad, conspirando con esas gratas ilusiones (los agentes) para seguir siendo más y mejor tiempo engañado.

En efecto, Matrix plantea también continuamente ese titubeo paralizante entre la realidad y la ficción. El papel de Descartes lo interpretaría Neo, padeciendo el tormento de esa amarga sensación. Así se lo expone a su colega Choi en una de las primeras secuencias del film: “¿Alguna vez has tenido la sensación de no saber con seguridad si sueñas o estás despierto?”. También Morfeo acierta en la diana y le pregunta a Neo acerca de ese tema: “¿Alguna vez has tenido un sueño, Neo, que pareciese muy real? ¿Qué ocurriría si no pudieras despertar de ese sueño?, ¿cómo distinguirías el mundo de los sueños de la realidad?”.

III. Pero otros temas cartesianos se espigan en este film. Qué decir del dualismo antropológico. Descartes suele oponer cuerpo a âme (alma) o esprit (alma o mente). En las Meditaciones metafísicas apunta: “No estoy metido en mi cuerpo como un piloto en su navío, sino tan estrechamente unido y confundido y mezclado con él, que formo como un solo todo con mi cuerpo”. Interdependencia mutua. Morfeo (no lo olvidemos, dios del sueño) alumbra a Neo: “El cuerpo no puede vivir sin la mente. Libera tu mente”. O del crucial asunto de la existencia de Dios. En ese sentido la tercera meditación es decisiva. Sigue minuciosamente las demostraciones de san Anselmo, el denominado argumento ontológico: Dios existe porque es perfecto. Tan irrefutable en apariencia. Si Dios es perfecto, debe existir porque la idea de existencia está incluida en su esencia. Así, nosotros, seres imperfectos, hemos sido creados por un ser perfecto: Dios. Pero en la película, secretando todo el espíritu subversivo que define Matrix, se alteran los términos del argumento ontológico: cómo unos seres tan anómalos como los humanos hemos podido crear a las máquinas, tan figuradamente perfectas.

O, desde luego, el gran asunto de la libertad que tanto inquietaba a Descartes, partiendo del hecho de que Dios existe y que Él sabe todo lo que va a suceder. ¿Cómo podemos ser libres los humanos si nuestro destino ya está escrito? ¿Escribimos nuestras existencias o ya están escritas? Descartes poseía la certeza de que los seres humanos no tenemos discernimiento suficiente para juzgar esto. A Neo este dilema le trae por la calle de la amargura. ¿Está escrito que Él es el Mesías que liberará a los hombres de la oprobiosa tiranía de las máquinas? Morfeo le pregunta: “¿Crees en el destino, Neo?”. Al principio responde que no. No obstante, poco a poco irá disipando certidumbres cuando se tenga que enfrentar a esta vidriosa (e irresoluble) pregunta. En la cuarta meditación Descartes cincela todo lo dicho (abundando en la querella De auxiliis, el eterno, tormentoso y laberíntico dilema entre libertad y gracia): “Y por último, no debo tampoco quejarme de que Dios concurra conmigo para formar los actos de esta voluntad, es decir, los juicios en los que me engaño, porque esos actos son enteramente verdaderos y absolutamente buenos, en tanto que dependen de Dios; y en cierto modo hay más perfección en mi naturaleza porque puedo formarlos que si no lo pudiese. Para la privación, en la que únicamente consiste la razón formal del error y del pecado, no tienen necesidad de ningún concurso de Dios, puesto que no es una cosa o un ser, y si es referida a Dios como a su causa, no debe ser llamada privación, sino solamente negación, según el significado que se da a estas palabras en la Escuela”.

IV. No es Matrix, ni mucho menos, la mejor ilustración del pensamiento cartesiano. En la magistral obra de Nolan, Origen, nos encontramos con este diálogo casi al inicio, genio maligno mediante: “¿Cuál es el parásito más resistente? ¿Una bacteria? ¿Un virus? ¿Una lombriz intestinal? Una idea. Resistente, muy contagiosa. Una vez que una idea se ha apoderado del cerebro es casi imposible erradicarla. Una idea totalmente formada y entendida se queda ahí”. En la película, partiendo de la concepción cartesiana de que se puede dudar de todo menos de la propia duda, vemos la aparición en pantalla de los “extractores”, de su ansia por disfrutar un objeto, un tótem, por medio del cual discernir entre realidad y sueño. Este fetiche simbolizaría al cogito ergo sum, primera verdad resultado de la duda. Esta entelequia anhelada nos ofrece un argumento sólido y veraz sobre la presencia de un mundo ficticio, producto de un sueño a manos de una mente superior. La intromisión en los pensamientos de las personas se produce a través de sus sueños. El título de la película alude precisamente al origen de nuestras ideas. Son varias las capas que conformarían nuestras mentes. Muchas de ellas (por no decir casi todas) nos resultan prácticamente inaccesibles a nivel consciente, pero no por ello dejan de intervenir en nosotros, consiguiendo entrar en los niveles más recónditos de la mente, como pretendía Freud, y producir a la postre algún cambio en ellos. Eso redundará después en la forma de pensar y las decisiones de cada uno de nosotros. La intromisión en la mente no es tan intrusiva ni total como en Matrix, desde luego, pero no por ello deja de ser hondamente eficiente la labor de Cobb, el genio maligno. Este concepto es representado por el mencionado Cobb, personaje al que interpreta Leonardo DiCaprio. Profundo conocedor del mundo onírico, Cobb es capaz de manipular a una persona para que dude de la propia realidad y tenga la sospecha/certeza de que está viviendo un sueño. Todo porque Cobb le ha implantado dicha idea en su cabeza (los sueños, tan reales, tan irreales). De esa manera se nos irá revelando (y desvelando) Mal, la mujer de Cobb, quien piensa que la realidad en la que coexiste con el resto de la humanidad no es más que una ilusión generada por su mente y que la muerte es la verdadera liberación, pues cruzar la laguna Estigia en un sueño equivale a despertarse de este y retornar a la realidad. No hay nada más poderoso y subyugador que la capacidad de nuestra mente. ¿Qué es todo ese mundo al cual nos da la impresión de que pertenecemos? Para Descartes no es más que una ergástula pergeñada por nuestro subconsciente en la que somos presos de nosotros mismos, de nuestra capacidad de crear y soñar. Sobre todo soñar. Otra de las claves de la película, abundando lo antedicho en Matrix: la extrema dificultad que tiene la víctima del genio maligno para distinguir el sueño de la vigilia (“los sueños nos parecen reales mientras los tenemos, solo cuando nos despertamos nos damos cuenta de que algo no cuadra”), por lo que en este punto el enlace con Descartes es muy evidente, al ser ese el segundo supuesto sobre el que inscribía su duda metódica.

V. En otra excelente película, en este caso de Peter Weir, El show de Truman, con potentísima composición de Jim Carrey, se presentaba la hipótesis del genio maligno con las premisas del materialismo filosófico. En El show de Truman, el genio no opera directamente sobre la mente del Truman (hombre verdadero), sino modificando su entorno. El genio maligno, Christof, modela las experiencias de Truman, dándole una realidad hecha a su medida, cuyo propósito único es que la vida de nuestro protagonista sea televisada, casi desde el mismo momento de su nacimiento. El genio maligno en esta ocasión no actúa directamente sobre la mente de Truman, sino que va variando sus creencias a partir de las experiencias que le proporciona poco a poco.

Coda. Tras haber vislumbrado cómo los saberes de su época, herederos de la antigüedad, se derrumbaban (ante el feraz asedio de los conocimientos que proporcionaban las ciencias del XVII), Descartes dudó de todo menos del propio pensamiento dubitativo. Tres siglos después, con más copiosos desmoronamientos éticos y epistemológicos, el cine deudor de Descartes nos sigue interrogando y arrojando a la cara tres preguntas esenciales. ¿Qué es lo real? ¿Qué sabemos de la realidad? Y en definitiva, ¿existe el bien encarnado en un creador?

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