Tenemos que hablar de BoJack

Casi siempre el arte nos sirve para expresarnos, para ser capaces de decir lo que no alcanzamos con palabras, para poner voz e imagen a lo que todos o unos pocos alguna vez hemos pensado e imaginado. La producción cinematográfica (incluidas las series) es la gran abanderada de esta idea en los tiempos actuales, la encargada de hablar de aquellos tabúes que no pueden tratarse en una mesa, en familia o con amigos, de viaje o en una aburrida tarde de domingo en casa. Gracias a este tipo de productos podemos liberarnos, adentrarnos en una parte desconocida de nosotros o, simplemente, pasar un rato agradable olvidando todo lo demás. BoJack Horseman es sin duda uno de los grandes ejemplos de esa profundidad y sutileza que rodean el arte de contar historias, esta vez mediante la animación, de una manera ciertamente peculiar.

Bojack Horseman, animación para adultosDe la mano de Netflix, la serie de Raphael Bob-Waksberg, en un mapa de realidad donde animales y humanos conviven con absoluta normalidad, cuenta la historia de un caballo antropomorfo que fue actor de éxito en los 90 y vive actualmente en una decadencia física, profesional y emocional que le traslada a un bucle de alcohol, sexo, drogas y adicciones difícil de evitar. Marcada por un humor ácido y situaciones realmente inverosímiles, BoJack Horseman (interpretado por Will Arnett, al que pudimos ver en Arrested Development) parece querer presentarse como una serie de comedia negra y algo de surrealismo; sin embargo, a medida que avanza su trama nos damos cuenta de que relata una verdadera historia de profundidad personal y lucha contra la depresión en la que hasta los más simplistas pueden verse identificados. Rechazo, amor, triunfos y decepciones en la vida de este peculiar personaje, que a veces trata de pelear contra su realidad y otras, simplemente, se deja atrapar por ella. Perfectamente guionizada por Waksberg y su equipo, la serie animada (cuya quinta temporada ya ha encargado Netflix) es capaz de tratar temas como la paternidad, el amor, la familia, el aborto o la muerte dando un paso más allá, jugando con las sensaciones más íntimas del espectador. Desde una primera temporada de presentación y reflejo verdaderamente decadente en la que BoJack y sus amigos aparecen como personajes perdidos en una realidad que no es la suya, acaba viajando hasta una tercera entrega realmente desgarradora que aviva la llama de la eterna incapacidad de ser feliz de su protagonista. Sin embargo, la serie animada alcanza su punto álgido en su cuarta temporada, con una narrativa a base de flashbacks (se llevó el Premio de la Crítica televisiva a la mejor serie animada en 2016 por capítulos como “Time’s arrow”) que se retrotraen al pasado de la familia de BoJack para dar explicación a muchos de sus miedos y vicios, siempre con un pequeño rayo de esperanza.

Bojack Horseman, serie de animaciónEn definitiva, historias como las que cuenta BoJack Horseman convierten su visionado en toda una experiencia y viaje internos. La serie abraza esa profundidad tan mal vista en estos tiempos, cargándose de humor y fuerza para retratar un Hollywood degenerado, pero también para lanzar un grito en favor de quienes aún caminan perdidos, rompiendo el tabú de la depresión y siendo capaz de dibujar un personaje principal desfigurado por la vida pero increíblemente bello en su interior. Netflix, en su afán de hacer dinero y ofrecer un gran producto, ha optado esta vez por los terrenos inexplorados de la personalidad. Algo ha debido gustar en Scotts Valley, dado que ya les ha encargado a los creadores de Bojack otra serie de corte similar, Tuca & Bertie, aún en fase de creación. Los productores cinematográficos, cansados ya de tanto producto vacío (que a veces también salva algún sábado infructuoso), deciden mirar a los ojos al espectador y hablarle de frente: menos mal que al fin comprendimos que el cine, como todo arte, siempre significará ver más allá de nosotros mismos.

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