Black books

Vino, cigarrillos y libros

Si vuestra niñez, al igual que la mía, coincidió con la época en que ya era posible la reproducción técnica de vídeo para el uso doméstico, a lo mejor también erais de esos niños pesados que agobiaban a sus padres demandando repetir cada día su serie de dibujos animados o película favorita. ¿Cómo se puede ver la misma cosa tantas veces? Ahora me hago esa pregunta cuando escucho a alguien hablar de su pasión por volver a ver lo que ya ha visto. Raras veces me pasa esto, y menos cuando se trata de una serie, ya que me encuentro muy lejos de la noción de seriemanía. Pero hay una excepción que rompe estas normas, y además siendo una comedia (¿cuántas veces se puede uno reír del mismo chiste?): Black Books.

¿Por qué Black Books? Quizá para entenderlo hay que hacer la comparación con el vino. Mejor, con el vino y los cigarrillos, porque son dos protagonistas de la serie que se manifiestan ya en el ritmo de su tema musical, con unos riffs de jazz muy propios de Tom Waits (pero no hechos por él). Black Books es como un vino, que con más tiempo mejor sabor tiene y envejece con cierto estilo y elegancia. Y a la vez es como un cigarrillo que encuentras en tu bolso cuando, aunque normalmente no fumas, de repente lo necesitas en ese mismo momento. Y cada vez que vuelves a ver Black Books es como si tomaras ese vino con cigarrillo, y con acompañamiento de motivos lúdicos de jazz: te olvidas de que hay algo más en el mundo.

Añadimos al sabor del vino y el olor a tabaco otro componente esencial: los libros, el tercer protagonista de la serie. Ahora es fácil explicar de qué trata Black Books; teniendo en cuenta las tres partes, vemos una librería y sus habitantes. Uno de ellos es el creador de la serie y el dueño de la librería ficticia, Bernard Black, o sea, Dylan Moran. Uno de los mejores cómicos británicos, el irlandés Moran empezó su carrera con stand up, poco a poco dando pasos a la televisión y el mundo del cine. En 1998, junto con otro irlandés, Graham Lineham, la persona detrás de sitcoms clásicas como Father Ted y IT Crowd, creó la comedia de situación que posteriormente se convirtió en las tres minitemporadas de Black Books. Con un total de 18 episodios de 20 minutos, otra vez surge la comparación con el vino bueno: que se acaba demasiado rápidamente.

Hablar sobre el argumento de Black Books no tiene ningún sentido, porque es un ejemplo perfecto de obra televisiva que puede ser empezada a partir de cualquier episodio. A lo que sí vale la pena prestar atención es a los tres personajes protagonistas (además de vino, cigarrillos y libros). El ya mencionado Bernard Black es un estereotipo de irlandés —borracho por fuera y misántropo por dentro— y la versión un poco exagerada de Dylan Moran en sus stand up shows. Su vida gira en torno a vino, libros y clientes pesados a los que intenta echar de su librería. Pero no es el espectáculo de un solo actor (además de que Moran es un actor verdadera e intencionadamente malo); las relaciones con otros habitantes del mundo Black Books son la esencia de la sitcom. Es Manny Bianco (interpretado por otro cómico británico, Bill Bailey) el objeto del juego de dominación y sumisión para Bernard, y Fran Katzenjammer (el papel lo desempeña la única actriz entre los tres, Tasmin Greig) es la dueña de una tienda de al lado, que a veces añade equilibrio o bien echa más leña al entorno esquizofrénico de la librería. Como la vida en las islas siempre gira alrededor del mismo círculo de personas, no es sorprendente que en los episodios de la serie también aparezca casi todo el cuerpo cómico del Reino Unido moderno (por aquel entonces todavía emergente y poco conocido), como los actores de Spaced, la primera serie de Edgar Wright: Simon Pegg, Nick Frost, Jessica Stevenson, Peter Serafinowicz y Martin Freeman.

Pero basta con los actores y personajes, que no son nada importantes. Black Books tiene su punto especial, que a la vez es esencial: el humor. Es de las pocas ocasiones en las que se puede no solo soportar y perdonar, sino sobre todo disfrutar mucho de todas las facetas que tiene la dimensión humorística de la serie: farsa, ironía, sátira, idiocia, infantilismo, absurdo, surrealismo, repeticiones… O a lo mejor son solo los efectos de vino, cigarrillos y libros. No me hagáis caso. Tengo que volver a verla.

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