Westworld. Temporada 1

Almas de metal

El déjà vu es una sensación verdaderamente desconcertante y fascinante a la vez. Todos hemos pasado por ella y nos deja un regusto como de que algo no anda bien con nuestra concepción del tiempo. Enseguida pasa y nos olvidamos. Para algunos pensadores, un poco imaginativos, se trata de la expresión del mito del eterno retorno del que habló Mircea Elliade en uno de sus más celebrados ensayos (también Nietzsche era partidario de esta teoría), es decir, de la posibilidad de que el hombre esté condenado a repetir su vida eternamente, atrapado en un bucle infinito de acciones sin sentido. Para nosotros solo es una interesante especulación para debatir en las tardes de invierno, pero para los androides protagonistas de Westworld, la repetición de los mismos pasajes de su vida —con ligeras variantes— es una realidad.

Para los que no sepan nada de la serie: Westworld es un parque temático para ricos, que recrea a la perfección el ambiente de finales del siglo XIX en el oeste de Estados Unidos. Es un lugar en el que pueden hacerse realidad las más variadas fantasías sexuales, de violencia o de aventura. Los androides —o anfitriones— están al servicio de sus huéspedes humanos, aunque no lo sepan. Están programados para protagonizar o ser extras de historias estimulantes que ofrecen todo tipo de posibilidades a los visitantes. No es extraño que muchos androides terminen el día siendo asesinados, violados o mutilados. No importa: las brigadas de Westworld los recogerán, como si fueran juguetes rotos, los repararán con rapidez y al día siguiente los anfitriones estarán otra vez preparados en sus puestos para protagonizar la misma historia.

Con este trasfondo filosófico, Westworld puede ser considerada una de las series más inteligentes de los últimos años, sobre todo porque, partiendo de un material interesante pero más bien mediocre —la novela y la película firmadas por Michael Crichton—, es capaz de construir una complejísima trama que cumple con creces con una de las misiones principales de la ficción: inquietar y hacer pensar al espectador. Porque —y aquí estoy especulando un poco impulsado por lo que la serie transmite— ¿quién nos dice que nosotros mismos no podamos ser también la creación de unos seres superiores, condenados a repetir nuestra existencia una y otra vez para el aprendizaje o diversión de aquellos? Los androides de Westworld van tomando conciencia poco a poco de su condición, aunque las pistas, en forma de ensoñaciones, de recuerdos de experiencias pasadas, les llegan con cuentagotas y no son capaces de hilvanar un discurso coherente respecto a ellas. No obstante,hay una excepción: una androide más inteligente que los demás, obligada a interpretar el papel de madame de un burdel y que sufre los recuerdos de una vida pasada (una programación pasada) en la que su hija fue asesinada. La rebelión de las máquinas contra sus creadores está en marcha…

Pero puede que esta rebelión esté también prevista, programada. Los androides no son como los seres humanos, no son producto de una evolución natural, de un proceso a ciegas que abusa del ensayo y del error, sino fruto de un diseño inteligente que ha previsto todas sus emociones y condicionamientos: la conciencia de los robots ha sido fabricada con una historia previa incorporada, la cual los dota de identidad, pero también hace de ellos eternas marionetas a manos de sus ocultos amos. Puede que dicha rebelión sea real, puede que sea parte del espectáculo teatral que es el pan nuestro de cada día en el parque temático. Lo que sí que es cierto es que en Westworld existe un dios que lo controla todo, un demiurgo que manipula por igual a humanos y a máquinas. Se trata del doctor Robert Ford, uno de los creadores del parque, magistralmente interpretado por Anthony Hopkins, un hombre que ha satisfecho todos sus caprichos de dinero y poder, pero que sigue luchando todos los días para conservar su posición dominante, el temible poder que emana de su conocimiento, frente a la sombra de su antiguo socio, desaparecido hace mucho. Él es el máximo responsable de que en el aparente caos del parque exista un oculto sentido del orden. Junto a él se mueven otros personajes inolvidables: Dolores, el androide más antiguo de todos, que después de décadas de repetir la misma historia empieza a cuestionarse su posición en el mundo —su mundo—; Teddy, el vaquero noble destinado a una desgracia eterna; o Bernard, un científico perfeccionista, subordinado a Ford, que va dotando a los robots de rasgos cada vez más humanos.

Sin duda Westworld, por muy diversos motivos, es una de esas series que quedan para siempre en el subconsciente del espectador: su descripción de la existencia como un eterno absurdo que conlleva muchas más preguntas que respuestas es un elemento que hace que esperemos con ansiedad la segunda temporada. Habrá que tener paciencia. Sus creadores, que quieren que el producto siga gozando de la misma calidad, se han dado un plazo de dos años para continuar una historia que siga sorprendiéndonos y hechizándonos.

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