Flight of the Conchords

Una serie imprescindible para todo tipo de frikis

Nueva Zelanda, años noventa. Una fiesta de estudiantes en la Universidad Victoria de Wellington. Dos chavales de la facultad de Teatro y Cine divierten a sus coleguitas interpretando unas canciones raras y un poco graciosas. En aquel entonces nadie podía imaginar que al cabo de unos diez años ese dúo emprendería la conquista de América con sus obras musicales. Ni que tendría mucho más éxito que los conquistadores originales.

No se puede decir que su éxito fuera instantáneo: tras un periodo en el que tocaron en varios lugares de su tierra natal, los chavales solo consiguieron convertirse, según ellos mismos, en “New Zealand’s fourth most popular guitar-based digi-bongo acapella-rap-funk-comedy folk duo” (el cuarto dúo cómico de folk, funk y rap a capela con digibongo y bases de guitarra más popular de Nueva Zelanda). Lo cual no suena tan mal.

Para los que no siguen mucho la escena musical de Nueva Zelanda, se trata del dúo Flight of the Conchords, compuesto por Jemaine Clement y Bret McKenzie. Probablemente algunos conocen a Jemaine como codirector y actor (vampiro Vladislav) de una comedia neozelandesa atribuida al estilo mockumentary, What We Do in the Shadows. A estos vampiros y su lucha por la supervivencia en un piso compartido les faltó poco para conquistar el Festival de Sundance de 2014. Fue esta película la que abrió el camino a las producciones más grandes, sobre todo para el otro director y actor de esta comedia, Taika Waititi (Viago, el vampiro dandy), que en 2015 ya tomó la silla del director en Thor: Ragnarok (estreno previsto para noviembre de este año). Pero su trabajo conjunto comenzó muchos años atrás. El mismo Clement desempeñó el papel de protagonista en el primer largometraje de Waititi, Eagle vs Shark (2007), en el que ya se nota el toque de humor que comparten esos chavales, que podríamos calificar como humor “torpe” (algo muy parecido a Napoleon Dynamite y otras películas de Jared Hess).

Pero volvemos al otro de los Conchords, Bret McKenzie, el único de los tres que por ahora ha conseguido conquistar Hollywood, al ganar un premio de la Academia a la mejor canción original para Los Muppets (2011). Clement y McKenzie eran compañeros de cuarto en la uni cuando, después de tocar en diversas fiestas universitarias, decidieron formar su banda musical, Flight of the Conchords. El dúo hizo varias giras nacionales e internacionales, lo que les permitió obtener aún más popularidad fuera de su país, sobre todo en Gran Bretaña, donde al final en 2004 tuvieron su propio programa de radio en la BBC que trataba de ellos mismos, dos músicos neozelandeses en busca del éxito comercial en Londres. Tres años más tarde, HBO les ofreció una serie televisiva basada en ese programa, pero que tenía lugar ya en los Estados Unidos.

Como ya se ha explicado, la serie se basa en los éxitos y fracasos (principalmente lo último) del dúo de inmigrantes neozelandeses en la dura realidad de Nueva York. En estos fracasos cuentan con su manager Murray (Rhys Darby), que a la vez trabaja como segundo agregado cultural del consulado neozelandés, así como con su única fan con inclinaciones de acosadora, Mel (Kristen Schaal). La supervivencia de Jemaine y Bret tan lejos de casa, su lucha contra el entorno hostil neoyorquino (y contra los australianos, sus antagonistas principales) y su búsqueda del American dream se encarna en las canciones emocionantes con letra ingenua y a veces absurda (y por eso más vívida y graciosa) que forman parte de la narrativa de cada episodio.

Flight of the Concords (tanto el grupo musical como la serie) tiene sus raíces en un amplio abanico de nociones relacionadas con la palabra friki, y gracias a esa abundancia de aspectos del frikismo la serie, por muy decepcionantemente desconocida que sea fuera de los EE. UU. y Nueva Zelanda, merece ser descubierta e igualmente disfrutada por los aficionados de muchas cosas:

1. En primer lugar, por los de la música (también conocidos como melómanos). Las obras musicales del dúo representan una amalgama de géneros increíble; Jemaine y Bret sacan su inspiración de casi todo género musical, sea synth pop, reggae, hip-hop, gangsta rap o chanson française, y todo ello lo convierten en unas parodías de cantantes, canciones y vídeos musicales verdaderamente geniales. Algunas de esas parodias y homenajes son muy fáciles de distinguir, por ejemplo los chavales disfrazados de Simon y Garfunkel o Daft Punk; Jemaine interpretando a David Bowie que visita a Bret en su sueño; la parodia de West End Girls de Pet Shop Boys, Fade to Grey de Visage, Roxanne de The Police, o del vídeo musical de Macarena de Los del Río; mientras que en otras se encuentra una fusión de géneros y referencias que serán un verdadero reto aun para el melómano más friki del mundo.

2. Poco menos disfrutarán de la serie los aficionados al cine (también conocidos como cinéfilos), con sus numerosas referencias, a veces muy bien enmascaradas, a muchas películas de culto, entre ellas Cocodrilo Dundee, Cowboy de medianoche, Top Gun, West Side Story, Chinatown, Footloose, Doctor Who, El Señor de los Anillos

3. Los fans de El Señor de los Anillos (una categoría de frikis especial; también conocidos como ringers o tolkienistas) van a disfrutar la serie no solo por la obvia conexión del origen de sus protagonistas con el lugar fantásticamente hermoso del rodaje de las trilogías, sino por una referencia menos obvia: el mismo Bret McKenzie, también famoso como elfo Figwit (acrónimo de “Frodo is grea… who is THAT?!”, el comentario de una fan conmovida por la elegancia y belleza de ese elfo interpretado por Bret…, que aparece en la película literalmente unos tres segundos). Nadie sabe exactamente cómo ocurrió (algo típico en internet), pero Figwit se volvió un fenómeno y llegó a tener su propio grupo de fans y su sitio web personal. Esto hizo que años después los guionistas de la trilogía El hobbit crearan para el actor el papel del elfo Lindir (esta vez al menos tenía un par de réplicas).

4. Para los frikis del inglés (no conocidos como españoles…), ver la serie en versión original (algo muy recomendable) significa obtener por lo menos el nivel B2 de comprensión del inglés neozelandés, lo cual es un verdadero reto. Encima, a menudo las letras de sus canciones constituyen juegos de palabras, y muchas bromas en la serie tocan el tema de su acento especial.

5. Los frikis del tema social (también conocid@s como antirracist@s, feminist@s, defensor@s de los derechos humanos, sociólog@s, psicólog@s y psicoterapeut@s, economist@s, derechist@s e izquierdist@s, así como l@s demás ciudadan@s activ@s y conscientes) encontrarán una cantidad inmensa de problemas en esta serie, tales como la pobreza extrema a la cual están sometidos la mayoría de los artistas itinerantes, el racismo, la xenofobia, el sexismo en sus manifestaciones más agudas, la situación de los inmigrantes en la sociedad americana antes de Trump, el bullying a nivel internacional… En dos palabras: CUIDADO, HUMOR.

6. Para terminar, la autora de este artículo, cuya formación tuvo una influencia irrevocable en su cerebro, no puede omitir la categoría de los aficionados a la política internacional (también conocidos como diplomáticos, analíticos y usuarios activos de Facebook y Twitter), que pueden sacar de la serie unas conclusiones esenciales y básicas sobre las relaciones entre Nueva Zelanda y Australia, o más bien entender por qué es mejor evitar las novias australianas. Además, cada serie enriquece nuestros conocimientos de Nueva Zelanda gracias a los carteles promocionales en la oficina de Murray.

En resumen, Flight of the Conchords es en cierto modo la representación de la misma Nueva Zelanda. En primer lugar, porque los protagonistas, sus canciones y los eventos de la serie son representados de una manera muy simple e ingenua, con un toque de genialidad propio de este país (cabe mencionar que las dos islas principales que lo forman se llaman isla Norte e isla Sur). En segundo lugar, porque se encuentra en los márgenes, tanto geográfica como culturalmente. Es muy injusto que muchas veces nuestros conocimientos generales sobre Nueva Zelanda se limiten exclusivamente a El Señor de los Anillos, ya que el país tiene una historia verdaderamente interesante. Algo parecido sucede con la serie, que es muy poco conocida fuera de los dos países mencionados, a pesar de que allí se la considera de culto, y encima es una de esas series que no sufren empeoramiento gradual ni brusco, debido a su duración de solo dos temporadas.

Merece la pena prestarle atención.

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