El sacrificio de un ciervo sagrado

Cuestión de sangre

“Hola, soy Yorgos”, parece decir la imagen de apertura de El sacrificio de un ciervo sagrado: un órgano palpitante en plena operación que ocupa por completo la pantalla sin que el espectador pueda escapar del asco. Una presentación intensa que contiene la esencia del director griego: si no hay vísceras, no hay Lanthimos.

El Stabat Mater de Schubert que acompaña la escena inicial enfrenta la fragilidad de la carne con la fuerza implacable de lo divino. Resulta clave la pieza musical escogida, que funciona como mensaje encriptado de todo lo que vendrá, pues la composición gregoriana (Estaba de pie la Madre) hace referencia al momento en que María presencia la crucifixión de Jesús, quien es sacrificado por Dios (su padre) para expiar los pecados ajenos.

La religión cristiana —cuyo relato bebe de sus predecesoras, incluidas la griega y la romana— ejerce su influencia de manera trasversal en toda la cinta. Steven (Colin Farrell) es un cirujano endiosado al que un adolescente llamado Martin (Barry Keoghan) pondrá contra las cuerdas de la ciencia. La familia del médico se sitúa sobre el tablero en el que Martin y Steven se juegan la honra, donde los mortales implicados no tienen más poder que el de la plegaria. Así, desesperados, Anna (Nicole Kidman) y sus dos hijos rezarán a un dios y a otro, como el moribundo que se convierte cuando el final se acerca. Anna besará los pies de Martin después de curar sus heridas, al igual que la mujer pecadora besa los pies de Jesús tras ungirlos con perfume. Kim, su hija, recuperará la movilidad solo cuando Martin le ordene asomarse por la ventana, como el paralítico al escuchar la voz del Mesías: “Levántate y anda”.

Esta doble naturaleza del dios caprichoso que premia o perdona el mal que él mismo ha provocado ridiculiza la fe de los personajes, quienes, sin sentir verdadera devoción, buscan la salvación a toda costa sin reparar en sus semejantes.

Si en las anteriores películas de Lanthimos la brutalidad formaba parte de la metáfora, en esta ocasión la metáfora actúa al servicio de la brutalidad: Martin enrolla espaguetis en el tenedor, como quien juega con las entrañas de su víctima, y la escena se torna casi más angustiosa que aquella en que un gato yacía destripado en Canino. El cambio apreciable reside en la elección de los elementos que provocan incomodidad: la impertinencia de un adolescente puede ser tan insoportable como un par de ojos sangrantes.

Sin embargo, no puede decirse que en El sacrificio de un ciervo sagrado Lanthimos apueste radicalmente por la sutileza. Sí es cierto que parece alejarse de la preocupación por presentar un discurso en que el espectador debe captar un mensaje, pero por otro lado utiliza recursos impropios de su cine que acentúan el artificio. La irrupción de la música como subrayado dramático en determinadas escenas, la cámara lenta, el contrapicado, los tonos azules y violáceos o el zoom parecen seguir los patrones de una tendencia dentro del cine de autor actual a la que no se sabe muy bien si Lanthimos se suma o parodia.