Texto publicado en la revista Mitad Doble número 20, especial Mujeres

Aún guardo la entrada, ya casi sin tinta. Al moverla un poco puede verse la fecha: 23-03-96. Yo tenía dieciséis años y frecuentaba las sesiones matinales del América Multicines. Nunca me molestaba en buscar acompañantes entre mis amigos: nuestros gustos rara vez coincidían. Unos días antes había escuchado dos canciones de la banda sonora en mi programa de radio favorito. Mientras disfrutaba de la primera (The face of love) y leía distraídamente los títulos de crédito, de pronto noté una mano en mi muslo derecho. Di un respingo. Aturdida por la corriente de adrenalina, solo acerté a preguntarme cuánto tiempo llevaría ahí: los vaqueros me quedaban algo justos, lo cual reducía mi sensibilidad ante tales estímulos. La retiré con el codo. Me sentía demasiado asqueada para tocarla, demasiado asustada para girar la cabeza y mirar al dueño de aquella mano, increparlo. Fijé la mirada en la pantalla, obstinada y tensa, alerta. Sin embargo, pude volver a concentrarme en la película fácilmente, y eso fue lo más extraño. Cuando encendieron las luces, el asiento de al lado estaba vacío; ni siquiera me había dado cuenta de que aquel desconocido se había ido. Tuve una vaga sensación de triunfo.

Años más tarde vi un clásico en el que se describe una situación muy parecida. Se trata de Mesas separadas (Delbert Mann, 1958), adaptación de dos piezas teatrales de Terence Rattigan. Aquí, cuando finalmente una de varias mujeres así asaltadas protesta y el caso se hace público, aquellas a las que la turbación les ha impedido reaccionar o se han limitado a cambiar de asiento son tachadas de “poco respetables”, como si existiera un protocolo muy claro de gritos airados, e incumplirlo conllevase la pérdida automática de esa respetabilidad. Pero las acciones del pobre asaltante reincidente se minimizan, llegamos a comprenderle e incluso sentimos simpatía por él, nos convence su propósito de enmienda.

El hombre que me tocó tiene muchas caras, y esa sala de cine sigue en pie. Vuelvo allí cada vez que me tratan con condescendencia; cada vez que me juzgan por mi aspecto; cada vez que oigo que ciertos libros, películas o canciones son “para mujeres”; cada vez que un ser querido me sorprende con un tópico machista; cada vez que hablan por mí… Son mis flashbacks, mi magdalena rancia. Y aunque ya menos callada y más “respetable”, suelo acabar, como en aquella ocasión, dejándome llevar por algo más interesante que capta mi atención. Solo que ahora sé que hay muchas más mujeres en esa sala inmensa y oscura. Demasiadas.

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