A veces me pregunto de quién me ha podido venir mi afición por el cine. Mis padres no han sido unos grandes consumidores de cine. Rara vez los he visto interesarse en ver una película concreta, y si se da el caso son más partidarios de la televisión que de la gran pantalla.

Mi padre ha tenido siempre una particularidad: es de esas personas que enciende la televisión y si en ese momento hay una película, aunque esté ya empezada, no le importa, se pone a verla por donde vaya. Da igual si en sus primeros minutos ha ocurrido un hecho importante para la comprensión de la trama. La totalidad no es lo suyo. Su decisión de qué película va a ver la determina el azar del zapping. Dentro de lo que atina a salir, abunda el género western en Canal Sur. John Ford ha paseado por nuestro salón en varias ocasiones. Curiosamente, la marca de coches que mi padre siempre ha optado por comprar es Ford. Graciosa coincidencia.

Por el contrario, el género recurrente de mi madre es la comedia popular española: Lina Morgan, Rocío Dúrcal, Marisol, Joselito… son los rostros más familiares que conservo en la memoria. La primera serie que llegó a mi casa por la compra de fascículos (a Netflix le quedaba todavía mucho) fue Compuesta y sin novio, de Lina Morgan.

Otra anécdota que recuerdo con bastante ternura es la tradición que teníamos en Nochebuena, “la noche Disney”, se podría calificar. El día 24 de diciembre nació mi primera sobrina y desde que tuvo uso de razón, mi hermano Juan Antonio le regalaba cada cumpleaños una película animada de Disney y la veíamos juntos. Todos los años esperaba ese momento con una especial ilusión infantil. Lástima que se fuera perdiendo la costumbre. Quizás evolucionamos y crecimos más rápido que las princesas de los cuentos.

Formalmente, toda mi curiosidad por el cine se desarrolló cuando entré a cursar la carrera de Comunicación Audiovisual. Se podría decir que no fue un quién, sino un qué lo que hizo que mi cinefilia se reafirmara y expandiera.

A fin de cuentas, cuando era pequeña, con la cantidad de personas que a diario desfilaban por mi casa (somos muchos hermanos), para qué preocuparse si no podíamos ir a ver una película, si el cine estaba allí mismo. Cada día era una gran historia, y es que “en aquellos maravillosos años…, con ocho basta”.

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