Ya de niña me costaba dormirme. Mataba el tiempo escuchando atentamente los diálogos de las películas que mi padre veía hasta la madrugada en la habitación de al lado. En cuanto tuve edad suficiente para trasnochar, mucho antes de comprender la profundidad de aquellas historias, empezamos a ver juntos los clásicos subtitulados del Cineclub de La 2, aún conocida sencillamente como Segunda Cadena (entonces solo había un par de canales; por supuesto, yo era el mando a distancia): James Dean dejando caer ese fajo de billetes al abrazar a Raymond Massey; Cary Grant con la vaporosa bata de Katharine Hepburn; el pequeño Jean-Pierre Léaud y su altar a Balzac… Por la tarde, las películas eran más ligeras. También las veía, sin hacer distingos.

Fue mi madre quien me llevó por primera vez al América Multicines. Daban La sirenita. Yo tenía unos once años, y aunque me acompañaban algunas amigas del colegio (creo recordar que solo para mí era la primera vez), conseguí permanecer en silencio, con mi característica seriedad infantil. Mi padre me había dicho muchas veces que “en el cine no se puede hablar”.

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