Roma

La quimera de la modernidad

Hay obras que recuerdan a otras obras, argumentos descartados que en diferentes perspectivas adquieren inesperadas dimensiones. En Roma, de Alfonso Cuarón, asistimos a un íntimo, a la par que público, espectáculo cinematográfico en el México DF de los años setenta, en el cual el autor demuestra albergar un espacio infinito donde conviven múltiples personajes de su infancia, capaces de hacernos creíble cualquier historia a golpe de humanidad.

The great gig in the sky, de Pink Floyd, fue la canción utilizada por Alfonso Cuarón para presentar Roma al mundo en su primer tráiler. Una declaración de intenciones: el director podría haber encontrado en los prodigiosos agudos de Carol Kenyon la propia voz de su protagonista, Cleo, una mujer sumergida en un océano de tragedias que acaba encontrando en la oxigenación producida por la redención un lugar donde ser escuchada.

Diecisiete años ha tardado Alfonso Cuarón en volver a rodar en México DF tras Y tu mamá también. El mismo barrio, la misma calle y la misma fachada, todo esto y un despliegue de superproducción ha necesitado el director mexicano para contarnos a través de los ojos del personaje de Cleo (Yalitza Aparicio, mujer indígena dotada de un talento natural para la interpretación) una historia contada mil veces (Amarcord, Los 400 golpes, Fanny y Alexander) que, no obstante, aquí se convierte en un ensayo sociológico de dimensiones políticas y humanistas sobre una sociedad en plena crisis de futuridad.

Cleo es una empleada doméstica a punto de sufrir una serie de cambios drásticos en el terreno personal y, aunque aún no lo sabe, en el social. Así se podría resumir la historia de Roma. Como dice el propio director: “Roma es una trama muy simple, lo que importa es el marco (su trasfondo filosófico, el qué quiero contar)”. Netflix le ha ofrecido la oportunidad de rodar una película que llevaba rumiando más de dos décadas, incapaz de llevarla a cabo por falta de recursos y por su propia incapacidad emocional. El resultado ha sido más exitoso de lo que se esperaba.

Alfonso Cuarón y Libo

En un perfecto blanco y negro, Alfonso Cuarón filma un tributo a Libo, la nana que cuidó al cineasta de niño, sin dejar de plasmar en el recorrido nada nostálgico de su infancia el verdadero motivo de la creación de la película: el progreso solo es posible desde una identidad cultural basada en las relaciones afectivas.