50º aniversario de su recorrido

Una pieza musical de exquisita sensibilidad empieza a sonar al mismo tiempo que se muestran unos originales créditos de tipo road movie. Se abre la pantalla. Una pareja circula con su coche por una carretera. Detienen su marcha al toparse por el camino con la celebración de una boda. Observan a los recién casados.

Joanna: No parecen muy felices.

Mark: ¿Por qué iban a parecerlo? Acaban de casarse.

Y de esta manera arranca Dos en la carretera, con una eficaz secuencia que deja bien claro lo que nos vamos a encontrar después. Este corto diálogo de aparente simpleza pondrá el punto de partida a la idea principal de la película.

Mark y Joanna, un matrimonio resentido por los años, viajan desde Londres hasta la Costa Azul. En ese trayecto recordarán los diferentes momentos de su relación, desde la primera vez que se vieron hasta sus “últimos” días como pareja.

Aprovechamos, como los protagonistas de la historia, para volver la vista atrás —coincidiendo que este año se cumplen cincuenta de su estreno— y darle una mención especial y justificada a esta apasionante obra.

Todo comenzó…

Las dos frases mencionadas anteriormente son solo una pequeña parte de lo que el guionista, Frederic Raphael, consiguió crear —los de la Academia también lo supieron ver y ese año fue nominado al premio al mejor guion original—. Él fue el artífice de la idea de la película, al inspirarse en los viajes que realizó con su esposa por las carreteras francesas. A esta aventura se le unió Stanley Donen, el director de musicales tan aclamados como Cantando bajo la lluvia o Una cara con ángel, que posteriormente pasaría a rodar comedias románticas como Charada (en las dos últimas coincidiría con Audrey Hepburn). Juntos formaron un talentoso tándem en su recorrido por “la carretera” y quedaron bien orquestados por el brillante Henry Mancini con su aportación de la bellísima banda sonora que, sin duda, fue su mejor composición para el cine.

Para dar forma a esta historia, Frederic sabía muy bien que si en la película interactuaban solo dos personajes, los diálogos tenían que ser clave para expresar y hacer entender toda esa evolución de la pareja: del enamoramiento absoluto al más puro hastío de los protagonistas. Utilizó diálogos mordaces, profundos y enriquecedores en los que se reflejaba el desgaste de su vida en común y la crudeza de los sentimientos. Toda una bofetada de realidad para muchas parejas de esa época, que no esperaban encontrarse con una película así. Además, como guionista hábil buscaba lugares y elementos variopintos para que no resultara monótono el continuo devenir de la pareja (hoteles, una piscina, una playa, una fiesta, un viaje compartido con una odiosa familia…).

Y luego le tocó el turno a Stanley de ponerles imágenes a esas palabras. Sabemos que un rodaje en exteriores conlleva un mayor grado de dificultad que uno controlado en decorado, y si hablamos de los años 60, esto era aún más problemático. La mayor parte de la película, por no decir entera, se rodó en exteriores y Donen se las tuvo que ingeniar para recoger buena calidad de sonido y controlar bien la luz. Tanto es así que en varias escenas los actores tuvieron que doblarse la voz a posteriori.

Uno de los grandes logros de Dos en la carretera es el sorprendente tratamiento del tiempo. Guionista y director alteran el orden cronológico natural al mezclar escenas de distintas épocas. Esta innovadora yuxtaposición temporal de la evolución de la pareja hace que funcione la película. Percibimos que esta idea se pensó antes del rodaje, en el guion y no después, en montaje, ya que la utilización de nexos visuales y sonoros entre las secuencias de las diferentes épocas evidencian un trabajo previo.

Toda historia tiene sus protagonistas

Aunque una película tenga un excelente guion y el director lo haya sabido adaptar, quedaría insuficiente si no contara con un buen equipo artístico que haga posible que la historia fluya, tenga vida. Los culpables de ello, en esta ocasión, fueron la carismática y reputada actriz Audrey Hepburn en su papel de la dulce Joanna y el actor teatral no tan conocido por aquel entonces en el mundo hollywoodiense Albert Finney, que dio vida al arquitecto Mark Wallace.

Si hoy preguntásemos a un grupo determinado de personas qué películas han visto o conocen de Audrey Hepburn, la gran mayoría respondería que Desayuno con diamantes, con su popular imagen de Holly comiendo junto al escaparate de Tiffany’s; o My fair lady y su “lluvia en Sevilla es una maravilla”; o la icónica Sabrina, con el despampanante vestido del diseñador Givenchy. Reconocidas y grandes películas, sí, pero no deberían limitar el potencial al que puede aspirar una artista. En esta película Audrey consigue unos registros diferentes a los que el público estaba acostumbrado. La vemos pasar de una adorable jovencita a una adulta y desdichada esposa. Comprendemos y vivimos con ella esa transición, su magnífica actuación hace que la experimentemos. El director Donen conocía de sobra el talento de la actriz y por ello fue su primera (y única) apuesta para el papel de Joanna. Cosa que no ocurrió con su partenaire, para interpretar al cual incluso se pensó en Paul Newman. Sin embargo, agradecemos que Newman rechazara el papel, ya que Albert consigue crear un personaje divertido y auténtico.

Ambos protagonistas encajan a la perfección y queda patente la química fílmica entre ellos con esa naturalidad de movimientos. Somos testigos de su enamoramiento y hasta de sus infidelidades. Dos en la carretera tiene una metáfora visual muy interesante: el recorrido en coche es como el de su historia de amor, con sus baches, sus piedras, sus sorpresas y alegrías. Y cabe destacar el juego de persecución/coqueteo con los coches que hace Mark con una chica que se encuentra en la carretera. Es un freno y acelero de su relación pasando por curvas y partes oscuras (se introducen en un túnel), como se podría considerar dicho desliz amoroso.

Porque la fachada sí importa

En esta película, la labor del equipo de peluquería y vestuario es muy significativa. Su cometido no es simplemente caracterizar al personaje, sino ayudar a situar al espectador en el desarrollo de la trama. Utilizan a Joanna como elemento conductor para el seguimiento cronológico de la historia a través de sus cambios de estilo, sin recurrir a recursos tan trillados como son el cambio de color, imágenes con texturas diferenciadas, títulos que indican la fecha, etc.

Si nos fijamos en las cuatro imágenes del personaje de Audrey, se pueden apreciar los progresivos looks en cada una de sus etapas: el pelo largo en el inicio de su relación, media melena en su estado de casada y madre y, por último, el pelo corto en su desgaste matrimonial.

Su vestimenta también refleja ese progreso de la protagonista, cómo cambian su ánimo y personalidad: en su inocente y alegre juventud viste con ropa sencilla; en su matrimonio la vemos con ropa que expresa aburrimiento, cansancio; y en su declive como pareja con ropa más llamativa y moderna —no hay que olvidar el impresionante vestido metálico que luce Joanna en una de las fiestas de negocios de Mark, confeccionado por Paco Rabanne—.

Todo trayecto tiene un fin. El mío, con este replay de Dos en la carretera, ha sido ofrecer visibilidad a una historia que en su tiempo pasó un poco desapercibida y que, sin embargo, es una pieza relevante en su tratamiento formal y expresivo de la relación de pareja.

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