Existen momentos en la historia del cine que quedan marcados con mayúsculas. A menudo encontramos esos momentos cuando el celuloide solo podía proporcionarnos dos colores, con míticos actores que en la actualidad forman parte del pasado, pero se siguen recordando como auténticas leyendas. A día de hoy estas características son difíciles de encontrar, y más tratándose de una industria que genera más y más sin atender mucho a la calidad de los filmes. Entre todas estas circunstancias, un director inglés, de nombre Christopher Nolan, decide hacer una trilogía sobre el superhéroe más oscuro de los retratados en cómic, una trilogía que pasaría a la historia en su ecuador, gracias a este segundo filme que relata las idas y venidas del guardián de Gotham frente a su némesis, el Joker.

Hablar de Batman es hablar de cine de superhéroes por antonomasia, es hablar de Burton, de Keaton, de Nicholson y hasta de George Clooney (para desgracia del espectador); sin embargo, Nolan decide romper con todo lo establecido en referencia a Bruce Wayne e incluso renuncia a la línea seguida por la mayoría de los cómics que dieron vida al mayor exponente del producto DC. Quizás por eso la trilogía de Nolan con Warner Bros. se considere completamente fuera del canon creado por cómics y magazines. ¿Los motivos? Innumerables. El primero de ellos es encontrar una Gotham que también vive de día, lejos de esa oscuridad tan característica de Burton y los clásicos cómics como Batman: Año uno. Otro que destacar sería posiblemente encontrarnos con un Bruce Wayne (interpretado de manera impecable por Christian Bale) sobrio pero muy metido en su papel de magnate como tapadera para poder dar rienda suelta a su verdadero yo a través de la máscara. Y sobre todo, la capacidad de Nolan de convertir una historia que parece condenada a la fantasía propia de cualquier héroe en un auténtico thriller de conspiración, poder y cierta confrontación filosófica, social y psicológica.

Sin embargo, el principal motivo por el cual esta película se convierte en historia reciente del cine es por tener el mérito de regalar a los espectadores una de las interpretaciones más memorables del siglo XXI, la del malogrado Heath Ledger en el papel de Joker. El desaparecido actor australiano consigue crear una versión insólita del eterno enemigo de Batman, desde un punto de vista neutral proporcionado por la más absoluta de las sociopatías. Nolan diseña con Ledger un personaje que es capaz de llevar sobre sus espaldas todo el peso psicológico y filosófico del filme, con discursos anárquicos, reacciones impredecibles, un odio ferviente hacia el ser humano o momentos tan impactantes como el infierno de los barcos y los explosivos, cayendo en el área de la ya más que estudiada (en el ámbito de la psicología) teoría de los juegos. Hablar y recordar El caballero oscuro siempre será traer de nuevo a Ledger a la mente, y a ese Joker que solo quiere ver arder el mundo.

La segunda de las entregas de esta trilogía no solo se nutre de grandes actores como Bale y Ledger, también lo hace de mitos como Morgan Freeman y Michael Caine (que da vida a un Alfred único, que muestra toda la profundidad que Wayne no es capaz de exteriorizar), entre otros. Un reparto a la altura de un filme cuya calidad está al alcance de muy pocos.

El caballero oscuro es una película retorcida, diseñada minuciosamente a cada plano y en ocasiones muy sincera con el espectador, que guarda siempre un as bajo la manga (sello inconfundible de su director, a lo que también colabora con creces la ya mítica banda sonora de Hans Zimmer) y regala así escenas tan importantes como ese interrogatorio entre Batman y Joker en que se difuminan las semejanzas entre uno y otro y se consigue dejar en el espectador un mensaje claro de cierta igualdad entre los dos principales personajes, rescatando la idea central de cómics como The killing joke.

En definitiva, la que ha sido la gran obra maestra de Nolan pone ante los ojos del espectador la realidad de los seres humanos como sociedad, sus luces y sus sombras, sus virtudes y carencias, dejando clara su capacidad de convertir al superhéroe oscuro, huérfano y atormentado que supone Batman en una auténtica leyenda de la faceta más psicológica del cine, siempre, y paradójicamente, de la mano de su desequilibrado archienemigo.

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