Personal shopper

Kristen de los espíritus

Al pronunciar las palabras Personal Shopper, una serie de conceptos relacionados con el lujo y la moda acuden a la mente por invocación indirecta. El fantasma de la superficialidad toma cuerpo en el pensamiento del espectador, y sin embargo, Olivier Assayas consigue ahuyentarlo en la primera escena: Maureen (Kristen Stewart) llega a un caserón donde nadie la espera (como no esperamos), y el misterio inicial abre el juego entre apariciones y apariencias característico de Personal Shopper.

La protagonista se mueve entre dos mundos antagónicos unidos por su condición de inaccesibles: la alta costura y el más allá. Ambos, que no parecen tener nada en común, consiguen sumir a Maureen en la más profunda frustración. El trato deshumanizado y distante que mantiene con su jefa, los intentos por contactar con espíritus y la ansiedad ante los mensajes de un extraño funcionan como reflejos de una actualidad dominada por las relaciones desprovistas de corporeidad. La presencia pierde importancia, y los personajes que rodean a Maureen nunca están, siempre aparentan, ya que solo manifiestan sus emociones o deseos a través de dispositivos electrónicos. La intuición de Maureen, su sexto sentido, resulta fundamental, pues constantemente debe interpretar las señales que su interlocutor envía: sin improvisación ni espontaneidad, las lecturas se multiplican, y una simple conversación puede resultar una trampa.

Todo en Personal Shopper parece alimentarse del choque de opuestos, y sin embargo, el riesgo que corre Assayas va más allá de mezclar asuntos aparentemente alejados para hablar de la comunicación en tiempos del WhatsApp. La representación de la búsqueda espiritual y la inquietud por encontrar un sentido a la existencia (a través de un trabajo honroso o la realización personal) son temas fundamentales en la película, aunque pueden verse levemente empañados por la inclusión de elementos propios del cine de terror. El planteamiento trascendental aparece esbozado, pues Maureen —aunque no alcanza el estatus de su jefa— encaja en el perfil de joven acomodada (no cualquiera puede ser personal shopper) que busca este sentido más allá del materialismo. La pérdida y el miedo la llevan a transitar caminos secundarios para hallar respuestas que realmente conoce pero no quiere ver. Al igual que el personaje principal de Giulietta de los espíritus (1965), de Fellini, la obsesión y la desesperación por encontrar señales e indicios externos acaban convirtiéndose en un muro que bloquea la percepción de lo evidente. Las preguntas “¿eres tú?, ¿soy yo?” sirven como interrogatorio interno y llave del conocimiento que Maureen posee, y al que solo podrá acceder desde el autodescubrimiento y la honestidad consigo misma.

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