Cuando los problemas crecen, pastilla al canto

 

Lo más atractivo de Maniac, la nueva serie de Netflix, es que la frase “en un futuro lejano” acaba siendo cada vez más cuestionada gracias a su tratamiento estético pop ochentero y su inspirado lenguaje narrativo, que nos recuerda a la literatura de ciencia ficción posmoderna.

Dos personajes con aparentes problemas mentales y sociales entran en un programa farmacéutico experimental con la intención de aliviar su forma de ver el mundo y erradicar de su cabeza todo aquello que les hace no parecerse a los demás. Esta es la raíz narrativa de Maniac, la serie dirigida por Cary Fukunaga, conocido realizador de la serie para HBO True Detective, en esta ocasión con un trabajo que nada tiene que ver en principio con lo realizado anteriormente.

Diez episodios con diferente duración, perspectivas y decorados. Este rompecabezas a priori arma de manera rocosa la personalidad de los personajes interpretados por Emma Stone (Annie) y Jonah Hill (Owen), dos seres perdidos en ellos mismos, con distintos tempos a la hora de percibir todo lo que les sucede, con un miedo atroz a todo lo que les parece ajeno a ellos. Con todo esto, Maniac es una serie estructurada según los parámetros establecidos en los cerebros de sus protagonistas. Porque de eso se trata, de radiografiar un cerebro con permiso de su dueño o dueña, arriesgándose a obtener resultados satisfactorios o deprimentes; en cualquier caso, Owen y Annie no parecen estar preparados.

El resultado final de Maniac, con toques de Brazil y Black Mirror, es un homenaje a Terry Gilliam o a todo aquel que ha preferido indagar en la mente de los seres humanos de manera arriesgada. Cary Fukunaga consigue que lo mejor de la serie consista en posicionar al espectador en un lugar donde ninguna de las realidades que se le muestra le sea apetecible salvo la que se refleja en los resultados del experimento mientras los protagonistas interactúan en él. Esto hace reflexionar sobre la verdadera naturaleza de la serie, sobre la incapacidad del ser humano para pretender arreglar todos sus estropicios sin algún referente moral o emocional cerca.

El trabajo de Maniac es la radiografía de una sociedad futurista no muy diferente a la nuestra, en la que perderse y no encontrarse acaba estigmatizando a todo ciudadano. La experiencia de la serie es claramente existencialista en sus preguntas constantes sobre las razones por las que somos y hemos llegado a hacer lo que hicimos. Pero lo singular de Maniac reside en esa idea seminal que recorre toda la historia entre Annie y Owen: ¿es necesario inventar una pastilla para arreglar todo aquello que nos ocurre y que sabemos por qué nos ocurre? Si dejamos a la ciencia la capacidad de curar nuestras taras, todas las que atañen a nuestra vertiente más humana, puede que acabemos comportándonos como los protagonistas.

La maestría de Fukunaga en Maniac es abrupta en su decisión final, la de optar por no proteger a sus protagonistas de todo lo oscuro que les acecha, lo cual deja a la ciencia ficción y a las teorías médicas en ridículo, y confiscar el destino y las decisiones de sus protagonistas en algo que al espectador le es tan sencillo y empático como el día a día.