Fragmentos de “Se llamaba Aliatar”, publicado en 2015 en la antología Relatos en 35 mm (editorial El Sendero).

Ya no hay cine en mi pueblo. Lleva muchos años cerrado por obras y desidia. Al retirar los escombros, descubrieron unos restos arqueológicos, vestigios de un cementerio nazarí. Eso es importante, lo sé, pero dejar a un pueblo sin su cine es como cercenarle el derecho a soñar otros sueños. Me gustaba mirar la cartelera, imaginar cómo sería la película, pero ya solo queda el marco descolorido, vacío y sucio.

Se llamaba Aliatar y estaba al final de un callejón sin salida. La entrada tenía forma de gran pantalla y la taquilla estaba al principio de las escaleras, anchas y de mármol color crema. Sus butacas eran duras e incómodas y crujían al sentarse. Tenían el tapizado raído en los apoyabrazos de color corinto, el mismo de los asientos, las paredes y las cortinas de terciopelo. Olía a oscuridad, polvo y avellanas. Me acuerdo de cómo descorrían las cortinas con lentitud tras apagar las luces. Antes de la película había que tragarse el NODO, en el que salían imágenes de inauguraciones de presas y premios a la natalidad entregados a familias numerosas, que aparecían con toda su prole, repeinados y sonrientes, alineados de mayor a menor. En los silencios se oía el crujir de las cáscaras de avellanas como el eco del croar de las ranas en una charca, que, a modo de onda expansiva, iba recorriendo toda la sala. Entonces no vendían palomitas ni refrescos, solo las avellanas saladas de Pedro, el Avellanero, que ofrecía por tres duros el paquete.

El padre de mi amiga Carmen era sargento y, gracias a eso, ella y sus hermanos entraban gratis al cine, con solo presentar una tarjeta sellada por el Cuartel. Si a sus hermanos no les apetecía ir, yo entraba con ella. A finales de los años setenta, estábamos en plena edad del pavo. Íbamos juntas al cine a ver películas de aventuras o del oeste, algunas para mayores, que no llegábamos a entender, como Mi querida señorita, Tristana o La muerte en Venecia. También veíamos las de Manolo Escobar que proyectaban durante todos los días de feria y Los diez mandamientos, en Semana Santa. A la salida de la película, según la que viéramos, hacíamos el indio, cantábamos Mi carro me lo robaron, o imitábamos el grito de Tarzán. Pero pronto nos dimos cuenta de que la realidad era otra cosa. Para nosotras, la realidad era un lugar tedioso, del que solo podíamos escapar por unas horas en el interior de la sala del cine, donde podíamos soñar despiertas. Soñar sueños prestados. Vivir y sentir con aquellos astros del celuloide.

letra_cinefila_aliatar_imagen_destacadaEn aquella época, mi tío Paco trabajaba de acomodador por las noches en el cine, de sastre por las mañanas en su casa y de ayudante del sacristán los domingos en la parroquia. Cada noche se paseaba con su linterna y sorprendía a las parejas, que encogían sus cuerpos enlazados en las butacas al recibir el haz de luz traicionero. Hace muchos años de todo aquello, pero aún lo recuerdo linterna en mano, paseando de arriba abajo por la sala. Me encantaba sentarme bajo su mesa de sastre, escuchar el sonido del jaboncillo al dibujar el contorno del patrón y el de las tijeras al cortar la tela. Pero sobre todo, me gustaba escuchar cómo contaba su película favorita. Se sabía muchas de memoria, pero la que más le entusiasmaba era El tren de las 3:10 a Yuma. Él decía que era la mejor película del Oeste. Les contaba a sus clientes la historia de Dan, un humilde y valeroso ranchero, que se veía obligado a sustituir al sheriff para escoltar a Ben, un delincuente malvado e inteligente, jefe de una banda de temibles forajidos, que harían lo imposible por liberarlo. El honor, la maldad, la bondad, la obstinación, la amistad se mezclaban en el relato de la película, de la que mi tío narraba algunos fragmentos: “No podemos provocar que llueva ni convertir el polvo en pastos”, decía Dan a su esposa, y ella le respondía: “¡Puedes cambiar de idea, Dan! Nadie pensará mal de ti”. “Nadie puede pensar peor de mí —replicaba él—. Estoy cansado, cansado de cómo me miran mis hijos, de que tú no me mires. Algún día, Williams —le decía a su hijo—, estarás en mi lugar y quizá entonces me entiendas”. “Yo nunca estaré en tu lugar, papá”. Mi tío me contaba muchas historias: de cómo el cine se llamaba Aliatar, igual que el antiguo alcaide hispanomusulmán que había defendido el pueblo luchando contra las milicias cristianas hasta su muerte y durante unos años pudo impedir que los Reyes Católicos llegaran hasta Granada; y de cómo Aliatar había casado a su jovencísima hija Moraima con Boabdil, el último rey nazarí.

Donde he sentido el miedo más auténtico e intenso ha sido en el cine. Recuerdo que era aún muy pequeña y mis padres me llevaron a ver una película. Cuando apagaron las luces me vi frente a la pantalla enorme, con todo a oscuras y tan cerca de unos gigantescos dinosaurios que devoraban a los hombrecillos que luchaban contra ellos. Creo que lloré durante toda la proyección, tanto que no pudimos ver el final y después tuve pesadillas. Volví a sentir miedo cuando proyectaron La semilla del diablo, pero el día que vi El exorcista fue el más aterrador de mi vida hasta entonces. No me atrevía a quedarme sola en casa y tuve que dormir con mi madre durante más de una semana. Desde entonces me negué a ver películas de terror. Porque aunque el cine no fuese más que un sueño prestado, donde refugiarme por unas horas, yo lo vivía y lo soñaba con más vehemencia que la propia realidad.

Tal vez el declive del cine empezó tras la inauguración de la primera discoteca en el pueblo. No dejaban entrar a menores de dieciocho años, pero nos las ingeniábamos para colarnos con la pandilla y bailar un rato hasta que ponían las lentas y el portero nos echaba fuera. Las parejas ya no tenían que refugiarse en la oscuridad de la sala de cine, ni ver las películas antiguas y repetidas, como Furtivos, Cría cuervos, Adiós, cigüeña, adiós y otras muchas que ya no recuerdo. El dueño del cine se vio obligado a elegir otras más comerciales y de actualidad. Empezó a traer menos españolas y más americanas, como Grease, Taxi driver, El padrino o El expreso de medianoche. Aunque las películas fueran para mayores de dieciocho años, en el cine entrábamos sin que nos preguntaran la edad. No nos pedían el DNI, al contrario que en la discoteca, y el cine volvió a llenarse los fines de semana.

Poco después de romper con un novio que tuve, fui por primera vez sola al cine. Aquel día proyectaban una película que me había llamado la atención desde la cartelera. No sé si fue por la trama o porque iba sola, sin poder comentarla con nadie, que estuve viéndola con un pellizco en el estómago todo el rato. Fue en el otoño del setenta y nueve y tenía dieciséis años. La película se titulaba La chica del pijama amarillo y transcurría en un pueblo italiano. En una playa aparecía una chica muerta, con la cara totalmente calcinada y el cuerpo hermoso e intacto. Como no había forma de identificarla, dos policías, uno novato y otro a punto de jubilarse, decidían exponer el cuerpo desnudo en una sala, para que la gente lo viera y así poder observar sus reacciones, que fueron tanto de sorpresa como de asco o curiosidad. En el flashback, con momentos antes de la muerte de la chica, había una escena en la que se prostituía con tres tipos a la vez, dos mayores y uno joven. Uno detrás del otro, mientras los demás miraban. La escena sucedía en una habitación de paredes encaladas y sin muebles, donde solo había una cama de hierro con barrotes negros. Ella, desnuda sobre las sábanas arrugadas, cerraba los ojos y abría las piernas, agarrada a los barrotes de hierro. Aguantaba las embestidas de los tipos, que la iban penetrando sin miramientos. Era la primera vez que veía una escena de sexo tan explícita. No sé si sentí asco, miedo, morbo, o todo revuelto. Pero salí del cine dos horas después, en silencio, como cambiada, sintiendo el acaloramiento y la vergüenza que quizá solo se puede sentir a esa edad.

Si mi tío Paco hubiera estado de acomodador en aquel entonces, no me hubiera dejado entrar a ver aquella película. Una tarde me dijo muy serio que ni se me ocurriera ir a ver El último tango en París. Razón de más para que nos coláramos con el pase de mi amiga, que sacamos por la ventana del cuarto de baño, para que pudiera entrar el resto de la pandilla sin pagar. Para colmo, ese día mi tío fue al cine también, y con sus ojos de búho, intuí que me vio. A la salida, yo no le dije nada y él hizo como si no me viera. La película me hizo sentir rara; tal vez tuviera razón y no tenía que haber ido a verla. Aún recuerdo la escena del baño en la que él le decía a ella: “Estás sola, completamente sola, y no podrás librarte de ese sentimiento de soledad hasta que te hayas enfrentado a la muerte. Eso parece una sandez, tonterías románticas, hasta que te metas en el culo de la muerte, hasta que encuentres las entrañas del miedo”…

Aquella noche ardió el cine. Me sentí sola, completamente sola, y no pude librarme de ese sentimiento de soledad hasta mucho tiempo después. No volví a entrar en una sala de cine durante años. Llegué a olvidar la magia del cine y aquella sensación de soñar otros sueños, aunque solo fuera por unas horas.

A los diecinueve años era técnico administrativo y se me bailaban los números. Ahora estudio Filología Hispánica y a veces se me repiten las letras. Soy miembro del grupo literario Punto y Seguido. Participo en clubes de lectura y escribo afanándole tiempo a la vida. He sido finalista de varios concursos literarios, he publicado relatos en diversas antologías y espero editar una recopilación de todos ellos más pronto que tarde. Además, administro el blog literario Cafeteando con Loli.

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