Lady Macbeth

Soy rebelde porque el mundo me ha hecho así

Que la Lady Macbeth de William Oldroyd no os lleve a engaño: no es una película de época. O al menos no es el típico drama ambientado en la Inglaterra del siglo XIX al que estamos acostumbrados. Katherine, su protagonista, es lo contrario de una mujer pasiva o melancólica. En esta joven de diecinueve años, la opresión y las ataduras surten el efecto contrario: no se encierra en sí misma, sino que aumentan sus ansias de libertad, de pasión y de diversión. Como en cualquier otra chica de su edad.

La actriz Florence Pugh realiza un impresionante debut, fría como un témpano cuando quiere y con una fogosidad interior que la delata, con ese matiz rojizo de su cabello y su rostro, esos ojos soñadores y desafiantes cuando pasea en solitario por el bosque, al incumplir la norma que no le permite salir de casa. Casada con un hombre al que no ama, y que ni siquiera la toca, de su nueva familia tan solo recibe insultos. Su vida es tan aburrida que se duerme en cualquier rincón… Pero en cuanto ve la oportunidad de vivir una aventura, encarnada en el rebelde criado Sebastian, se lanza hacia ella. Sin hacer concesiones.

Lady Macbeth hace gala de la larga tradición inglesa para hacer un cine que bebe de la literatura. La película adapta una novela rusa de Nikolái Leskov, Lady Macbeth de Mtsensk (1865), que a su vez se inspira en la obra de Shakespeare, con un personaje teatral que ya puso sobre la mesa los prejuicios de género, una esposa en la que prima la ambición o las ansias de poder por encima de la compasión, la fragilidad o la maternidad.

En este caso, más que la búsqueda de poder, se trata de la libertad individual para cumplir lo que se desea. Una liberación que también aparece en la lucha de clases de Sebastian o en el sometimiento que el marido sufre hacia su padre. Pero el título de la película ya nos avisa sobre un esperado matiz oscuro en Katherine… Su amor enfermizo por Sebastian va más allá de la responsabilidad que conlleva elegir o del empoderamiento femenino. Y aunque nos parezca que está loca, como manera de justificar algunas de las aberraciones que comete, lo cierto es que está demasiado cuerda.

En esta mansión victoriana, la deteriorada escalera es un espejo del interior de Katherine. La película sorprende por su dirección comedida y sutil, con detalles como un gato sobre el que recaen los pocos momentos cómicos del film o la sencillez para contar la rutina de la casa: la apertura de ventanas, el corsé, el desayuno, el peinado nocturno… y la manera en que ella transgrede poco a poco cada obligación. Está dotada de un tono irónico en algunos momentos y tajante en otros; sobre todo en los primerísimos planos del imperturbable rostro de Katherine.

Es difícil olvidar esa escena final, que nos lleva de vuelta al inicio de la película. Un plano tan contemplativo que aparecen los créditos finales sin que nos demos cuenta, y estos se suceden en silencio sin música que los acompañe. Se baja el telón de esta reveladora Lady Macbeth.

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