La muerte de Luis XIV

El rey ha muerto, ¡viva el cine!

El rey está malo. Muy malo, a decir verdad. Al final el rey se muere.

Esta es la descripción precisa y a la vez bastante informativa de la última película de Albert Serra, el título de la cual puede parecer demasiado trivial y pomposo: La muerte de Luis XIV. El cineasta catalán cuyos atributos indispensables son el bigote y las gafas de sol evoca la imagen de Rainer Werner Fassbinder no solo en su apariencia; tanto en sus películas como en sus entrevistas demuestra un carácter bastante rebelde y descarado. A la vez es muy consciente de su propio potencial artístico y visión única, y lo más importante, sabe perfectamente qué puede hacer con todo esto. Sus películas carecen de rapidez, pero transcurren, según él mismo, con una velocidad perfecta, lo que recuerda al cine de Béla Tarr, Pedro Costa o Apichatpong Weerasethakul, no solo por dicha velocidad y cierta resiliencia que requieren del espectador, sino también por el uso poético de los espacios cinematográficos donde se encuentran los protagonistas de sus films.

Pero en este sentido La muerte de Luis XIV es radicalmente diferente de sus obras anteriores, en las que el Quijote con Sancho Panza, los Reyes Magos, Casanova y Drácula jugaban con sus aventuras filosóficas en espacios abiertos. En este caso su protagonista se encuentra en el lecho de muerte y por motivos obvios no puede moverse mucho, así que su área de juego cinematográfico se limita a un cuarto. No obstante, ese cuarto no tiene pinta de set de rodaje, como muchas veces pasa con las películas centradas en un solo lugar. El uso del espacio aquí solo subraya la banalidad de la muerte: fueran cuales fueran tus poderes e importancia en la vida, no evitarás el encuentro con la cara de la muerte, y mientras tanto los pájaros seguirán cantando y los grillos chirriando (ambos constituyen prácticamente la única banda sonora de la película). Y aunque tu apodo sea “El Sol”, la misma luz solar no entrará en tu habitación; bastarán las velas ante la última confesión del agonizante.

En este film también es la primera vez que Albert Serra opta por un actor profesional. El icono de la nouvelle vague francesa Jean-Pierre Léaud es Luis XIV. Convergieron en una persona delante de las cámaras de Serra. Según el actor, para él mismo participar en esta película significaba darse cuenta más claramente de su propia edad y mortalidad; fue lo que declaró en la entrevista para Film Comment: “No estoy actuando en esa película; soy alguien que está esperando el encuentro”. En un episodio casi concluyente (que recuerda más a un cuadro clásico), durante dos minutos el rey de la nouvelle vague está mirando a la cámara, estático: son los mismos ojos que se fijan en el espectador al final de Los 400 golpes, pero no pertenecen a la misma persona.

Aunque por lo visto el objetivo de Albert Serra era filmar la obra de la muerte, su film se encuentra lleno de vida. De la vida del pasado que tenemos la oportunidad de vivir en el presente. No teníamos imágenes en movimiento de Luis XIV, pero ahora sí. Y así, a través del cine recreamos la vida que de cualquier otro modo no podríamos experimentar. Sobre todo cuando nos convertimos en los voyeurs de un acontecimiento tan importante, observándolo junto con los miembros de la corte y divirtiéndonos. No es casualidad que La muerte de Luis XIV sea la película más accesible para el público que por ahora ha hecho el cineasta catalán.

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