La isla de los monjes

Silencio, soledad, esperanza

Maitines. Faro de esta Europa suicida, se columbra viendo La isla de los monjes que todo buen pensamiento pudiera extraviarse por oscuros dédalos. Ofrecida por esa estupenda rareza cinematográfica denominada Bosco Films, tal vez en la sala de cine surjan (o resurjan) los sordos y frenéticos avisperos donde los malos ensueños, las ideas atormentadoras, antojadizas y contrahechas se aferran y se dirigen, a ritmo funambulesco, hacia la región donde nada se olvida. En medio del silencio monacal resuena, a veces, acullá, festivo ladrar de perros, tañer de campanas lúgubres y música de sonajas. Y el comienzo de los oficios divinos. Voces graves y eclesiásticas reverberan. Y uno, a la manera del excelente poema de Ángel González, tiene la sospecha de que se levanta “disciplinado y recto / con las alas mordidas / —quiero decir: las uñas— / y sonrío y me callo porque, en último extremo, uno tiene conciencia de la inutilidad de todas las palabras”.

Una isla como metáfora poderosa, elevándose más potente aún la alegoría del faro que preside esta ínsula quebradiza donde nuestros monjes protagonistas morarán en un precario futuro. Pero las precariedades existenciales permanecen redimidas ante el susurro de la voz divina. Nos lo aclara uno de los cenobitas: “Aislado, en la soledad, Dios habla contigo”. Siete monjes nos aguardan, edades provectas en la mayoría de los casos, pero con la esperanza siempre incólume de que nuevos novicios perpetúen la llamada de Samuel (1 Sam 3, 9: “Habla, Yavé, que tu siervo escucha”). Sin necesidad de evocar La montaña de los siete círculos de Thomas Merton, nos anegamos en una experiencia de silencio y soledad, hondísimos abismos ambos, tan necesarios, tan lenitivos, tan cauterizadores. Observamos el día a día de estos monjes, sus fatigas, sus noches oscuras, su abandono de la fe. Desde el alba hasta próximas las nueve de la noche entonan cantos, salmodias, antífonas, honrando al Eterno, en bello latín, maitines, laudes y vísperas y las correspondientes horas menores (tercia, sexta y nona y completas), además de las eucaristías de cada día, todas cantadas. Y los rosarios vespertinos, desde luego. Puro goce.

Laudes. Deleite tanto ético como estético, La isla de los monjes, firmada con pulso firme por la directora holandesa Anne-Christine Girardot, nos advierte que se debe mantener la esperanza contra toda esperanza (Rom 4, 18-21). También conmemora a esas almas náufragas cuando mueren los amigos. Los vecinos de estos seductores monjes cistercienses lo sienten de corazón. Tal vez confronten sus rostros felices y de tintes angelicales y los suyos propios, oscilando entre el rictus de amargura y la veta de cinismo. Dicha celestial versus infelicidad mundana. Ya nos lo recuerda el apóstol Juan en una de sus cartas (y nada casualmente reproduce el personaje de Brad Pitt en Corazones de acero), 1 Jn 2, 16: “Porque es todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, la codicia de los ojos y la ostentación de la riqueza”.

Con sitio para ciento veinte monjes, ya solo siete resisten allí. Piensan en el abandono. La derrota se enseñorea. Se rumia la posibilidad de comenzar una nueva vida. Pero adónde ir. Entonces germina la opción de la mudanza y retornar a la isla en el norte de Holanda que lleva su nombre: Schiermonnikoog, que significa Isla de los Monjes Grises. Schiermonnikoog como un lugar donde preservar la bimilenaria y fascinadora (con su inevitable porción de horrores, desde luego) herencia eclesial, hoy en bancarrota ante el patológico nihilismo lúdico que nos azota a los europeos.

Todo o nada. Los monjes lo tienen claro. Es una opción radical (ir a la nuda raíz de las cosas) en un mundo que se derrumba ante nuestros ojos. El compromiso en estado puro. Roma cayó y el monacato primitivo (con Benito de Nursia como paladín) mantuvo el legado de la antigüedad. Hoy, tan similar al crepúsculo romano, estos cuatro monjes que vemos hollar, sosiego puro, la playa nos indican que tras sus hábitos se esconde la última esperanza para nuestro achacoso y terminal continente. Diagnóstico que entronca esta magna obra con otra admirable hombrada fílmica, El gran silencio (Die Grosse Stille, de Philip Gröning), en este caso con monjes cartujos, recordándonos lo errático de ciertas teologías que proclaman la muerte de Dios o, al menos, su silencio. Pero como nos recuerda el profeta Elías (1 Re 19, 12-13): “Después del terremoto, un fuego; pero el Señor no estaba ni en el terremoto ni en el fuego. Y después del fuego, el susurro de una brisa apacible. Y sucedió que cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con su manto, y salió y se puso a la entrada de la cueva. Y he aquí, una voz vino a él y le dijo: ¿Qué haces aquí, Elías?”. La misma sensación de turbulenta perplejidad y subrepticio asombro de Job (4, 16) ante Algo que detiene, paraliza, cuyo aspecto no se puede reconocer, solo concluyendo que una Figura estaba delante de los ojos y esa Figura era y es sinónimo de silencio.

Vísperas. Siempre retendremos momentos indelebles de este film. La playa desierta y los cuatro monjes caminando hacia delante, sin duda el más imperecedero. Pero instantes mesiánicos surgen por doquier: la vela que no se apaga, los adolescentes perplejos ante la vida monástica, el rostro del fraile que probó fortuna con un fracasado matrimonio de seis años, el faro girando, el canto gregoriano humedeciendo todo este celuloide ebrio. Fotogramas y más fotogramas que siempre perdurarán, agradecidos, en nuestras retinas. En nuestra fértil reminiscencia.

Como nos recuerda el líder de Hertzainak, Josu Zabala, en su magnífica Aitormena (Confesión): “Ohartu gabe heldu gara mugara / Mundua jautsi zaigu gainera”, “sin darnos cuenta hemos llegado al fin / El mundo se nos ha caído encima”; vivimos tiempos malos, recios y harto ininteligibles. Ken Zazpi, en otra balada cautivadora, Ilargia (La luna), insiste: “Zu itsu zaude bere argia ikusteko”, caminamos ciegos para poder siquiera entrever la luz, pero igual que a algunos siempre les quedaba París, a otros nos aguarda la luminaria que irradie desde el remoto faro de Schiemonnikoog.

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