Según palabras del propio Lenin, “de todas las artes, el cine es para nosotros la más importante”. El recién finalizado 2017 ha estado marcado entre otras cosas por ser el año en el que la revolución rusa ha llegado a su centenario. Desde Astoria 21 os traemos un breve repaso de lo que la revolución supuso para el cine.

Para empezar, hay que tener en cuenta en rasgos generales cómo era el cine durante el zarismo para así comprender cómo de drástica fue la ruptura con los modelos de representación del régimen anterior. La historia del cine en la Rusia prerrevolucionaria comenzó en mayo de 1896, cuando llegó a Moscú el cinematógrafo de los hermanos Lumière. El primer rodaje conocido consistió en documentar la coronación del zar Nicolás II ese mismo año. Durante estos inicios del cine era bastante frecuente que las filmaciones las realizasen extranjeros, sobre todo franceses relacionados con la compañía Lumière, como también pasó, de hecho, en España. De este modo se asentaron las primeras compañías extranjeras y se difundieron las primeras películas de ficción, que sobre todo provenían de Dinamarca y Alemania. En torno a 1910 existían ya las primeras compañías rusas, que se asociaban con empresas extranjeras como Pathé y poco a poco fueron asentándose sin ayuda externa.

Aleksandr Khanzhonkov

Aleksandr Khanzhonkov

Los hermanos Alejsandro y Lev Drankov fueron los primeros rusos en rodar una película de ficción, una inconclusa adaptación de la ópera Boris Godunov de Aleksandr Pushkin de la que únicamente se estrenaron algunos fragmentos a posteriori. No fue hasta 1908 cuando se estrenó la primera película rusa completa de manos de Vladimir Romashkov, titulada Stenka Razin. En 1911 se estrenó la primera superproducción rusa: La defensa de Sebastopol. Al año siguiente, Aleksandr Khanzhonkov construyó en Moscú los mayores estudios de todo el país, la A. Khanzhonkov and Co. La competencia extranjera pasó definitivamente a un segundo plano en 1914 con el comienzo de la primera guerra mundial.

Fue precisamente en este momento de exacerbado patriotismo cuando más abundaron las evocaciones históricas, que celebraban la dinastía de los Romanov o los más destacados acontecimientos y personajes de la historia rusa, como Pedro el Grande o Iván el Terrible. Los intelectuales rusos no vieron todavía un especial potencial artístico en el cine. Según palabras de Stanislavski, por ejemplo, el cine carecía de la capacidad de expresar la interioridad del alma humana. También Maiakovsky llegó a afirmar que el cine constituía un mero modo de reproducción y no de creación, aunque posteriormente se retractaría y rodaría sus propias películas.

El drama rural, que era un género extendido, reflejaba un profundo pesimismo nutrido por la cultura literaria rusa, siendo Tolstoi y Pushkin los autores más representados. Este sentimiento de generalizada tragedia era eco del estado anímico de la sociedad durante los últimos años del zarismo. La mayoría de las películas desembocaban en un final trágico en el extremo opuesto de los happy ends americanos.

Este era el panorama cinematográfico ruso hasta 1917, cuando estalló en noviembre (octubre en el calendario juliano) la revolución bolchevique que pondría fin al gobierno provisional de Kérenski instaurado tras la revolución de febrero unos meses atrás. La revolución marcaría un cambio absolutamente radical en todas las artes, y el cine no sería una excepción. La conmoción ideológica, económica y social hizo que las concepciones estéticas cambiaran completamente, alterando para siempre el rol que desempeñaba el cineasta hasta entonces. Para empezar, la censura del régimen zarista se suprimió y de este modo cesaron aquellas películas de propaganda antialemana que habían florecido durante la primera guerra mundial. Ahora nos encontrábamos frente a un cine crítico con el zarismo y consagrado a la revolución. Empezaron a rodarse las que serían las últimas producciones privadas en Rusia, pues a partir de entonces todo el cine tendría financiación pública. El cine del zarismo, que reflejaba la mentalidad burguesa de su época, había llegado a su fin.

Sin tiempo que perder, el nuevo gobierno creó inmediatamente el Narkompros (lo que equivaldría a nuestro Ministerio de Educación y Cultura) y a través de él se realizaron las primeras películas producidas por el Estado, sobre todo de agitación y propaganda. Los primeros estudios de cine públicos fueron creados en Petrogrado en 1918 (Lenfilm) y un año después se inauguró su homólogo en Odessa. No obstante, el estallido de la guerra civil rusa, que enfrentó al ejército rojo y al blanco, sumió al país en una gran conmoción. La guerra fue devastadora también para la industria cinematográfica, cuya producción de películas se vio muy diezmada, llegando el volumen anual a mínimos históricos. En este sentido, Rusia sufrió un parón similar al que se experimentó durante la guerra civil española. A pesar de los esfuerzos de muchos artistas, como Vertov, que realizaron películas de exaltación del ejército rojo, hasta el fin de la guerra en 1923 el panorama de la producción cinematográfica fue minoritario.

Vladimir Gardin

Vladimir Gardin

Pese a todo, los bolcheviques entendieron pronto que el cine era un medio muy importante para hacer llegar al proletariado las ideas socialistas en una sociedad mayoritariamente analfabeta. Por tanto, debían surtir de una formación técnica de alto nivel a los nuevos cineastas. El 27 de agosto de 1919 Lenin firmó el decreto de nacionalización de la industria cinematográfica, proceso que tardaría un cierto tiempo en materializarse por completo. La Rusia soviética se alzó como el primer país del mundo con una escuela de cine, la Escuela Estatal de Cinematografía —futura VGIK—, en la que los grandes cineastas del país ejercieron de profesores. Vladimir Gardin fue su director y en ella se rodó la primera película consagrada a la revolución y a la victoria roja en la guerra civil, La hoz y el martillo (1921). Por citar solamente unos pocos, aquí impartieron sus conocimientos Kuleshov, Dovzhenko, Pudovkin o Eisenstein, del cual fue alumno Mijaíl Romm, que a su vez sería profesor de uno de los cineastas más reconocidos del mundo, Andréi Tarkovsky.

Pero no adelantemos acontecimientos. Como era de esperar, en la Rusia soviética la actividad cinematográfica no se veía determinada por la obtención de beneficios propia de los países capitalistas. La política ejercida en estos años tuvo como objetivo librar a la producción del cine de la competencia extranjera y asegurar su independencia financiera tras la nacionalización de la industria. Pese a que los cineastas se viesen en ocasiones presionados políticamente debido al control estatal de la industria, jamás estuvieron sujetos a las leyes del mercado. La libertad material estaba asegurada y ello permitió que se realizaran películas poco comerciales que en occidente no hubiese sido fácil materializar. Sobre este tema, en 2016 George Lucas llegó a afirmar en el programa de entrevistas de Charlie Rose: “Conozco a muchos cineastas de la antigua URSS y ellos tenían mucha más libertad de la que tengo yo. Todo lo que tenían que hacer era ser cuidadosos a la hora de criticar al gobierno. De este modo, ellos podían hacer todo lo que querían […] mientras que yo tengo que adherirme a una línea comercial muy estricta”.

Fotograma del film La hoz y el martillo

“La hoz y el martillo” (1921)

Pese a todo lo expuesto, la reacción de los cineastas ante la revolución y las nuevas condiciones artísticas fue muy diversa. Algunos se exiliaron y jamás volvieron, sobre todo aquellos actores que interpretaban papeles típicamente burgueses en el cine zarista y vieron sus carreras mermadas. Otros, por el contrario, apoyaron desde el primer momento la nueva etapa, llegando incluso a rodar películas de propaganda comunista, llamadas agitiki. También hubo un grupo más minoritario de artistas, incluso, que se exiliaron para luego cambiar de parecer y acabar regresando, como ocurrió con Protazanov. Su caso es especialmente llamativo, ya que durante su exilio en París se familiarizó con los cines estadounidense, alemán y francés, que nutrirían a menudo al cine soviético. Las nuevas teorías del montaje de D. W. Griffith, la estética de los expresionistas alemanes o la idiosincrasia del cine escandinavo serían claras influencias en muchos de los cineastas soviéticos más importantes.

La visión de los países capitalistas del cine soviético fue variada. En un principio, el descubrimiento de El acorazado Potemkin y la obra de Vertov originó un interés relativamente nuevo por las teorías del montaje y reforzó en algunos países un cierto interés por la nueva corriente de películas proletarias. No obstante, esto no pudo evitar que el cine soviético acabase rechazado a menudo en occidente por su condición ideológica hasta la glásnost y la perestroika, cuando se empezó a levantar el velo de la amenaza comunista.

En el próximo capítulo hablaremos sobre los directores clave y ahondaremos en varias de las películas más importantes de este interesante período de la historia del cine.

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