Finaliza una edición más del Fancine, Festival de Cine Fantástico, con resultados dispares. Curiosa mezcolanza a la hora de otorgar los premios. Por un lado, el jurado galardonó a la belga Let the corpses tan como mejor película. El público, a la australiana Better watch out. Dispar, variado y agradecido. Si queréis conocer el resto de galardones, podéis hacer clic en este enlace de la web oficial del festival.

Por nuestra parte, hemos hecho el segundo resumen de lo que hemos visionado en las distintas sesiones que pueblan el Fancine, desde terror gótico hasta lisergias variadas, pasando por junglas amenazadoras y punkies fiesteros.

 

The lodgers (Brian O’Malley, 2017)

Cuando el costumbrismo se erige como la base para contar una historia de terror, el riesgo de caer en las fórmulas más habituales es enorme, y la labor de dirección ha de ser maravillosa. The lodgers peca de lo primero y echa en falta lo segundo; con una historia ambientada en los años veinte, nos habla de dos hermanos que, presos de la relación incestuosa de sus antepasados, viven atormentados por las presencias misteriosas que habitan en su mansión, situada a las afueras de un pueblo irlandés. De la mano del director Brian O’Malley, la Irlanda más costumbrista se queda corta para contar una historia que, aunque a ratos engancha, también se diluye por momentos y acaba convirtiéndose en un filme descafeinado. Tan solo la estética lúgubre y una notable Charlotte Vega (a la que ya conocimos en ficciones españolas tanto de la pequeña como de la gran pantalla, y que ha ganado el premio a mejor actriz en el festival) ponen la nota positiva a otra película más que, a pesar de ser de las de mayor nivel del festival, no aporta ningún matiz nuevo al género. (Miguel Ángel Vinuesa)

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Let the corpses tan (Hélène Cattet, Bruno Forzani, 2017)

Una de las grandezas del cine es el grado de ruptura que puede haber entre público y crítica (o entre el mismo público) en cuanto a obras cinematográficas se refiere. Hay obras que se aman o se odian, se adoran o se detestan. Así es el arte, une o divide.

Esta pequeña teoría al uso se encuentra en el cine de Cattet y Forzani, pareja de cineastas belgas cuyo propósito máximo es desempolvar las formas audiovisuales de géneros como el giallo, el spaghetti-western o el polizziotesco para dotarlos de una narrativa casi de ensayo cinematográfico a modo de homenaje y reivindicación de cómo el cinema exploitation puede ser tanto un género “de autor” como una fuente inabarcable de sentimiento lúdico y diversión de serie B.

Un ejemplo de todo esto lo hallamos en el último film de los directores, Let the corpses tan, una película de una tensión visual milimétrica en la que unos personajes, a modo de reservoir dogs, despliegan su ambición por el botín de un atraco perpetrado por ellos mismos, para llegar a un cénit de disparos, encuadres de cómic y tempo secuencial émulo del Rashomon de Kurosawa.

Para el que suscribe, el film de Cattet y Forzani se ama, se adora y se disfruta. Sin más. (Javier Acedo)

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Jungle (Greg McLean, 2017)

Un thriller psicológico en medio de la Amazonia suena a priori descabellado y casi utópico, pero Jungle consigue que esta fórmula algo alocada funcione (hasta cierto punto). Greg McLean nos trae a un Daniel Radcliffe maduro y alejado de conjuros y varitas en la piel de Yossi Ghinsberg, el joven de veintiún años que decidió vivir una aventura en la Amazonia boliviana y acabó sufriendo un infierno luchando por sobrevivir tras separarse de sus amigos. Más tarde publicó su historia, que se convirtió en best-seller al poco tiempo. McLean (El territorio de la bestia) se atreve a proponer una historia, a priori de lucha contra el entorno, desde el punto de vista psicológico y aterrador que supone enfrentarse contra la naturaleza del propio ser humano y ver hasta qué punto llega este a sus límites, lo que dota al filme de un (por momentos excesivo) tono de thriller que encaja a la perfección con la sobria actuación de Radcliffe y la insólita ambientación. (Miguel Ángel Vinuesa)

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Hounds of love (Ben Young, 2016)

Una pareja australiana, a mediados de los ochenta, vive con tranquilidad bajo la adicción a un hobby destructivo: “coleccionar” chicas adolescentes a las que raptar, torturar y matar. Hasta que una de sus víctimas se da cuenta de que, para salvarse, debe destruir su relación. Con este argumento, Ben Young presenta una de las películas más perturbadoras que se hayan visto en los últimos años, con escenas que, en ocasiones, son difíciles de digerir por el espectador, pero que arman un resultado final más que satisfactorio. Los espectadores valientes (y con estómago) pudieron ver en este filme cómo se va más allá de la típica y explotada historia de asesinatos en serie bajo la lente de las relaciones de pareja, sus entresijos y sus dificultades, todo acompañado de un entretenimiento que roza una de las locuras más inquietantes vistas en la pantalla grande. (Miguel Ángel Vinuesa)

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How to talk to girls at parties (John Cameron Mitchell, 2017)

El punk vuelve a la gran pantalla de la mano de un homenaje sincero. How to talk to girls at parties, la historia de unos amigos rockeros que acaban sin saber cómo en una fiesta un tanto especial, propone tantísimos aspectos abiertos que se pierde en ellos a cada paso que da. Cada gesto y cada guiño a los tiempos punk entra al espectador por los ojos de la mano de una estética futurista y una historia de amor que pretende romper con los cánones clásicos propios de cualquier producto que encierre comedia, fiesta y amor y que suele resultar tan aburrido. Aquí, los planos psicodélicos y el recurso de cámara lenta llenan el filme de una extravagancia que no termina de adquirir sentido, a pesar de contar con una espectacular Elle Fanning que protagoniza la historia de fondo: el amor juvenil envuelto en el más puro punk. (Miguel Ángel Vinuesa)

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Thelma (Joachim Trier, 2017)

Confieso que arrastro una debilidad cinéfila llamada Oslo, 31 de agosto, un relato desgarrador y existencial sobre la adolescencia.

Aunque su siguiente película (El amor es más fuerte que las bombas) tuviera resultados irregulares, mi alarma cinéfila se activó cuando tuve conocimiento de esta historia sobre culpa, poderes sobrenaturales, religión, soledad y amor llamada Thelma.

Y, tras su visionado, he de reconocer que aplaudí con relativa alegría y cierta melancolía. Alegría porque la presencia de Trier está en cada fotograma del film, tanto en su elegancia formal como en su acercamiento a una edad tan difícil como la adolescencia, viajando de forma tangencial a un cine sobrenatural para, en definitiva, hacer que el espectador presencie el retrato de un ser solitario en un mundo que, a priori, le viene grande.

Pero la melancolía llega a mí cuando los meandros narrativos del filme se lastran en algunos momentos, como si estos estuvieran adscritos a la falsa máxima de “si haces cine de autor, tus historias tienen que rozar o sobrepasar las dos horas”. ¿Por qué el cine olvida a veces que “menos es más”? (Javier Acedo)

 

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