David Pulido (Madrid, 1976) es psicólogo clínico y aficionado a los juegos de rol. Amante del cine, su aproximación a la escritura de guiones comenzó en un taller al que asistía como actividad “extralaboral”. Más tarde conoció a Raúl Arévalo en una fiesta de cumpleaños, y lo que en principio comenzó con una pregunta sobre psicología acabó convirtiéndose en una coguionización de siete años.

Nos escribimos con él (por la distancia Málaga-Madrid), para conocer algunos entresijos de Tarde para la ira, sin duda uno de los thrillers del año. Advertimos que la entrevista contiene spoilers, ya que pedimos a David Pulido su visión sobre algunos personajes y parte de la trama.

Da la sensación de que Jose, el protagonista, lo tiene todo planeado al milímetro. Incluso hay momentos en los que parece confiar plenamente en el azar, como si también tuviera dominio sobre él. ¿Realmente lo tiene todo tan controlado o le acompaña la suerte del principiante?

Hemos querido contar que Jose tiene desde hace años una idea de venganza en la cabeza, una obsesión que ha parado su vida en el instante en que todo ocurrió y que dirige sus pasos irrevocablemente hacia la venganza. Pero, como en todas las obsesiones, hay un componente irracional, emocional. Muy al contrario, no estamos hablando de una venganza planificada. Jose acude a un bar, semanas después entra en juego Ana y se le ocurre cómo controlar a Curro. Luego, frente a frente con sus enemigos, ni él mismo sabe en principio qué va a ser capaz de hacer. Jose no es un estratega. Con lo que va obteniendo improvisa el siguiente paso, e incluso sus emociones se ven alteradas en ese camino en que el azar no siempre es favorable. Pero cuando una idea es tan poderosa, cuando una emoción es tan devastadora, la determinación de seguir adelante es total, y en eso reside el control de Jose sobre la situación.

¿Te has inspirado en comportamientos de algunos pacientes o hay patrones que la mente humana tiende a repetir en determinadas circunstancias?

Desde el punto de vista psicológico, he tratado de fundamentar el comportamiento obsesivo de una persona que ya no tiene nada que perder sin caer en el cliché de un psicópata. Jose da miedo porque vemos que fue una persona normal a la que un hecho terrible ha llevado al límite. Evidentemente mis conocimientos del comportamiento humano han dibujado esa conducta, pero incluso hemos tenido que suavizar cosas o no entrar en otros detalles, porque en consulta se cumple ese dicho de que la realidad es menos verosímil que la ficción.

¿Habéis pensado en la psicología del espectador? ¿Qué aspectos han sido fundamentales para que una persona en su sano juicio pueda empatizar con un asesino?

El espectador siempre ha estado presente en la escritura del guion. Teníamos que hacer ese viaje con él para poder tenerle enganchado a la historia y transmitirle las emociones que ideábamos. Nuestras discusiones siempre iban en ese sentido: “Aquí ya has perdido a la mitad de los espectadores”; “Aquí es cuando alguno va a empezar a hilar”; “Ahora necesitamos que rían en medio de la tensión”.

La relación entre Jose y Ana es fundamental en la película, y ambos personajes se complementan para jugar al despiste con el espectador. A la hora de elaborar los papeles, ¿qué ha sido más difícil: pensar con la mente del lobo o con la del cordero?

Tal vez lo más difícil ha sido que no hubiera lobos ni corderos. Que cada personaje tuviera sus luces y sus sombras y que el espectador pudiera sentirse identificado con uno y sentir rechazo absoluto por él en otro momento. Todos los personajes son víctimas que a su vez tienen capacidad de elección. Es ahí donde reside la moral y la polémica.

Me encanta que la gente pase de la sonrisa a la tensión y que en medio del miedo de repente no pueda evitar reírse.

Los silencios, las miradas y los gestos cuentan mucho en esta historia. En este sentido, ¿habéis borrado mucho hasta llegar a ese nivel de depuración, o teníais claro que los momentos decisivos transcurrirían sin diálogos?

Nuestro estilo de escritura siempre se basa en que si algo se puede contar sin necesidad de explicarlo con palabras es mucho más potente y elegante. Hemos huido de diálogos explicativos o que sonaran peliculeros. De hecho, los diálogos en la mayoría de los casos están enmascarando las verdaderas emociones e intenciones que están desarrollándose por debajo. Teníamos miedo de que la historia no llegara a entenderse, pero ahí está el enorme talento de los intérpretes: que con una mirada ya estaban transmitiendo y llegando al espectador de la manera que soñamos cuando escribimos el guion.

¿Tenías algún personaje cinematográfico de referencia a la hora de crear al protagonista? Personalmente, me recuerda a Ryan Gosling en Drive: un hombre muy reservado que sabe bien lo que hace, no está loco, aunque su comportamiento no sea ejemplar…

A la hora de construir personajes siempre existen referencias, pero en el caso de Jose no había ninguna cinematográfica que yo recuerde (Drive es bastante posterior a la escritura del guion, del 2008). Se basan más en comportamientos o miradas de gente que podamos encontrarnos en la vida real. Incluso del propio Antonio de la Torre, ya que el personaje se escribió ya pensando en él desde el principio.

Tarde para la ira también tiene toques cómicos. Es un humor sutil, que se aleja del chascarrillo fácil y habitual (como, por ejemplo, cuando salen del gimnasio con las sudaderas de chándal). ¿Son situaciones buscadas desde el guion o surgieron durante el rodaje?

Todas las escenas de humor estaban escritas desde antes. Son demasiado arriesgadas como para dejarlas a la improvisación y hay que conseguir un buen contrapunto a la tensión. Creo que aportan mucha naturalidad, porque en la vida real suceden escenas cómicas en medio de las desgracias o los ambientes más hostiles. En este caso, jugar con ellas ha sido una enorme satisfacción. Personalmente me encanta que la gente pase de la sonrisa a la tensión y que en medio del miedo de repente no pueda evitar reírse.

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Raúl Arévalo y David Pulido en el rodaje de “Tarde para la ira”

La película también tiene un final abierto, que da lugar a múltiples conjeturas. Esto requiere inteligencia por parte del espectador, pero también confianza por vuestra parte. Como guionistas primerizos que erais Raúl y tú, ¿teníais miedo de que no se entendieran algunos momentos de la trama?

Sí, de ahí la dificultad de dosificar información, de ver hasta dónde había que explicar las cosas para que nadie pensara que las acciones de los protagonistas no eran naturales… A favor teníamos que no pretendíamos dar ninguna moraleja, sino un estado emocional. Y eso es siempre más subjetivo.

Ya sabemos que hay cosas que deben quedar implícitas… Pero por último, y según tú: ¿llega Jose a sentir algo por Ana, o todo forma parte del plan?

Yo creo que Antonio ha compuesto un Jose muy humano y que en sus ojos está que lo que siente por Ana es real. Y no es solo atracción. Es culpa por lo que está haciendo. Es miedo y sentimiento de pérdida.

Según mis ruinosas investigaciones, tienes un libro que está a punto de salir: ¿Nos estamos volviendo locos? ¿Qué cuentas en él? ¿Se lo recomendarías a Jose?

En el libro explico las principales patologías que nos encontramos en consulta desde un punto de vista empírico, quitando muchos de los mitos falsos que rondan sobre la depresión, la ansiedad. Y dándonos cuenta de que es muy probable que en nuestra cotidianidad tengamos algunos de estos comportamientos sin tener que etiquetarlos como “locuras”. La situación de Jose es extrema, y en su caso el no haber tratado el duelo desde el principio ha hecho que sus problemas alcancen la mayor gravedad. Afortunadamente es algo muy infrecuente y mucho más reversible si sabemos explicar el porqué de los trastornos. Esa es la intención del libro.

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Antonio de la Torre, David Pulido, Melina Matthews, Raúl Arévalo y Luis Callejo en el Festival de Venecia

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