El porvenir

Supervivencia darwiniana contra idealismo platónico

porvenir_poster_hansen_loveEn una de las escenas más significativas de El porvenir, Nathalie, la protagonista, anda nerviosa buscando a su gata Pandora: la felina se ha lanzado a explorar la naturaleza y no quiere retornar a la casa de campo donde su dueña pasa unos días de vacaciones. A Nathalie le preocupa que Pandora sea incapaz de sobrevivir en el entorno salvaje, ya que el animal no conoce otra cosa que el ámbito doméstico. Fabien, amigo y antiguo alumno de Nathalie, trata de tranquilizarla con una frase que bien podría aplicarse ella misma: “Siempre queda el instinto”.

Y es que, de igual modo, Nathalie desconfía de la existencia de su propio instinto hasta que no tiene más remedio que recurrir a él, cuando la vida le pone por delante un paisaje boscoso totalmente desconocido. Su situación acomodada se tambalea de arriba abajo y la estabilidad que había alcanzado en la madurez se va al traste. Suerte que Nathalie es un personaje femenino de Mia Hansen-Løve, y esto le asegura salir victoriosa y con el puño en alto. Como no podía ser de otro modo, la cineasta francesa dota a su última protagonista con la misma fortaleza sutil que a las anteriores: de carácter diligente, decidido, con una seguridad que no llega a ser férrea e infranqueable, pero sí suficiente para salir del paso. Al igual que las jóvenes (casi adolescentes) que protagonizaban Un amor de juventud (2011) y El padre de mis hijos (2009), Isabelle Huppert representa en El porvenir a una mujer que debe aprender a superar la pérdida, ya sea física o afectiva. En este tiempo de asimilación y reconstrucción tras el terremoto, las heroínas de Hansen-Løve luchan, en primer lugar, contra sí mismas: pues el periodo de adaptación pasa por llorar la muerte de quienes fueron y de todo aquello que de repente ha desaparecido.

fotograma_el_porvenir_huppertNathalie parece tenerlo más fácil dada su edad y su trayectoria: es profesora de filosofía y editora; pero ni su experiencia ni las teorías que hasta el momento defendía parecen servirle de apoyo. Se ha ido anquilosando con el paso de los años, y en este punto de su vida tendrá que abandonar el idealismo de Platón —al menos por un tiempo—, para confiar plenamente en Darwin y su teoría de la evolución. De este modo, Hansen-Løve plasma en El porvenir la necesidad de reivindicar la soledad, el espacio propio, el territorio virgen donde de vez en cuando es necesario ejercitar el riesgo y mejorar la versión debilitada de nosotros mismos.

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