Zama

La vida no espera

“Hay peces que luchan contra el agua, no se adaptan a ella y viven en las orillas”. Una voz en off narra estas frases mientras centenares de ellos se estrellan contra la pantalla. Pero de quien nos hablan es de otro pez. Don Diego de Zama es un funcionario de la Corona española, regiamente interpretado por Daniel Giménez Cacho, al que justamente encontramos al principio y a la mitad de la nueva cinta de Lucrecia Martel en la orilla del mar; en esa estampa icónica del hombre mirando al horizonte. Es un plano abierto, lleno de melancolía y esperanza, que funciona como válvula de escape a la atmósfera caótica del Paraguay colonial en el que don Diego se desenvuelve con cortesía entre los gobernadores y sus sirvientes; entre un cúmulo de calor, suciedad, deseo y desesperanza que eleva la cifra de la gravedad a valores metafísicos. Lo que Zama busca en este paisaje que le repele, y que se extiende a los tres primeros cuartos del metraje, es que sus superiores intercedan por él en su traslado a la ciudad de Lerma, en Buenos Aires, donde se reencontrará con su esposa e hijos. Zama vive esta espera, que una burocracia lenta y ortopédica del siglo XVII extiende de forma innecesaria, entre episodios de pequeños conflictos burgueses, asaltos a aposentos, a honras, ubicando muertos, enfrentándose con el deseo que le despierta la visita de la esposa de un funcionario (interpretada por Lola Dueñas), enfrentándose al revuelo que despierta el trabajo de un escritor desconocido y aposentando la creciente amenaza de Vicuña Porto, bandido enemigo de la colonia.

Aunque la historia está basada en la novela homónima de Antonio di Benedetto, la cinematografía implacable de Martel consigue expresar de forma personalísima esta insoportable espera. La ambientación sucia y cruel de la película deja adivinar un duro rodaje que recuerda los periplos indígenas de Herzog; la comunión del obsesivo trabajo de arte, una fotografía de grietas y bodegones, y un detallista tratamiento sonoro consiguen recrear con minuciosidad el hiriente mundo de la colonia; y ponen en relación el mundo de Zama con las exitosas atmósferas conseguidas previamente por el equipo de Martel en La ciénaga o La mujer sin cabeza. La cámara es constante en su ejercicio de intrusión, encuadrando a los personajes de forma sofocante en primeros planos de compacta tensión compositiva o utilizando la ruptura de foco del teleobjetivo para aislarlos de su entorno. Todo este aparato estético eleva el tiempo muerto de la burocracia a límites absurdos y tediosos. El don Diego obsesionado hasta la tensión y la locura recibe la fatal noticia de que esta espera puede prolongarse el doble de tiempo o más. Entonces la incertidumbre estalla y la cuarta, y última, parte de la película abandona los códigos de lenguaje que ella misma ha creado para enzarzarse en una épica de aventuras; una en la que un don Diego transformado en antihéroe se embarca en una misión de búsqueda y captura de Vicuña Porto.

Una vez conocida la futilidad de su empeño, el Zama inmutable de la espera se contrapone con otro hastiado; otro que, aun viviendo el frenesí de la batalla, se abandona a un destino que ya no está en sus manos, uno de peligro y muerte. Es un Zama maduro, desencantado de su esperanza y de los hombres, capaz de aconsejar sabiamente a sus coetáneos sobre lo inútil de la ambición en medio de esas tierras de locura y olvido. Lo loable de la obra de Martel es que cuando el personaje abandona su objetivo, cuando siente que ya no tiene nada más que perder, es cuando la película se amplifica; respira y nos regala un viaje por paisajes inconmensurables, de bellísima naturaleza desorbitada y habitados por exóticos indígenas. Quizás los grandes planos abiertos del último tramo de la película quieran transmitir cómo la verdadera tranquilidad nos inunda cuando cejamos en el empeño de aquello que está fuera de nuestras posibilidades. Parece indicarnos que la auténtica vida aparece cuando no la perseguimos, cuando olvidamos el compromiso social. Pero el tiempo y la espera pesan, y esta fábula de ficción hiperrealista nos recuerda que los pasos que damos son difíciles de desandar, que lo fácil es bajar el nivel de alerta y dejar que nuestra alma se ennegrezca. Así, el viejo y decepcionado don Diego de Zama, con su alma a la deriva, es incapaz de contestar cuando por fin le preguntan a la cara: “¿Quieres vivir?”.

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