Una bolsa de canicas

Honrarás a tu padre

Cartel de Una bolsa de canicasI. En principio, una historia más sobre la Shoah. Pura apariencia. La apariencia no es sincera, cantaba Enrique Bunbury antaño. Pero se sintetiza con sencillez. Relato autobiográfico infantil de Joseph Joffo en el que describe sus andanzas como infante judío en plena ocupación alemana en la Francia de Vichy y en la Galia ¿libre? Joseph es hijo de una familia de peluqueros, que debe tomar la decisión de separarse para correr menos riesgos. Todo resulta inseguro. La zozobra acompaña a Joseph y a su hermano durante toda la narración. La sensación de desasosiego empapa todo el relato. El próximo zarpazo puede caer sobre ellos. La garantía de que regresen vivos es poco menos que exigua. El reencuentro con sus padres y hermanos se antoja difícil. Pero en realidad, toda una heráldica fronda se atisba cuando vemos Una bolsa de canicas, del realizador canadiense Christian Duguay (Juana de Arco, El arte de la guerra, Coco Chanel). Brotan ante nuestras retinas poderosos centelleos fraternos, genuino amor entre hermanos que huyen de Petain/Hitler. Fornida ligadura fraterna, cristalina, bella, recia, categórica, con una incondicionalidad absoluta, con un amor inconmovible.

II. Pero el gran desgarrón de la película es la paternidad. En estos tiempos infectados de corrección política y de ultraje sistemático a la masculinidad, la figura del padre emerge colosal (incluso en el respetuoso tratamiento que ofrece el film de los sacerdotes católicos, también padres; espirituales, obviamente). Tras la deconstrucción, ridiculización y menosprecio contemporáneo del padre, estereotipo de la opresión, Duguay apuesta por vindicar a un padre, no a un papá moderno. La figura paterna que nos presenta Una bolsa de canicas es gloriosa (con una composición ponderada y eficaz de Patrick Bruel), siguiendo la estela de prodigiosos relatos paternos (Qué bello es vivir, Matar a un ruiseñor, La clase de esgrima, Una cuestión de tiempo, Capitán Fantastic). Un padre que es testimonio vívido y viviente, referencia ética y amorosa inexcusable para sus hijos. Un padre tan querido y admirado que simboliza para sus retoños sus anhelos más íntimos, aquello más noble a lo que desean aspirar en sus futuros rumbos existenciales. Ante los niños tiránicos y sin voluntad que pululan hogaño por doquier, nos hipnotiza ver a dos críos maduros. Unos niños que viven de la memoria de sus padres. Y sobre todo del padre.

Fotograma de Una bolsa de canicas

Un padre que les transmite el orgullo de ser judíos sin cesar. Un padre que vive (vivo y muerto) en la memoria de sus vástagos. Un padre imperecedero, muy alejado del torpe apéndice de la madre al que hoy se llama padre. Un padre muy distante del Mammo actual, caricatura falsaria y fantasmagórica sombra de la paternidad. Desbrujulado, desahuciado, arrumbado, tan desubicado como desamparado, perdiendo todo terreno sólido, deambula vacío, orbitando alrededor del otro punto de la familia, de la otra polaridad estable, el dominio y reino de la Madre.

En ese sentido Duguay combate la lógica neomatriarcal de convertir al varón (y a su tipo más acabado y distinguido, el padre) en un cero a la izquierda y en un ser irrelevante. Y recupera el estrecho vínculo entre paternidad y ley (además de patria, tierra de nuestros padres). El padre de nuestros protagonistas es una antípoda del papá moderno que ni posee autoridad (estricta etimología: hacer crecer), ni castiga, ni se impone; si lo hiciera se concebiría malhechor y con mala conciencia. Confrontable a ciertas sustancias pegajosas y blandas no tiene una forma precisa, es un poquito pringoso y nebulosamente desagradable. Oye los consejos de los expertos (esa raza infernal), está en contra de los estereotipos de género, su máxima aspiración es que padre y madre sean indistinguibles en la familia, como piezas que se pueden intercambiar. Pero Duguay, qué se le va a hacer, valora lógicas perdidas. Orden, disciplina, castigo (o la familia contra el poder establecido de cada época, más o menos criminal). Pero siempre partiendo de la incuestionable premisa de un hondísimo amor —de un rebosante amor— hacia sus hijos (el minuto en que el padre somete a una “prueba” al benjamín Joseph es feroz).

Fotograma de Una bolsa de canicasIII. La libertad no es la huida de límites y de forma, ni tampoco el antojo elevado a ley. Y eso lo tiene luminosamente claro nuestro director. Una laboriosa disciplina, tanto interior como exterior, se requiere. Sin esto somos solo esclavos, de nosotros mismos o de otros poco importa, aunque podamos dar el nombre de libertad a esa servidumbre (de hecho, neciamente, más esclavos y autómatas que nunca en la historia, nos creemos más libres). Y Duguay posee la diamantina certidumbre de que la pérdida del Padre conduce directo a este resultado de no-libertad, entorpeciendo a los cachorros humanos de ambos sexos el guía y símbolo que personifica una autoridad verdadera, aunque sea para entrar en serios conflictos con ella. Resulta dificultoso o indefendible que sepan encontrar en sí mismos esa autoridad interior, exclusivo marchamo de libertad (y el director canadiense tampoco ignora el papel de la madre en la forja de ese carácter: el momento en el que finge ser una violinista rusa perdura indestructible en nuestra memoria y, sobre todo, en la de sus hijos).

IV. Sobre el casi exterminio de los judíos europeos (aparte de otros cinco millones de “enemigos”) durante la segunda guerra mundial se vieron filmes más sólidos y fascinantes (Shoah, El pianista, La zona gris, La lista de Schindler, Hijo de Saúl, La vida es bella, Memoria de los campos, Sin destino), pero Una bolsa de canicas se halla lejos de sus predecesoras. El asunto seguirá siendo crucial para comprendernos. La Shoah no es el dolor abstracto de un pueblo. Es un pecado horrible hacer del dolor cosa abstracta (por eso el probable pecado del cine de intentar hacer representable lo que no puede ser representado). Coexiste el extremado dolor de cada uno. Y ese dolor es intolerable. En las sociedades contemporáneas es muy difícil que alguien se declare antisemita; sin embargo, todo el mundo se expresa con mucha desenvoltura como antisionista sin detallar a qué está haciendo referencia, y esto hay que tomarlo en consideración. El huevo de la serpiente (gran historia de Ingrid Bergman, por otra parte) sigue sin ser definitivamente aplastado. El gran Zygmunt Bauman afirmaba en su imprescindible Holocausto y modernidad que “no fue simplemente un problema judío ni fue un episodio solo de la historia judía. El Holocausto se gestó y se puso en práctica en nuestra sociedad moderna y racional, en una fase avanzada de nuestra civilización y en un momento álgido de nuestra cultura y, por esta razón, es un problema de esa sociedad, de esa civilización y de esa cultura”. Pero sobre todo de la nuestra.

El Tercer Reich se desplomó militarmente en 1945, pero las ideas y las metodologías biopolíticas de aquella sórdida etapa histórica todavía persisten y se emplean con éxito. Nuevos métodos, nuevas formas de exterminio que se siguen utilizando para borrar de la faz de la tierra a “enemigos” que, en este caso, al fin y a la postre, parecieran ser cierta “población sobrante”.