Thelma

Drama, poderes sobrenaturales y montaje invisible

El próximo viernes se estrena en los cines de nuestro país Thelma, el cuarto largometraje del director noruego Joachim Trier, primo lejano del bueno de Lars (no es broma).

Thelma, hábilmente interpretada por Eili Harboe, es una estudiante de biología proveniente de una severa familia cristiana, por lo que está bastante encorsetada por una serie de valores que determinan su vida pese a no creérselos demasiado. La ola de nuevas emociones propias de la juventud temprana despierta en ella una especie de “poderes malignos” que le son dañinos, por lo que Thelma trata de encontrar la verdad sobre sí misma, durante tantos años ocultada por sus padres. Lo que en un principio pudiese parecer un relato sobre el despertar de una persona y su primera relación con otra estudiante resulta ser un drama psicológico de corte sobrenatural que habla sobre la culpa o la redención y su perversión desde la religiosidad.

Mi problema con Thelma no es de contenido, sino de forma. A menudo hablamos de montaje invisible cuando queremos referirnos a ese cine, generalmente estadounidense, cuyo modelo de escritura se considera más perfecto cuanto menos se note. Son películas de guion, que apenas utilizan el poder que el montaje, como tercera escritura que es, les brinda. Esta decisión creativa es perfectamente legítima y a la vista de todos los cinéfilos está que nos ha dado y nos sigue dando grandes joyas del cine. En los últimos años parece resurgir una cierta tendencia que no remite al montaje invisible clásico pero que, como este, lo relega a un segundo plano, creando una suerte de montaje invisible a la europea.

En Thelma se utiliza este método y como consecuencia la representación del relato resulta fría. Logra momentos brillantes que deberían impactar y sin embargo al verlos no consigo dejar de pensar si no hubiese sido mejor un tratamiento diferente durante el desarrollo de la trama para lograr que fuesen más efectistas. Y esto no es así por culpa del ritmo pausado o distante, pues estos manierismos también pueden ser impactantes, como demuestran cineastas como Haneke. Quizás el relativamente reciente visionado de Crudo de Julia Ducournau esté empañando mi vista. Sé que las comparaciones son odiosas, sobre todo en este caso en el que ambas cintas buscan su expresión de maneras muy diferentes, pero no es difícil ponerlas en una balanza y personalmente encuentro más valiosa la cinta francesa.

Pese a ello, la película cuenta con un argumento sólido y ha sido alabada en más de un festival, así que me consta que mi crítica, aunque será compartida por algunos, probablemente no impedirá que muchos espectadores la disfruten. Al fin y al cabo, Thelma muestra una nueva óptica del a veces trillado subgénero de posesiones o poderes malignos, por lo que mis palabras aquí han de ser más una advertencia que otra cosa, y no deben espantar a quienes busquen un austero drama psicológico de tintes sobrenaturales. Yo, por mi parte, me retiro a darle otra oportunidad a Trier visionando su aclamada Oslo, 31 de agosto, que me ha picado la curiosidad.