Silencio

Sin noticias de Dios

Shusaku Endo fue una rara avis de la literatura japonesa, debido a sus creencias cristianas y a la indudable influencia de occidente en su formación como escritor —estudió literatura en Lyon—, pero a pesar de ello sus novelas pueden inscribirse plenamente dentro de las obsesiones temáticas de los intelectuales del país del sol naciente. Su narración más famosa es Silencio, una crónica de los intentos de los misioneros cristianos, sobre todo jesuitas, de convertir a la población japonesa al catolicismo. Durante cuatro décadas, las misiones prosperaron, sobre todo en la zona en torno al puerto de Nagasaki, y llegaron a contabilizarse alrededor de trescientos mil católicos a finales del siglo XVI. Poco después la situación cambiaría radicalmente: los gobernantes japoneses empezaron a promulgar edictos que prohibían la religión extranjera e instaban a su persecución, hasta el punto de que quien no abjurara del cristianismo estaba condenado a muerte.

En este contexto Endo cuenta la historia de los padres Rodrigues y Garupe, dos jóvenes sacerdotes católicos portugueses de fe ardiente que consiguen convencer a su superior de que los envíe en una misión prácticamente suicida: entrar clandestinamente en Japón y averiguar qué ha sido de su maestro, el padre Ferreira, del que se rumorea que ha apostatado y vive ahora como un infiel. La novela está poseída por una escritura desnuda y hermosa para narrar la historia de dos seres (o un ser en realidad, porque pronto el protagonismo casi exclusivo lo adquiere el padre Rodrigues) que se creen en posesión de la verdad absoluta, protegidos por un Dios todopoderoso, por lo que piensan que sus pretensiones en Japón son absolutamente legítimas. Por otro lado, los dirigentes japoneses de la época justifican su barbarie —las escenas de tortura son parte fundamental de la novela y, por lo tanto, de la película— en una defensa cerrada de su carácter nacional contra las injerencias extranjeras que al final pueden ocultar intereses colonizadores. La implacable persecución a la que son sometidos los católicos evoca la de los primeros cristianos en la antigua Roma, que debían realizar sus ritos ocultos en catacumbas. Aunque en ningún momento se mencione, no hay que perder de vista que mientras la Iglesia mandaba a sus más valientes hijos a evangelizar Japón, practicaba una política igualmente bárbara para reprimir la práctica de otras creencias en su propio territorio: esta también era la época dorada de la Inquisición y la caza de brujas.

Martin Scorsese llevaba muchos años intentando adaptar la novela de Endo. Hace mucho que adquirió los derechos de esta (existe una versión anterior, japonesa, firmada por Masahiro Shinoda), pero parece ser que nunca llegaba el momento de filmarla. El interés de Scorsese por la religión es indudable, si echamos un vistazo a su filmografía (y a su biografía: fue seminarista algunos años), sobre todo si nos remitimos a esa obra maestra llamada La última tentación de Cristo, uno de los más estimulantes acercamientos a Jesucristo de la historia del cine, una película que engendró una serie de profundas polémicas más bien absurdas. En esta ocasión su interés es histórico, además de espiritual, por lo que ha cuidado al máximo la ambientación a través de una profunda documentación sobre la época y sus circunstancias en esas coordenadas espaciotemporales.

Silencio se centra en el calvario particular que atraviesa el padre Rodrigues desde que desembarca en Japón: aunque tiene la suerte de ser acogido en un pueblo en el que se practica el cristianismo de manera clandestina, ha de permanecer escondido junto a su compañero, saliendo por las noches para tratar de mitigar la inmensa sed espiritual que conlleva la práctica de una religión reprimida. Pronto su presencia va a suponer problemas para aquellos a los que se supone que van a ayudar. Surge el primer dilema moral de los muchos que plantea la película: ¿es lícito que se aliente a los campesinos a que no renuncien a su fe si eso implica una horrible muerte bajo tortura? Para el padre Garupe el martirio es la mejor muerte para cualquier cristiano, pero Rodrigues tiene sus dudas al respecto. Ser testigo de acontecimientos tan horribles y tan sórdidos hace incluso que su sólida fe se tambalee. Además, puede que la forma de entender el catolicismo por parte de una cultura tan diferente sea demasiado divergente respecto a la línea oficial… Por su torturada mente transita el eterno dilema: si Dios es eternamente bueno y todopoderoso, ¿por qué no interviene para parar los martirios, para castigar a los torturadores? El ser venerado, el ser eterno por quien todo se sacrifica permanece en un silencio incomprensible. En la novela de Endo se reflexiona acerca de ello:

“Ya han pasado treinta años desde que comenzó la persecución y, aunque esta tierra negra del Japón estalla de gemidos cristianos y corre la sangre roja de los misioneros y se van derrumbando las torres de las iglesias, Dios tiene delante a las víctimas de este horrible sacrificio inmoladas a él, y aún continúa en silencio”.

Mientras todo esto sucede, un personaje ofrece un llamativo contraste con la valentía tambaleante de Rodrigues: el japonés Kichijiró, un cobarde —o más bien alguien que intenta sobrevivir por encima de todo— al que le hubiera gustado vivir su fe en tiempos más amables y tolerantes. Kichijiró es una especie de Judas en busca de redención, una presencia necesaria para que la tragedia de Rodrigues, que al final asume que tendrá que emular a Jesucristo si quiere ser coherente con su fe, sea completa.

El final de Silencio —no lo voy a desvelar aquí, por supuesto— es tan inesperado como coherente con su mensaje. Scorsese ha filmado una de sus grandes películas, que no llega por poco a la categoría de obra maestra, debido a que en su tramo final el metraje se alarga en exceso. A pesar de eso, se trata de una película que debe visionarse en más de una ocasión para captar los diversos matices de una historia tan compleja como sugerente, en un momento histórico en el que la religión (afortunadamente, desde mi humilde punto de vista), al menos en occidente, está cada más alejada de la vida cotidiana de la mayoría de la gente, pero no por ello deja de ser una parte fundamental de nuestra historia, de lo que somos.

 

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