Rogue One

Circo galáctico

Pertenezco a la generación que disfrutó por primera vez de la saga Star Wars en pantalla grande, los que fuimos a ver las películas sin ninguna información previa y pudimos saborear la magnífica obra concebida por George Lucas con nuestro sentido de la maravilla intacto. Cuando terminaba la proyección y se encendían las luces, nosotros en nuestra imaginación seguíamos dentro de la trama de la película y encendíamos nuestros sables de luz para prolongar las aventuras. En cualquier caso he de confesar que de La guerra de las galaxias solo pude ver unos quince minutos antes de quedarme dormido (yo tenía cinco años). Solo tengo un lúcido recuerdo de unos extraños robots que me daban un poco de miedo caminando por un desierto inmenso. Con el estreno, unos años después, de El imperio contraataca, la cosa fue distinta. Creo que pocas veces he podido disfrutar más en un cine. La fascinación que me produjo aquella historia escrita por Lawrence Kasdan (yo no sabía entonces quién era Lawrence Kasdan, ni falta que me hacía) siguió estando conmigo durante semanas e incluso meses. Ese final en el que los malos aplastaban a los buenos —yo creí al principio que las palabras en las que Vader se desvelaba como el padre de Luke no eran más que una treta, hasta que, dándoles vueltas, decidí finalmente que eran ciertas— y aquellos apenas quedaban con una débil esperanza de victoria era algo revolucionario. Me compraron un cómic que adaptaba la película. Como en aquellos tiempos remotos ni siquiera teníamos vídeo doméstico, era la única manera de rememorar la historia. Creo que el cómic terminó tan desgastado que al final hubo que tirarlo. Respecto a El retorno del Jedi, me pareció muy inferior a la anterior, demasiado infantil, pero al menos se salvaba la lucha final entre padre e hijo.

Mucho después se estrenó la primera trilogía, la que contaba los sucesos que habían desembocado en el advenimiento del Imperio. La primera película era francamente olvidable, aunque el esqueleto de la trama política que iba desarrollándose no estaba nada mal. Las dos siguientes estuvieron bastante mejor, a pesar de que son repudiadas hoy día por buena parte de los aficionados. Al menos ofrecían algo nuevo: tramas políticas, amorosas, planetas distintos y un pesimismo existencial que solo habíamos podido intuir en El imperio contraataca. Respecto a El despertar de la fuerza, mejor no hablar demasiado. Muy espectacular, pero vacía y alarmantemente carente de imaginación. Si lo mejor de la creación de George Lucas es haber concebido un universo nuevo e infinitamente complejo, el camino de las nuevas entregas debería ser explorar todas sus posibilidades y transitar por caminos nuevos, no ofrecer nuevas dosis de lo ya visto, algo que intenta —con escasa fortuna, desde mi punto de vista— Rogue One.

Que la trama se centrase de nuevo en la Estrella de la Muerte hacía presagiar lo peor, pero ese no es principal problema de la película de Edwards. Su gran fallo ha sido presentarnos a unos personajes tan planos y tan poco carismáticos. Jyn Erso y Cassian Andor son meros estereotipos. Ella es la mujer fuerte que busca venganza y él un guerrero absolutamente entregado a los ideales de la Alianza Rebelde, pero apenas existe la necesaria química entre ambos (este era uno de los puntos fuertes de la trilogía original), por lo que al espectador le cuesta sentir empatía con ellos como para preocuparse demasiado por su destino. Bien es cierto que en esta ocasión se ha optado por un tono más adulto y bastante más fatalista de lo habitual —como si nos encontrásemos ante un remake de Los doce del patíbulo situado en una galaxia lejana—, pero dichas pretensiones no acaban de desarrollarse hasta sus últimas consecuencias.

Al final todo se reduce a mostrar un circo de varias pistas, tan entretenido como previsible. Apenas aprendemos nada nuevo de tan interesante universo. Además, como sabemos que la Estrella de la Muerte acabará siendo destruida por un tal Luke Skywalker, es imposible que se nos aparezca como una amenaza tan siniestra como se pretende. Tan solo la presencia de Darth Vader —impagable el protagonismo que adquiere en los últimos minutos de la cinta— salva parcialmente la función, consolidándose, como si no lo supiéramos ya, como uno de los grandes villanos de la historia. Rogue One es como una de esas historias complementarias, protagonizadas por personajes poco conocidos, que a veces se incluían en nuestros cómics Marvel. Servían para pasar el rato, pero a nosotros lo que verdaderamente nos interesaba era saber lo que sucedía con Spiderman, Thor o Lobezno, los verdaderos protagonistas, los que se habían ganado un hueco en nuestro corazón.

 

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