Regreso a Montauk

El reverso de lo perdido

Por las extensas playas de Long Island (Nueva York) pasean dos personajes. Uno de ellos es una mujer vestida con colores claros, fusionada con el paisaje; sus movimientos son seguros y firmes, en consonancia con la belleza que la rodea. El otro es un hombre grande, también de mediana edad, vestido con ropajes oscuros; sostiene una mirada furtiva hacia el entorno, parece ansioso de encontrar algo que le recuerde lo que ha sido, es claramente un extranjero perdido en un paisaje del que cree ser eternamente dueño.

Muriel Rukeyser decía que el universo estaba hecho de historias, no de átomos. Una frase que podría haber escrito Max Zorn, el protagonista de la última obra de Volker Schlöndorff, director alemán que ha basado su filmografía en diferentes adaptaciones literarias. En esta ocasión, el director alemán se une al talento del escritor y guionista Colm Tóibín para construir a cuatro manos el drama romántico adulto titulado Regreso a Montauk.

De vuelta en Nueva York, llegado de la vieja Europa, el escritor Max Zorn presenta su última obra en varios medios de la gran manzana. La ciudad y un imprevisto ataque de nostalgia hacen que el viejo autor empiece a dudar sobre los múltiples aspectos de una realidad construida a su antojo. La visita de olvidados viejos amigos y antiguos amores pondrá al dramaturgo en una situación incómoda en la que se verá irremediablemente abocado a dudar del estado de su racional (en apariencia) presente.

Protagonizado por el gran Stellan Skarsgård y la enigmática Bronagh Gallagher, el film recrea una historia en la que lo que pudo haber sido y lo vivido podrían darse la mano en cualquier momento. Volker Schlöndorff pone de manifiesto el uso de la ficción para hacernos eternos dueños de esos lugares que solo serán comprendidos bajo una mirada emocional y subjetiva. El personaje de Max Zorn, interpretado por Stellan Skarsgård, no es dueño de sus deseos, pero sí de sus sentidos, todos ellos llevados a buen puerto, hasta que la realidad quiera.

Pero tras esta mirada melancólica y sombría sobre la madurez y el deseo se esconde uno de los grandes secretos de la obra. Existe una crónica oculta y representativa de la actualidad en los personajes de Max, Rebecca y Walter. Tanta añoranza e insatisfacción con el presente muestran el inevitable fracaso en la continuación de la vieja Europa y su filosofía en el nuevo continente. Aquellos que vinieron a ayudar y hacer de la sociedad capitalista un modo de vida próspero y accesible se dan de bruces con una realidad incontrolable. Para ejemplo, el último deseo de Max de enterrarse con todo su legado, o la carrera de Rebeca, que se prepara para defender a la minoría y acaba en un bufete de dudosa reputación. Solo Max, dentro de su mundo, es capaz de aguantar un fracaso global como el que cuenta la película, la incómoda postura del creador ante lo que no quiere. Siempre ha olido a podrido en el reverso de los sueños perdidos.

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