Oro

Leyendas no, gracias: ni rosas ni negras

Oro - Cartel

I.Indudablemente, seguimos presenciando el pausado desmoronamiento de nuestra patria. Asistimos a la inmolación, acompasada y calmosa, de una fragilizada nación empeñada en autodestruirse, utilizando las escasas fuerzas restantes para zaherirse a tornapunta. La razonable autocrítica se metamorfosea en manos españolas (y en manos de directores españoles y nuestra pastueña intelligentsia, mucho más) en crudelísimo autoodio, en masoquistas complacencias que denigran todo nuestro pasado, prolongando innecesariamente la tricentenaria decadencia que como pueblo (engañado casi siempre por majaderas sofisterías politiqueras) vamos arrastrando. Y arrostrando. Una despiadada desmemoria (o memoria selectiva y revanchista) de nuestro pasado, con sus miserias y grandezas, con sus albas y crepúsculos, que reniega de la tierra de sus padres (y, a la sazón, de sus hijos) vilipendiando todo su noble legado, coagulando cualquier atisbo de esperanza futura y amenguando una convivencia prudente, deviene, más temprano que tarde, en un cúmulo de miasmas, con propensión a la inexorable hecatombe nacional.

En este sentido, el ambiente opresivo de la jungla amazónica es el marco asumido por Yanes/Pérez Reverte para perpetrar Oro, disparatado desbarre cinematográfico, veneno fílmico, refrito alucinado, febril y enloquecido (sin llegar, por desgracia, a los fascinantes instantes alucinógenos de la gran obra de Herzog, Aguirre, la cólera de Dios) sobre la leyenda negra patria. Eso sí, exhalando todo el conjunto un hálito que va macerándose en una lóbrega mixtura de feble resentimiento, asaz ignorancia y patológico simplismo. Por mucho que se empeñe el director madrileño en homenajear macizas historias fílmicas (Apocalypse now, La Misión, Grupo Salvaje, eludiendo astutamente cualquier referencia a la portentosa obra de Mel Gibson, Apocalypto) o literarias (La aventura equinoccial de Lope de Aguirre o El salvaje de Horacio Quiroga) o en citar majestuosas obras (Tirant lo blanc o Poderoso caballero es don Dinero), su propósito resulta infecundo y tendente al sonrojo. Y muy lejos de sus referentes. Obvio.

Oro - Cine españolII. Historia liosa y deshilvanada, narrada a machetazos, hilachas quebradizas, solo vemos un fatuo y desbarajustado descenso al corazón de las tinieblas de la epopeya nacional del XVI. Añorando enormemente a Conrad, solo colegimos grandilocuencia y sordidez. La voz en off de un cronista nos va contando una realidad que contradice lo que nuestras estragadas pupilas distinguen sobre la pantalla. Los cronicones de indias, nos dirían Yanes/Reverte, adolecen de escaso rigor histórico. Toda la película es un perturbado (y poco perturbador) descalzaperros de seres locoides, crueles, sanguinarios, codiciosos, falsos, traidores, sin grandeza ni épica. Y españoles. Claro. La falsaria palinodia, abyecta y cansina, de nuestra nigérrima leyenda española, propalada durante siglos por nuestros enemigos seculares (Inglaterra, Francia, Holanda, EE. UU.) e infaustamente asumida por una abundantísima porción de compatriotas, produce atroz hastío. Una leyenda negra tras la que se embosca, en no pocos casos, un anticlericalismo patológico (la evangelización de todo un continente cristaliza en un cura desequilibrado al que todos escupen en su mortaja de légamo). Desencadenando hastío sideral. Sempiternos y nebulosos tópicos que han asumido desgraciadamente algunos españoles (y de los que el separatismo, desde finales del XIX, se nutre abundosamente). Y prolongándose sin descanso, hasta hoy: la España de pandereta y cañí, como epítome de toreros, tonadilleras y seres crudelísimos que habitan este solar desgarrado e imposible… En fin, como nos advirtió Einstein, cuesta más desintegrar un prejuicio que un átomo.

III. No se trata de radiografiar una leyenda rosa. Más que nada porque no la hubo. Abusos y matanzas brutales existieron, lógicamente, pero la gesta americana sobrevino civilizadora al lado de otros imperios nítidamente depredadores que nos tomaron el relevo en la conquista del mundo. Ni genocidio, ni esclavitud, ni torturas inquisitoriales (eso no obsta para que se cometieran vilezas innúmeras, matanzas abundantes y dolorosas servidumbres). El socialista (anoten el dato) francés Jean Jaures ya escribió a finales del XIX: “Las grandezas de hoy son esfuerzos de los siglos pasados. La historia de una patria no se resume en un día o en una época, sino en la sucesión de todos sus días, de todas sus épocas, de todos sus ocasos, de todas sus auroras”. Miseria y grandezas, la historia de las patrias, como la de nuestras propias biografías. El mundo, en definitiva, suele ser algo más complejo, menos maniqueo. Escribe certera Emilia Landaluce: “No hace falta pasarse media vida en el archivo de Indias para refutar esta visión tan maniquea; basta darse un garbeo por Iberoamérica. Ahí están las universidades que construyeron los españoles, los hospitales (en la Lima virreinal había una cama de hospital por cada 101 habitantes), las catedrales, los conventos… Para saquear, esclavizar y violar no hacía falta construir ninguna de esas cosas”.

Oro - José CoronadoNo duele tanto una clamorosa cojera de rigor histórico como la rocosa inverosimilitud que preside toda la película. No surgen soldados (con sus luces y sus sombras) ante nosotros, florecen tenebrosidades moribundas, espectros de índole fantasmal, mugre y suciedad hipertrofiada (en el cuerpo y en el espíritu) incrementándose en la pantalla, de continuo, la mate lividez del rostro, bocas sin color, mejillas desconsoladas, sienes prensadas, párpados cerúleos, custodiándose los ojos en las cuencas descarnadas y violáceas (eso sí, ahí se erige lo escasamente rescatable del film: potente maquillaje, un Juan Diego a la manera de un Kurtz apocado y, sin una duda, un meritorio vestuario, incluso superior a la obra, menor, de Saura, El Dorado).

Coda. En fin, no hay más cera que la que arde. Esperemos que surja la gran película sobre las proezas nacionales. Con su barro (diestramente retratado en este film). Pero con su oropel. Rigurosas y ecuánimes. Justas y honestas. Menos revisionismo insincero (qué decir de Los últimos de Filipinas). Menos buenos y malos. Menos leyenda. Ni rosa ni negra. Y, sobre todo, más cine. Porque, a la postre, puedes llegar a aceptar el embuste artero. Pero desde luego, uno no debería aceptar, bajo pena de garrote (tan presente en la película de Díaz Yanes), que le tomen el pelo. Y, a la vez, le aburran insuperablemente.

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