Morir

La versión inédita del amor

En 2007 Marian Álvarez interpretaba en Lo mejor de mí —de Roser Aguilar— a una joven cuyo novio era hospitalizado porque necesitaba con urgencia un trasplante de hígado. Diez años después, en Morir, Fernando Franco le ofrece la curiosa oportunidad de reinterpretar la transformación emocional de quien decide acompañar y asistir a su pareja enferma. Esta vez Marian es Marta, y él tiene cáncer.

En una película en la que sus protagonistas deben readaptarse continuamente, las canciones versionadas funcionan como metáfora de las células mutantes que han convertido la complicidad en una melodía difícil de reconocer. En la música buscarán un acorde paliativo al que aferrarse: el abrazo por inercia mientras suena Heroes, de David Bowie; o el Voyage, voyage temerario que escenifica de manera escalofriante el camino suicida que recorren Luis y Marta.

Sin embargo, no es la enfermedad el germen que inicia el deterioro de la relación, sino el modo en que la pareja la afronta: Luis reacciona encerrándose en sí mismo y decide ocultar a las personas de su entorno el estado en que se encuentra. Quiere evitar la compasión, mantener la dignidad y sentirse, de algún modo, dueño de su vida. Para ello excluye a Marta en un principio, pero es insostenible engañarla a ella también. Luis no tiene más remedio que otorgar a Marta —casi por resignación y no por derecho— el puesto de única testigo y resorte.

Fernando Franco convierte el peso que ella soporta en centro gravitatorio para ahondar en los sentimientos de la persona cuidadora: el cariño, la fidelidad y el deber moral entran en conflicto con el hartazgo, los reproches y la ingratitud recibida. La culpabilidad alcanza su cumbre cuando aparece, además, el deseo de que todo acabe. El director potencia los recursos expresivos audiovisuales frente al uso del diálogo para plasmar el estado psicológico de sus protagonistas: Marian Álvarez y Andrés Gertrúdix se distancian mediante gestos y miradas; mientras que la densidad del entorno que los aprisiona toma cuerpo a través de la escasa profundidad de campo.

Se genera así una claustrofobia similar a la conseguida en su anterior trabajo. En La herida (2013) la inestabilidad que atormenta a su protagonista —también Marian Álvarez— nace desde su interior, provocada por el trastorno límite de la personalidad que padece. Mientras que en Morir la presión viene de afuera, y constriñe cada vez más su capacidad de resistencia. Los planos cerrados de la primera película son sustituidos en esta última por planos abiertos de fondo desenfocado, igual de asfixiantes. Resultan significativos también otros detalles cotidianos: las camas separadas, la templanza en el tono, la lágrima ausente cuando no queda vida que exprimir.

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