Moonlight

In the mood for Wong Kar-wai?

La historia del arte es, en cierto modo, una historia de robos, tanto muy sutiles y prudentes como abierta y llamativamente impúdicos. A veces a esos robos se les llama adaptaciones o influencias, y cuando quieren parecer más sofisticados, homenajes. Y el cine, siendo el arte que dispone, quizá, del mayor número de medios artísticos, está sometido a robos de todo tipo: visuales, verbales y musicales. También en el cine, como en cualquier otro arte, se acogen con entusiasmo las ideas originales, pero al mismo tiempo no se considera un crimen hacer un homenaje a cualquier otra idea original. Siempre y cuando ese homenaje tenga sentido y, además de ser una mera referencia, aporte algo a la misma obra. Además del ejemplo más trivial de la figura de Tarantino, que consiguió desarrollar su propio estilo a base de la afición por el cine de serie B, los directores jóvenes recurren a menudo a la cita de sus inspiradores, como Xavier Dolan, que empezó a rodar con diecinueve años y lógicamente no podía haber hecho ya descubrimientos innovadores en el campo de la dirección cinematográfica. Sin embargo, parece que con la edad y la elaboración del estilo, la genialidad por la cual fue tan alabado el enfant terrible canadiense va decreciendo proporcionalmente a sus triunfos en los festivales.

Pero aquí no hablamos de Xavier Dolan, sino de otro cineasta diez años mayor que él, que no pudo disfrutar ni de una jota de su éxito hasta el año pasado. Nacido y criado en Liberty City, un barrio desafortunado de Miami, Barry Jenkins, que al terminar su primera película Medicine for Melancholy (2008) llevaba años trabajando en varios proyectos y montando con poco éxito su productora, quizá no podía imaginar que volvería a la dirección con una historia ambientada en los lugares de su niñez. Y encima, que esta historia, basada en una obra teatral de otro autor procedente de Liberty City, provocaría una repercusión enorme tanto en el mundo del cine independiente como en Hollywood, al obtener ocho nominaciones al tío Óscar. Tal vez si no hubiese sido por el nombre de Brad Pitt (citado como uno de los productores de la película) y el presupuesto bastante substancial para una película independiente (cinco millones de dólares, en comparación con los quince mil de que disponía para su primer filme), Moonlight también hubiera quedado relegada y nunca hubiera llegado al gran público. Presentada brevemente como “un drama sobre tres etapas de la vida de un negro homosexual”, Moonlight crea en la imaginación de la gente que no la ha visto esa sensación de complot infinitamente manipulativo con el propósito de exponer un tema social. Y exactamente por eso se ha convertido en la mayor amenaza al triunfo de La La Land, siendo al mismo tiempo uno de los catalizadores de este proceso el escándalo del año pasado con #OscarSoWhite.

Pero el problema de Moonlight no reside en las especulaciones acerca de los Óscar ni en el tema del filme en sí, porque de hecho Barry Jenkins ni siquiera llega a exponer, como esperaríamos, el bullying por motivos sexuales o raciales. El fallo está en su planteamiento como película exclusivamente poética e íntima, que resulta muy decepcionante. Nadie niega que la segunda obra cinematográfica de Barry Jenkins está basada en gran parte en su experiencia personal, así como en la del guionista Tarell McCraney, pero el director debería cuidar de que nada importante se quede fuera de la narración o recurrir al simbolismo visual. En vez de esto Jenkins opta por recalcar el estilo visual de la película, obviamente prestado de muchas de sus inspiraciones del cine europeo y asiático (citadas por él mismo en numerosas entrevistas) de Claire Denis, Hou Hsiao-hsien y sobre todo Wong Kar-wai. Es una pena, porque ese manierismo hace que la película pierda mucha de su sinceridad, de la cual sin duda no carecía la historia original.

Aunque trata de parecerse más a obras maestras de Wong Kar-wai tales como Happy Together e In the Mood for Love, en Moonlight se percibe claramente el sabor soso de su prueba americana My Blueberry Nights. La cinematografía de James Laxton en algunos momentos finge de una forma convincente el estilo de Christopher Doyle, el director de fotografía que colaboró en la mayoría de las películas del cineasta hongkonés. De la misma manera se encuentran muy fácilmente las referencias sobre todo a Happy Together, el drama muy sutil sobre el alejamiento de los sentimientos y la volatilidad del amor, en la cual tampoco importa tanto el hecho de que se trata del amor homosexual. Las últimas dudas en cuanto a las inspiraciones de Barry Jenkins se desvanecen al escuchar la banda sonora, compuesta por unas piezas verdaderamente emocionantes del compositor Nicholas Britell, además del Cucurrucucú Paloma de Caetano Veloso. Por desgracia, por muchas que sean estas referencias, no añaden demasiada profundidad a la película.

Y falta esa profundidad sobre todo en el desarrollo del protagonista, Chiron, que siendo un chico muy cerrado desde la niñez, al final no se abre al entendimiento del espectador. Llegamos a comprender poco más a través de su relación con los demás personajes (suele ser al contrario en una película bien escrita), que, debido a la necesidad de subrayar el aislamiento del protagonista, es muy escasa y encima carece de cualquier interpretación que vaya más allá de la declaración “sé lo que quieras ser”. Como contraste, Naomie Harris, que desempeña el papel de la madre drogadicta, destaca en su interpretación de todos los clichés atribuidos a ese rol. De todos modos, si Barry Jenkins quería adaptar la incomunicación de los burgueses de Michelangelo Antonioni a la realidad de un chaval del Liberty City, no lo consigue, no por la incompatibilidad de las clases sociales, sino porque los métodos artísticos y el simbolismo al cual recurre el cineasta italiano en sus obras (el color mismo en El desierto rojo) no tienen nada que ver con la mera gama de colores agradables y paisajes marineros o urbanos de Miami de Jenkins.

Por hartos que estemos todos del rollo con el premio de la Academia, al final volvemos a este tema. ¿Hubiera recibido tanta atención esta película relativamente modesta si no hubiese sido por la promoción de la compañía de Brad Pitt y el supuesto tema “actual” que plantea? Hay que destacar una cosa: el mensaje principal de la película (si quitamos las capas de poesía que enmascaran la superficialidad) surge en varias ocasiones y es llamativamente trivial: “sé lo que quieras ser”. Un caso ejemplar de la misiva que puede alcanzar a cualquier persona, sobre todo si su nombre es Óscar.

Con el corazón latiendo 24 veces por segundo, en busca de vida al otro lado de la pantalla.

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