Mimosas

Un western sufí

Cine como reflejo de la realidad. Cine como reflexión personal. Cine como la verdad 24 veces por segundo. Cine como la mentira 24 veces por segundo. Cine como sueño. Cine como fe.

El segundo largometraje de Oliver Laxe incluye todas esas facetas del cine, en equilibrio entre pasado y presente, realidad y sueño, filosofía y aventuras, fe y agnosticismo. Inspirándose en las películas de John Ford y en la práctica del sufismo, Laxe crea Mimosas, que podríamos calificar como “western oriental” o la proyección de todo el bagaje cultural de este cineasta nacido en Francia, de origen gallego, residente durante un tiempo en Marruecos.

Además de destacar por su género singular, Mimosas planteó un desafío al mundo de la producción cinematográfica al tener dos estrenos en dos festivales de cine diferentes. La primera vez que las secuencias de la película alcanzaron al público fue en el Festival Internacional de Cine de Locarno, en una obra experimental del cineasta británico Ben Rivers, The Sky Trembles and the Earth Is Afraid and the Two Eyes Are Not Brothers. Una parte de este pseudodocumental se dedica al viaje metafísico de un director durante el rodaje de su película en Marruecos: el director es el mismo Oliver Laxe, y algunas secuencias del filme de Rivers se trasladaron luego a Mimosas. Pero el verdadero estreno de su película tuvo lugar un año después, durante la Semana de la Crítica del Festival de Cannes, y terminó ganando el Gran Premio.

Aunque ambas películas suponen un cierto reto para el espectador acostumbrado a la narración clásica, Mimosas no carece de argumento en sí. Se trata de algo parecido a dos historias desarrolladas en dos épocas o dimensiones paralelas, un viaje en el tiempo entre una caravana que deambula por las montañas del Atlas y una ciudad de Marruecos donde los conductores de taxis están luchando por su trabajo. Aunque al principio una parte puede evocar Aguirre de Werner Herzog y otra el neorrealismo italiano de Ladrón de bicicletas de Vittorio De Sica, esa semejanza superficial es errónea, lo que se comprueba en el transcurso ulterior de la película. Oliver Laxe no quiere mostrar la hostilidad del ambiente o la mezquindad del hombre frente a la naturaleza salvaje, y su propósito tampoco es plantear los problemas sociales de Marruecos. Dos dimensiones chocan cuando el propietario de la compañía de taxis manda a uno de sus empleados que acompañe a la caravana con el objetivo de ayudarle a conseguir su meta: enterrar el cuerpo de Sheik en el lugar testado por él. Y ahí empieza un cuento metafísico sobre la pérdida y el reencuentro de la fe, con elementos de aventura de western.

A pesar de que Oliver Laxe no quiere dar la respuesta definitiva en cuanto al simbolismo y el significado de su película, ya que desea que el espectador la encuentre por su cuenta, la clave de Mimosas está en su estructura. La película está dividida en tres capítulos titulados según las posiciones de rakat, el rezo musulmán que forma parte del salat, uno de los cinco pilares del islam. Las primeras dos partes (levantamiento y reverencia) alegóricamente pueden ser traducidas como la prueba de las dudas, la cuestión de fe e incredulidad (y no solo en el sentido religioso) a la cual se encuentran sometidos los dos hombres que asumieron la responsabilidad de cumplir el último deseo de su maestro Sheik. El hombre enviado a ayudarles —arquetipo de idiota de Dostoyevski o tal vez de Mesías, la sabiduría del cual se esconde entre la ingenuidad y la sencillez— trata de convencer a sus compañeros de no desesperarse y superar esa prueba tanto espiritual como física. La tercera parte (postrado) es el clímax del rezo, en el cual ocurre el enfrentamiento con Alá o, metafóricamente, con uno mismo. En esta parte uno de los protagonistas se despierta (o quizá al revés, se duerme o se muere) en otra dimensión sin tener idea del lugar ni del tiempo ni de la época. A partir de ahí la película se convierte en un sueño tanto para el protagonista como para el espectador. Los trocitos de secuencias e imágenes; los recuerdos pintados de amarillo, rojo y gris; los taxis volando por el desierto con la puesta del sol y las montañas en el horizonte; todo, fijado a través de la cámara de 16 mm, crea el sentimiento de margen entre el sueño y la realidad: el mejor cumplido que puede hacérsele a una película.

Tras terminar su viaje metafísico en Marruecos, Oliver Laxe ahora vuelve a sus orígenes. Su tercer largometraje, Aquilo que arde, tendrá lugar en Galicia y, según el mismo Laxe, se tratará de “una especie de encargo sobre la identidad, los fuegos y los incendios”. ¿Provocará el incendio poético en el cine español moderno? Cruzamos los dedos.