María (y los demás)

Infantilismo a los treinta

 

María corre por la calle atravesando el plano de derecha a izquierda. La cámara la sigue, supongamos que ella no se detiene después del fundido a negro. Esta escena de María (y los demás) me confirma que la película es una especie de Frances Ha made in Spain. Del mismo modo en que Baumbach me decepcionó con su Greta Gerwig en la versión hípster de Peter Pan, lo hace el personaje de María interpretado por Bárbara Lennie. No es por la actriz principal —quien parece tener toda la responsabilidad de que nadie se ahogue en esta película—, sino por la creación de un personaje que intenta ser contradictorio (como todos lo somos) y solo resulta incoherente. Se puede ser contradictorio y coherente sin caer en la bipolaridad, al igual que se pueden construir personajes consistentes y a la vez volátiles. No es el caso de María, protagonista de la ópera prima de Nely Reguera. Tampoco lo es Frances ni los personajes de las últimas películas del director norteamericano, los cuales sufren de un infantilismo tan agudo que en su interior queda poco espacio para la voz propia.

Comienzo a sospechar que se trata de algo bastante personal, porque son películas que gozan de buena acogida, pero no conecto con esta especie nueva de inadaptados, que realmente quieren encajar en aquello que detestan. Es decir, María está frustrada (desafinada, como su flauta) porque no cumple con lo que se espera de ella: que sea independiente, que tenga pareja estable e hijos, que escriba un libro. Podría ofuscarse porque se niega a ceder ante la presión de su entorno, pero realmente está enfadada consigo misma, porque no es capaz de alcanzar lo que se le exige. Aquí es donde yo me pierdo, donde no la comprendo a ella ni a Frances Ha, por quienes soy incapaz de sentir empatía.

Además de los personajes, están las situaciones, que pretenden ser absurdas y para mí lo son, aunque no en el sentido que busca su directora. En una escena, María y su familia están probando un menú para la boda de su padre. El menú lo ha hecho ella, y los platos fuertes son: tortilla de patatas y pulpo. Debería ser muy gracioso. Pero aquí hay varias cosas que no entiendo (y si no las entiendo, no me río): la familia es de clase acomodada y manda a la niña a preparar el menú de la boda. En ocasiones tengo la sensación de que María duerme en un cuartillo donde la encadenan por las noches. Es cierto que en parte retrata esa esclavitud social de la mujer, en quien finalmente recaen siempre el cuidado de los familiares, la cocina y las tareas del hogar. Pero no sé si la intención de la directora es señalar eso o si la película en realidad es un poco casposa. No sé si a María le gusta cocinar o lo hace por imposición; no sé por qué no lo hace su hermano, que es cocinero profesional. No sé por qué no contratan un catering desde un principio (creo que son familia de Jordi Pujol, y ya está).

Otra escena donde la narración cae en repetidas incongruencias (con el consiguiente alejamiento que ello provoca) es la del vestido de novia. Bárbara Lennie está guapísima vestida de blanco (es lo único que me sugiere este momento), pero de repente me pregunto cómo coño ha llegado al probador más espacioso y luminoso sin que nadie se dé cuenta. ¿Es posible probarse un vestido de novia como quien se prueba una camiseta del Primark? Me lo cuestiono, pero no lo sé, no frecuento mucho esos lugares (el Primark, digo). Inicialmente podríamos pasar esto por alto, si no fuera porque la novia de verdad, la que se va a casar, está probándose el vestido en un lugar casi en penumbra, parecido al cuartillo antes mencionado (donde imagino que duerme María). Aquí incluso dudo por un instante si esta parte de la secuencia se desarrolla en la misma localización, hasta que María sale del probador y los espacios se unen.

Escena de María (y los demás)

Puedo decir que María (y los demás) es agradable a la vista por varios motivos: el primero y más evidente es la belleza de Lennie. El vestuario sobrio y elegante acentúa esa androginia hipnótica de María, que parece no definirse y en apariencia decide no seguir los cánones. Sin embargo, me chirrían algunos momentos en los que María sonríe seductora, optimista, infantil, sin venir a cuento. Es verdad que el punto fuerte de Bárbara Lennie es esa mirada contrapicada y traviesa… Pero en serio, hay ocasiones en las que no procede.

Por otro lado, los escenarios y el estilo formal sugieren que su directora, Nely Reguera, se siente más cercana al cine europeo. Pero lo cierto es que apenas hay poesía en sus planos, que se acercan más al ejercicio descriptivo; y quizá sea el sonido lo que finalmente actúe como canalizador de la metáfora. La melodía desafinada de María recorre las estancias de un hogar que yo encuentro inhabitable. Sencillamente, creo que no pertenezco a ese mundo, y me pierdo en el universo que lo envuelve.

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