Lucky

Pobre viejo afortunado

Cartel de la película LuckyNada representa mejor la urgencia de vivir el presente como un personaje con poco futuro. Lucky camina como un muñeco articulado que podría desmontarse de un soplo, y es justo su fragilidad real, compuesta por los huesos nonagenarios del actor Harry Dean Stanton, la que, paradójicamente, sacude la existencia de quien observa. Parece obvio que el objetivo del director John Carroll Lynch es transmitir a través de Lucky la necesidad de poner en práctica un carpe diem casi obligatorio, a través de una historia cuyo tema principal es el miedo a la muerte, o el sentido de la vida, si se tiene en cuenta que después del apagón no hay nada. Sin embargo, esta no es una película angustiosa sobre la imposibilidad de plantear un futuro, o sobre el arrepentimiento por lo que no se realizó en el pasado. Regodearse en la melancolía (tanto hacia atrás como hacia delante) es una pérdida de tiempo. Así lo demuestra la actitud de Lucky, quien afronta el día a día sin tener (demasiado) en cuenta la fecha en que nació. Precisamente es por ello que la vejez en esta película se convierte poco a poco en un pretexto, pues la historia —guionizada por Logan Sparks y Drago Sumonja— sugiere que su personaje bien podría tener doce, cuarenta o doscientos años. Y es que la capacidad para aceptar la realidad sin ahogarse en fantasías estériles requiere un entrenamiento constante desde el momento en que el ser humano comienza a buscar el equilibrio, la felicidad o cualquier cosa parecida a la plenitud. Así, una vez desaparece la compasión habitual que provoca observar la rutina de un anciano, es fácil identificarse con un personaje escéptico, que, no obstante, aún confía en aquellas cosas que le hacen sentir en armonía con el universo: rellenar un crucigrama, bucear en el sentido de las palabras, tener una voz amiga al otro lado del teléfono o probar por primera vez un flan.

Harry Dean Stanton y David Lynch en el film LuckyLa ópera prima de Carroll Lynch (quien no guarda parentesco con David Lynch, aunque la aparición del director en Lucky haga sospecharlo aún más) encierra en la elección de Dean Stanton para el personaje protagonista un guiño a las cosas esenciales que, al igual que un actor de reparto, dan consistencia al conjunto de la obra. Y precisamente es esa apuesta por la sencillez —que también practica Lucky— la que reporta, a la larga, más beneficios que el bote de un concurso televisivo continuamente pospuesto para mañana.

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