El otro lado de la esperanza

Equilibrismo entre la cara y la cruz

Aquí y allí: el horizonte se antoja como el canto de la moneda que separa el presente decrépito de un futuro prometedor. Aki Kaurismäki retoma en El otro lado de la esperanza la ruta hacia finales que desembocan en un mar de posibilidades. Aunque en esta ocasión —como en Le Havre (2011)—, el fin es el principio, la cámara se sitúa al otro lado: ¿qué hay después, cuando el barco llega a la otra orilla? La transición marítima parece ser el único espacio en el que la libertad se materializa, y todo hace sospechar (aún más) que ningún personaje anterior fue feliz.

Cuando Khaled desembarca solo en Helsinki, repite los pasos incansables de una existencia destinada a escapar. Su condición de refugiado se parece más a la de un fugitivo: es culpable de huir, el porqué no importa. Kaurismäki retrata la criminalización de quienes buscan asilo político, desde el momento en que ponen un pie en la tierra prometida. La cara oculta de la esperanza se hace visible al caer la noche, en lugares solitarios y en el trato estrictamente burocrático que desempeñan las instituciones. El calor humanitario queda reservado a los habitantes y funcionarios que desobedecen la ley. En esta ocasión, Wikhström, un hombre de cincuenta años aburrido y con dinero, será quien ayude a Khaled. Y aun así, parece que la distancia entre ellos se mantiene. Las historias de Khaled y Wikhström tardan demasiado en encontrarse, y cuando lo hacen no se entrelazan del todo. Quizá como reflejo de la misma frialdad con que Europa trata a los refugiados, como si de un negocio caritativo se tratase. No se sabe hasta qué punto Wikhström ayuda a Khaled porque es buena persona o porque es otra excusa más para rebelarse contra el estatismo instalado en su vida. Los protagonistas son la cara y la cruz, su relación resulta tangencial y entre ellos no se aprecia una amistad incondicional o profunda (de esas que llegan a ser absurdas), como ocurre en algunos filmes anteriores del director. La soledad y el desamparo de Khaled quedan evidenciados hasta el último segundo, y son las escenas musicales las que actúan como único acompañante espiritual del protagonista. Es en ellas en las que el espectador tiene la oportunidad de conectar verdaderamente con él: en la melodía de una canción callejera, en el concierto de un bar o en el punteo melancólico de la última noche.

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