La llegada

Bienvenidos, visitantes

llegada_posterTed Chiang es una de las más poderosas voces de la literatura actual de ciencia ficción. Poseedor de un lenguaje exquisito, sus historias cortas son un prodigio de imaginación y van un paso más allá de lo que hoy por hoy está aceptado como posible por la comunidad científica, por lo que se podría decir que sazona sus relatos con unas pequeñas, aunque necesarias, dosis de fantasía. A pesar de todo, como sucede con los grandes maestros del género, la literatura de Chiang no es sino una excusa para hablarnos de nosotros mismos, de nuestros anhelos como especie y de los peligros que nos puede deparar el futuro. En este sentido, que un cineasta tan solvente como Denis Villeneuve haya elegido uno de los cuentos del escritor estadounidense de origen chino solo puede ser motivo de celebración, porque lo que uno espera como espectador es una historia inteligente y que aplique ideas especulativas y filosóficas al tradicional relato de la llegada de una raza extraterrestre a nuestro planeta.

En realidad, muchos científicos ya han reflexionado sobre el tema. La mayoría considera que el primer contacto con alienígenas, si llega a producirse, se realizará a distancia, en conversaciones que pueden tardar décadas, o incluso siglos en desarrollarse. En el caso, altamente improbable, de que llegara una nave de origen desconocido a la Tierra, se trataría de seres tan diferentes, tan avanzados, tan ajenos a nuestros problemas y a nuestros intereses, que el diálogo con ellos, si hubiera algún interés en establecerlo por parte de los visitantes, sería prácticamente imposible. Ante esta inquietante tesitura nos sitúa el comienzo de la película de Villeneuve. La llegada de una serie de naves, cuyo diseño recuerda vagamente al monolito de 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), a distintos puntos de nuestro planeta desata una carrera desesperada por establecer un diálogo con ellos. A partir de aquí se muestran al espectador dos tipos de reacciones: la de la gente común, que oscila entre la curiosidad, la fascinación y el puro terror, y la de los políticos y científicos, que resulta mucho más utilitarista, pero que puede estar condenada al fracaso si no se logra desatar el nudo gordiano de la comunicación con unos seres totalmente ajenos a nosotros.

llegada_adamsUno de los aspectos más curiosos de La llegada es que por una vez el protagonismo es para la gente de letras, los lingüistas, frente a los científicos puros. La doctora Banks (Amy Adams) va a ser la encargada de lograr algo tan simple, tan del día a día humano, como establecer una conversación, frente al papel mucho más pasivo del físico Ian Donnelly (Jeremy Renner). A pesar de la complejidad de la tarea, del choque cultural que supone el encuentro con seres no ya de otro continente, sino de otra galaxia, es evidente que la comunicación va a lograrse. Las consecuencias de todo esto y las formas en que afectará al futuro de nuestra especie deberán ser descubiertas por el espectador. Al final la física, nuestra concepción de la dimensión temporal frente al resto de dimensiones, es la que va a ser puesta en cuestión, una idea muy original del relato de Chiang y muy bien aprovechada en su versión cinematográfica.

En cualquier caso, la película del director de Sicario no es perfecta. La fascinación que produce al principio la llegada de los extraterrestres, las distintas posibilidades que implica su presencia entre nosotros se van diluyendo poco a poco cuando vamos descubriendo nuevas piezas del puzle a la vez que lo hace la protagonista, siendo la segunda parte del filme demasiado rutinaria y repetitiva en comparación con las promesas de la primera mitad. Lo verdaderamente decepcionante —aunque no del todo— es que, frente a la presunta complejidad de la cinta, al final se simplifique su mensaje en exceso. En su haber quedan la impecable dirección de Villeneuve y la fuerza del relato de Chiang, que, a pesar de todo, está presente en buena parte del metraje.

Autor, desde hace ya algunos años, del blog El Hogar de las Palabras y aficionado al cine desde hace muchos más. Animador de clubes de lectura en la capital malagueña, creo que el cine y la literatura son hermanos de sangre, invenciones maravillosas que satisfacen el ansia humana de explorar mundos ficticios.

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