La La Land

Lejos del camino de baldosas amarillas

Hablar de música es como bailar de arquitectura”. Esta frase (que según Google dijo Frank Zappa) me asalta cada vez que quiero escribir sobre una película fascinante. Porque hablar sobre cine —en ocasiones—, es tan complicado como escuchar un tiramisú. Todo lo que se pueda decir de La La Land no sirve de nada (ni siquiera eso de los siete Globos de Oro, ni las 14 nominaciones a los Oscar). Me ofusco y reconsidero la utilidad de la crítica cuando quiero bailar de arquitectura mientras escucho un tiramisú.

Quizá lo mejor sea iniciar el compás al modo de Mia y Sebastian: “No me importa saber a dónde llegaré, porque todo lo que necesito es este loco sentimiento”, cantan a dúo, mientras él toca el piano. Sebastian marca el ritmo y es especialista en el complicado arte de improvisar; el jazz le ha enseñado a componer a partir de tres notas básicas: “conflicto, compromiso y emoción”. Esta forma de actuar, que alterna determinación y confianza en el devenir, consigue contagiar a Mia, quien de su mano toma un desvío y se aparta del camino convencional para conseguir sus sueños.
Pero esta no es la típica historia del caballero andante que rescata a la dama. Uno de los grandes (grandísimos) aciertos de Damien Chazelle (su director y guionista) es que tanto Mia como Sebastian son independientes dentro de la pareja y juntos consiguen crecer. Ella también le enseña a poner un poco los pies sobre la tierra, aunque durante la relación se intercambien los papeles (como en la vida real suele suceder) dependiendo de las circunstancias que cada uno atraviese. Esta forma de fluir y evolucionar sin grandes dramas, de aceptar la vida y sus (a veces benditos) contratiempos es lo que convierte a La La Land en una película sublime. Todo lo que la envuelve es técnicamente magistral: los movimientos de cámara, la prodigiosa banda sonora, el vestuario, la fotografía y la carismática interpretación de sus actores protagonistas. Pero el guion es la pieza clave que transforma esta película magnánima en una melodía frágil, sincera y diminuta, capaz de colarse en cada corazoncito y hacerlo explotar de emoción.

La habilidad de transformar cada error en acierto y cada herida en belleza encuentra la representación perfecta en todo vals que inician Mia y Sebastian: cualquier escenario es válido para celebrar la inercia impuesta por el destino y sonreír colmados de melancolía.
La La Land transmite también la idea de maduración: para alcanzar cualquier meta hay que ser tenaz, pero tan importante como la acción es el reposo. Un concepto que parece imposible de representar en un musical trepidante. Pero en los pequeños gestos está: Sebastian esboza un paso de claqué después de bailar con Mía, después de rechazar subirse en su coche y cometer la locura de no pedirle el teléfono. Él escoge la soledad en ese momento, prefiere saborear lo que acaba de acontecer y disfrutar de la incertidumbre: “Quién sabe si esto es el comienzo de algo maravilloso o un sueño más que no podré alcanzar”.

Como curiosidad, cabe añadir que tanto Emma Stone como Ryan Gosling interpretan de forma íntegra los números musicales. Cantan y bailan sin ser reemplazados por un especialista en ningún momento, ni siquiera Gosling, quien ya sabía tocar el piano y tomó clases para mejorar su  nivel.

Contemplar La La Land en la gran pantalla es una experiencia apoteósica: devuelve la fe en el cine y reconforta a esos “locos” que se tirarían al Sena una y otra vez; a los que transitan lejos del camino de baldosas amarillas y  se pierden por caminos secundarios.

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