La forma del agua

Azul claro casi verde

Cartel del film La forma del aguaUn hombre acumula pasteles de gelatina verde en la nevera. Dice que son sus favoritos, pero lo que realmente le gusta es el trato amable del camarero que se los prepara cada día para llevar. Del mismo modo, un vendedor de coches consigue colocar un Cadillac de tonalidad dudosa a un cliente que aborrece el color verde: “Es azulado”, argumenta, y más tarde cierra el trato. Diplomacia y guerra fría.

El azul verdoso (o verde agua) presente en La forma del agua de Guillermo del Toro sitúa al espectador ante la duda cromática, en un limbo confuso donde la legitimidad del poder establecido es puesta en tela de juicio constantemente. El matiz que separa la autoridad de la represión varía según la luz que emanan sus personajes: persuasivos, intransigentes, ambiciosos e inconformistas; tanto de un lado como de otro, pero con objetivos opuestos.

Sally Hawkins y Octavia Spencer en el film La forma del aguaDe entrada, Elisa (Sally Hawkins) recuerda inevitablemente al personaje de Audrey Tautou en Amélie, e incluso mantiene una amistad con un vecino del edificio, trasunto del hombre de los huesos de cristal con quien la protagonista francesa entabla una relación muy significativa. La sombra de la cursilería que se cierne sobre el espectador se disipa a los pocos minutos, y La forma del agua inicia su frenético juego de escenas malabares sin que ninguna pieza salga desorbitada.

El verde flemático impregna la vida de los freaks que viven en las cloacas: negros, empleadas de la limpieza, homosexuales, alcohólicos, solteras y artistas fracasados. Monstruos, en definitiva, que nadan en círculos dentro de un estanque de escasas dimensiones. La desobediencia, la revolución silenciosa bulle en las entrañas de los personajes oprimidos hasta endurecer el carácter de los más vulnerables.

La estética dulce que predomina en La forma del agua, ambientada en los años 60, encaja a la perfección con el toque perverso y mesuradamente gore que caracteriza la filmografía del director mexicano. Sexualmente perturbadora y provocativa, se mantiene tradicional en forma y fondo sin dejar de ser sorprendente. De género inclasificable (por contenerlos casi todos), aúna romanticismo, comedia, thriller, cine negro y hasta musical. Quién sabe si el tonteo con este último, que recuerda al atrevimiento que han supuesto The Artist y La La Land en la última década, es un guiño a la Academia para conseguir la estatuilla. Por el momento, la apuesta le ha valido trece nominaciones a los Óscar, y quizá sea esta la película fetiche de Del Toro.