Isla de perros

Wes no defrauda

poster del film Isla de perrosHace años, cuando comenzaba a descubrir poco a poco la filmografía de Wes Anderson —un trayecto muy recomendable y satisfactorio—, me pareció muy curioso el hecho de que en Viaje a Darjeeling se utilizasen fragmentos de la banda sonora de algunas de las películas más conocidas del director bengalí Satyajit Ray. Hoy, Anderson vuelve a sorprenderme gratamente al dejar caer música de Los siete samuráis en Isla de perros. Y es que la película recurre al imaginario colectivo del cine nipón como clara fuente de inspiración. Esos fantásticos planos generales al estilo de Ran o esos sutiles detalles, como que la residencia donde Tracy se hospeda se llame como el personaje de Toshirō Mifune en la obra más famosa de Kurosawa, demuestran un gran amor por los clásicos.

La premisa de Isla de perros es sencilla. El alcalde Kobayashi —cuyo nombre es alusión al flamante director de La condición humana o Harakiri— se yergue ante su ciudad cual Charles Foster Kane, imponiéndose como tiránico político mafioso y antagonista principal. Su sobrino adoptivo Atari —las alusiones a Japón pierden ya toda sutileza— buscará a su perro guardaespaldas Spots en la isla de basuras donde se lleva a cabo una suerte de apartheid perruno, cuyo origen se sitúa en la guerra entre los perros y los partidarios de los gatos ocurrida en el Japón medieval. Siguiendo una narración en montaje alterno al uso, acompañaremos a Atari y a cuatro perros reclusos en busca de Spots, mientras Tracy, una precoz niña totalmente wesandersoniana, trata de acabar con la tiranía de Kobayashi.

Resulta llamativo cómo los perros siempre han tenido un papel desfavorable en el cine de Anderson. Snoopy muere de una flecha errante en Moonrise Kingdom. Buckley es atropellado en The Royal Tenenbaums. En The Life Aquatic with Steve Zissou los protagonistas dejan abandonado a un perro de tres patas en una isla de Filipinas y en Fantastic Mr. Fox anestesian a varios con arándanos envenenados. Solamente el señor Anderson es capaz de romper el tabú cinematográfico de matar a un perro sin que esto se convierta en un drama forzado, muestra de cómo en su particular cine, hasta los momentos más duros son aptos para todos los públicos. Pero centrémonos. Esta road movie a través de un enorme vertedero nos regala momentos de calmada paz entre la lucha por la supervivencia en los que se erige como fábula sobre la autodefensa y contra cualquier manifestación de despotismo.

Fotograma de la película Isla de perrosIsla de perros no deja de emitir un destello de autoconsciencia autoral. No en balde es el noveno largometraje de un cineasta que ha ido madurando su estilo desde que estrenó su prometedora Bottle Rocket hace ya veintidós años, con su característica composición simétrica y compartimentada, en esta ocasión en forma de fiambrera rellena de sushi. No obstante, hay una diferencia entre Isla de perros y sus anteriores trabajos que sale a la luz si la comparamos, por ejemplo, con Fantastic Mr. Fox, su otra película de animación. En aquella la forma se subordinaba al contenido y ahora parece ocurrir lo contrario. ¿En cuál de las dos obras encontramos un mejor resultado? Eso lo dejo a la opinión del lector. Lo que queda claro es que en ambos casos Anderson luce su estilo como uno de los cineastas mainstream más creativos en lo formal. Y con Isla de perros el resultado es excelente.

Por cierto, la película está basada en el cortometraje Chienne d’histoire del armenio-francés Serge Avedikian. Si os gusta la película, echadle un ojo también, que ganó una “palmilla” de oro en Cannes este buen señor.

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