Hasta el último hombre

La guerra pacífica de Mel Gibson

Mel Gibson vuelve, y lo hace tras diez años de parón, decidido, con la quinta marcha directa y un proyecto casi redondo, que contiene lo mejor de sí mismo. Recordando los últimos papeles del australiano, no podemos decir que esté en su mejor momento: de hecho ganó el Razzie al peor actor de reparto por Los mercenarios 3; pero en su faceta como director, la cosa cambia.

Para situarnos, Hasta el último hombre está basada en hechos reales y cuenta la historia del primer objetor de conciencia, Desmond Doss, que fue galardonado con la medalla al mérito en Estados Unidos, ya que consiguió salvar la vida de hasta 75 soldados sin haber empuñado un arma en el frente.

La película se podría dividir en tres partes. En primer lugar, los momentos previos a que Doss ingrese en el ejército, historia de amor incluida; es la parte más edulcorada, y ahonda en los traumas y vivencias infantiles que provocaron que el protagonista llegara a refugiarse de manera férrea en la religión.

La segunda parte, en la que empieza realmente la acción, narra las vivencias y el acoso que vive el soldado durante el proceso de preparación hasta llegar al frente en la batalla de Okinawa, en el Pacífico, durante la II Guerra Mundial.

La última parte es la bélica, en la que Mel Gibson descarga toda la artillería pesada para regalarnos lo mejor de sí mismo: cámaras lentas, montaje excepcional y realismo, que hará que el espectador aparte la vista alguna que otra vez por lo gore de la situación.

Ni que decir tiene que, a pesar del memorable desembarco de Normandía que Spielberg narró en Salvar al soldado Ryan, esta película tiene algo más que aquella. Los personajes están mejor construidos, con trasfondo, secuelas y traumas que son consecuencia de la Gran Guerra, como es el caso del padre de Desmond Doss, interpretado por un genial Hugo Weaving. En la cinta también se habla de sueños, contradicciones y fe, la del protagonista, que vive su propio calvario en Okinawa, aspecto que nos remite a La pasión de Cristo.

Los actores realizan una labor magnífica, empezando por Andrew Garfield, que ya está nominado al Óscar; Hugo Weaving, que debería estarlo como actor de reparto; y terminando con Vince Vaughn, que también hace méritos para dicho reconocimiento.

Técnicamente, a pesar de los lentos movimientos de cámara, la película goza de un buen ritmo y mantiene al espectador en todo momento con el corazón en un puño. También es digna de mención la fotografía, labor de Simon Duggan.

Todo esto se ha reflejado en seis nominaciones al Óscar, incluyendo mejor película, director y actor, y aunque las probabilidades de ganar sean casi nulas, Gibson puede estar satisfecho de haber hecho una película bélica casi perfecta, que hace reflexionar en lo absurdo del ser humano y que, a pesar de las comparaciones con otros films de igual corte, tiene algo que la hace diferente: el alegato por la paz, sin encumbrar o desmerecer ninguno de los dos bandos, algo muy típico en las películas de guerra americanas.

Quizás no es la mejor película de Gibson —Braveheart dejó el listón demasiado alto—, pero sí es el camino que debe seguir para volver a ser el gran director que un día fue.

Estado en reparación por falta de imaginación… ¡Qué atrevida es la ignorancia!

 

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