Ghost in the Shell

El equilibrio del alma vacía

En 1995 nació una coproducción británica y japonesa que llegaría a alzarse como uno de los hitos de la animación y una de las mejores películas de anime de todos los tiempos por su aspecto visual, un envolvente universo cyberpunk y una red subyacente de temas metafísicos que exploraba la moral y la ética más allá de los límites de lo tecnológico. En una década en la que internacionalmente la coda “para adultos” tras el concepto de “animación” era aún más frecuente que en nuestros días, la adaptación cinematográfica de Mamoru Oshii del manga Ghost in the Shell de Masamune Shirow surgió de su caparazón para inspirar a toda una legión de cineastas como las hermanas Wachowski.

Ante tal hito, el remake estadounidense live action que nos llega más de veinte años después bajo la dirección de Rupert Sanders estaba destinado desde su concepción tanto a horrorizar a los fans más puristas como a suscitar la polémica y el interés a partes iguales. En una ciudad futurista donde la tecnología se ha integrado en la sociedad y en la propia vida humana facilitando implantes y mejoras, asistimos al nacimiento de la mayor Mira Killian (una estupenda Scarlett Johansson, quien ha demostrado que puede con todo tipo de papel), una cíborg de cuerpo totalmente robótico configurada a partir de un ser humano, con capacidad cognitiva, conciencia de ser y “alma”. Mira (a quien muchos aficionados a la obra original les extrañará en un principio no reconocer como Motoko Kusanagi, pero todo se andará…) trabajará como agente para la Sección 9 con el fin de detener el ciberterrorismo que amenaza la integridad humana. Junto a ella lucha el exmilitar Batou (Pilou Asbæk) y ambos siguen las órdenes de Aramaki (un implacable Takeshi Kitano, quien roba prácticamente todas las escenas en las que aparece) para tratar de capturar al sigiloso hacker que ha invadido mentes humanas para cometer crímenes.

El filme, a pesar de las inevitables comparaciones con la obra original, resulta ser una adaptación efectiva con el objetivo blockbuster de llegar al público estadounidense. Precisamente por ese motivo, al mismo tiempo que homenajea (no sin cierto titubeo) al anime clásico con escenas prácticamente calcadas de este, una fotografía y un diseño de producción sobrecogedores, la metafísica y el debate ético del anime en toda su complejidad quedan reducidos al mínimo. Así, se sustituye una cuestión de definición de “humanidad” por un conflicto más individualista acerca de la propia identidad y la memoria a partir de la búsqueda de respuestas que la mayor emprende por su propia iniciativa. Parecía complicado de conseguir, pero Ghost in the Shell se mueve bastante bien a caballo entre el homenaje estético a la obra original y la incorporación de cambios y simplificaciones que, aunque pesen a los más puristas, acercan la saga a una audiencia más numerosa. En cierto modo, en un momento en el que las adaptaciones live action y los remakes están invadiendo las salas de cine con resultados tremendamente irregulares, el equilibrio es lo mejor a lo que se puede aspirar para no perder el alma de vista.

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