Fahrenheit 451 (2018)

El arte de no entender nada

Cuesta creer el poco acierto de Ramin Bahrani al intentar plasmar en Fahrenheit 451 el universo de outsiders e idealistas del que ya nos dio buenos ejemplos en anteriores obras como Un café en cualquier esquina o 99 Homes.

Con todo a favor, con la oportunidad de llevar a las televisiones de todo el mundo un grupo de personajes y temas ya familiares al consagrado director que con Goodbye Solo logró posicionarse según The New York Times como uno de los profesionales más prestigiosos de su generación, Ramin Bahrani deriva en su empeño de trasladar al cine una obra posmoderna y clásica a la vez en lo que acaba siendo un panfleto sin sentido ni dirección.

Farenheit 451 te hace dudar entre la ineficacia de la visión del director a la hora de plasmar el verdadero significado de la obra original y, por otro lado, el poco apego a esta (y hablamos del libro de Ray Bradbury, no de la película de François Truffaut) o la poca fe de sus productores en el gen filosófico que fue capaz de transmitir esta novela distópica de ciencia ficción, con una reflexión profunda y contextual sobre el verdadero valor de la cultura en las sociedades emergentes, dispuestas a prescindir de la libertad de sus ciudadanos a cambio de una seguridad y prosperidad teñidas de utopía.

“Es hora de quemar América otra vez”, dice un corrillo de ciudadanos al contemplar a unos fanáticos bomberos convirtiendo literatura en cenizas.

Pero puede que el problema de Fahrenheit 451 no sea ese, sino sus ausencias: por una parte nos referimos a toda esa espiral de libertad creativa, convencimiento en lo que se cuenta y cierto gusto por un cine con temáticas poco exploradas y lleno de valentía en su puesta en escena, al que nos tenía acostumbrados el ausente Ramin Bahrani, director de la película; por otro lado a Montag, el verdadero protagonista de la obra, un personaje eterno, ejemplo de revolucionario, reflejo impasible de la opresión y las injusticias del mundo en la obra de Bradbury. Algo de lo que su actor en esta nueva versión, Michael B. Jordan, conocido por otros como el que debía haber sido Black Panther, se muestra alejado. Es a veces sorprendente la capacidad de coordinación que se crea en el cine, estamos refiriéndonos a esa inusual sincronización entre actores, directores, productores y guionistas, que en ocasiones se posicionan en contra de obra, en ese lado opuesto a la buena narrativa cinematográfica, declarando al unísono con su trabajo el “no entendemos nada de lo que estamos haciendo, pero lo estamos haciendo”.

En definitiva, solo prevalece de Fahrenheit 451 su idealización como producto, el verdadero calor del fuego de los futuros inciertos, aún latente en cualquier injusticia pasada o presente, que demuestre una vez más el temor del poder a los hombres y mujeres instruidos, capaces de convertirse en voces propias y únicas, diferentes, como el surco de cada llama que baila en el aire. No hay arte en no entender nada, pero algunas veces puede que el arte consista en mostrarnos a quienes no entienden nada.