En realidad, nunca estuviste aquí

¿Tenemos que hablar de esto?

En realidad nunca estuviste aquí - Cartel películaEl pasado de Joe, interpretado por Joaquin Phoenix, puede ser definido con tres palabras: marine (probablemente Iraq), FBI (probablemente el departamento de tráfico de personas) y abuso (probablemente su padre). Su presente está definido por su pasado: necesidad de violencia, autodestrucción y desubicación. Su futuro se expresa con el sonido hipnótico de la mano de Jonny Greenwood, la música que le acompaña en el viaje a la oscuridad. Un día acepta el encargo de rescatar a la hija de un político de una red de prostitución infantil, pero al final queda involucrado en algo todavía más oscuro.

La historia de un lobo solitario con inclinaciones violentas pero corazón bueno no es para nada original, por eso después de ver el cuarto largometraje de Lynne Ramsay uno se plantea comparaciones inevitables. Enseguida se evoca Taxi Driver, un hito importante en la interpretación de la sociedad americana de los 70, así como la tendencia en el estilo visual impulsada por el vacío posmoderno y manifestada sobre todo en las películas de Nicolas Winding Refn. Mientras que obras como estas claramente marcaron la historia del cine por la reflexión que llevan a cabo de su tiempo correspondiente, En realidad, nunca estuviste aquí corre el riesgo de ser simplemente invisibilizada dentro de dicha historia por la falta de una representación evidente de lo social o político. Por otro lado, encaja lógicamente dentro de la filmografía de la directora, que se interesa sobre todo por la expresión del mundo atormentado del ser humano a través del lenguaje del cine.

En realidad, nunca estuviste aquí - Lynne RamsayIgual que los personajes de sus películas anteriores (Ratcatcher, Morvern Callar, Tenemos que hablar de Kevin), el protagonista de En realidad, nunca estuviste aquí sufre un trauma —la consecuencia de una(s) violencia(s) vivida(s) en el pasado— y busca incorporarlo en su presente. Su carácter lo vemos moldeado por la relación distante y destructiva que tiene con su entorno y a la vez por el cariño con que trata a su madre, mientras que su estado psicológico queda plasmado en la estructura narrativa, que, aunque es lineal, representa lo frágil que puede ser la realidad para una mente torturada por los fantasmas del pasado. Tal vez el desliz más grande por parte de Ramsay fue la decisión de representar estos fantasmas a través de flashbacks, que deberían servir para facilitar al espectador el trabajo de deconstruir al personaje, pero resultan una molestia que no encaja con el estilo narrativo de la película.

Quizá esta es la razón por la que la película no llega a convencer ni a los espectadores menos acostumbrados a las tramas que se extravían de lo convencional ni a los más exigentes. Por un lado entramos en el reto de la (in)comprensión, pero por otro tenemos las guías demasiado claras como para desconfiar de lo que contemplamos. Y en cualquier caso terminamos buscando la respuesta en el título de la película.

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