En cuerpo y alma

Amor en tiempos de cólera

Cuerpo y alma, body and soul, mi corazón está afligido y solo, soy todo tuyo en cuerpo y alma, paso mis días con nostalgia, indesmayable clásico del soul. Nuestros lívidos y enlutados protagonistas, llevando sobre sí el sudario ceniciento del desconsuelo, entonando la saudade a la usanza del rompeolas, deambulan entre el sueño y la vigilia, entre la soñolienta irrealidad y el pujante anhelo de amor, como medio de reconciliarse con el universo.

Sobrevolando un dédalo de carne, se alza el alma. Deterioros físicos (la paresia de Endre es tan sintomática) y cenagosos colapsos mentales pujan ante nuestras retinas junto a otros opuestos que se imbrican en esta oscura fábula húngara en la que la apariencia se distancia, abismal, de la realidad. Amor y sexo. Carne y hielo. Negro y blanco, de blancura casi eucarística (como la nívea tez de María). Lo indivisible contra lo incoalescente. El juego de contrarios, tan ambivalente como polisémico, juego de espejos/estanques, es retratado con agudeza por la directora Ildikó Enyedi espigando, casi sin parecerlo, ecos de cierto cine europeo contemporáneo (Audiard, Kaurismäki, Bèla Tarr) y dándole una consistencia de textura casi pétrea y asombrosamente coherente.

La incurable soledad del ser humano actual es mostrada de manera implacable. Sus sucedáneos de felicidad (hipersexualización, ultraconsumismo, tittytaiment, calidad de vida) devienen infectos laberintos, incongruentes e inasibles. Sus patologías y derrapes y perturbaciones. Las vidas no vividas y sí duradas. La inabarcable aridez de los corazones rotos y dudosamente recompuestos. La directora refleja con clarividencia de cirujano insomne ese improbable equilibrio entre el máximo de infelicidad tolerable y una felicidad no rebosante, siempre divisando en lontananza los monstruos de la fiera competencia laboral y sexual, el sentido de culpa y el vislumbre del fracaso vital. Y apunta hacia esa brillante y amarga dialéctica entre cuerpo y espíritu, mente y cerebro, en estos tiempos ultramodernos, en los que asistimos a una inexorable reprogramación neurológica, moral, psíquica, relacional, ante el panorama ya cierto, jaque mate, de la obsolescencia del ser humano. El hardware de los organismos bioconscientes está en fase de mutaciones ontológicas, de rediseño aceleradísimo, de performances metafísicas ya ineludibles. Y todo ello es diagnosticado extraordinariamente a través de la cámara/bisturí de la directora magiar.

La felicidad impuesta, donde el discurso biopolítico la antoja alcanzable, deviene trágica desdicha. Los secundarios de nuestro film también transparentan y acrisolan esa dolorosa sensación. La feraz atmósfera tragicómica de este cuento cruel, pero no menos esperanzador, ansía la liberación del deseo. Ganador del Oso de Oro en Berlín en 2017, tras el desgarrado y lacónico envoltorio cinematográfico, nuestros amantes sueñan ciervos, pero ansían amor. Y de vez en cuando, solo de vez en cuando, un instante de dulce apareamiento. Como una suerte de necesaria venganza ante una concepción del amor tan corrupta y degenerada como la que instilan nuestras sociedades del bienestar. Vamos, del atroz e inagotable malestar. Y, lujoso mérito de la película, refutar la memorable frase del filósofo cordobés, a saber: “En cualquier forma de esclavitud hay siempre un camino hacia la libertad, cualquier vena de tu cuerpo” (Séneca, De la ira 3.15.3-4).

Ya nos lo aclara nuestro luminoso protagonista: pocas cosas merecen la pena. Tal vez la acedera y el guiso de calabaza. El resto es silencio, como aclara el dubitativo príncipe danés inmortalizado por el bardo de Stratford-upon-Avon. Un ápice de dicha, un remanso de paz, sin más. O como se canta en la prodigiosa obra de Schubert, Viaje de invierno: “Wo find’ ich eine Blüte / Wo find’ ich grünes Gras? / Die Blumen sind erstorben / Der Rasen sieht so blaß”. (¿Dónde encontraré un brote? / ¿Dónde hallaré verdes prados? / Las flores han muerto / La hierba está pálida).

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