El ciudadano ilustre

Regreso a Ítaca

Cualquier lector medio sabe diferenciar entre literatura y realidad. La literatura es algo imaginado, que puede estar más o menos basado en hechos reales, pero que en última instancia es fruto de la mente del autor. Es el escritor el último garante de lo que plasma en la hoja de papel, fruto de su libertad, por lo que nadie debería sentirse aludido, y menos ofendido por lo que se cuenta en un determinado relato o novela. Pero es algo que sucede, sobre todo cuando un narrador es encumbrado. Su obra se difunde y se estudia con suma atención. Los más próximos al novelista pueden verse retratados en ciertos personajes y de ahí surgen malentendidos y situaciones desagradables. Todo ello por no saber distinguir realidad y ficción.

Algo parecido a esto es lo que le sucede a Daniel Mantovani, un escritor argentino que acaba de gozar de las mieles del premio Nobel. Después de pronunciar un discurso breve de agradecimiento y reivindicar el papel de agitador de conciencias del auténtico intelectual, Mantovani, un poco harto de ser el centro de atención, de las invitaciones a infinitos actos académicos y culturales a lo largo del mundo, decide aceptar una que le llega de su propio pueblo, Salas, un lugar pequeño y perdido en la Argentina más profunda, que Mantovani dejó hace décadas para no volver.

¿Qué hace que el escritor decida interrumpir este autoexilio? Quizá la seguridad inmensa que otorga el sentirse un triunfador absoluto. Saber que va a ser objeto de admiración incondicional por sus paisanos y que va a encontrar un poco de la paz que anhela en la rememoración serena de la infancia y la juventud. Nada más lejos de la realidad. Desde el mismo momento en que emprende el viaje a Salas, los problemas empiezan a sucederse. Desde lo más nimio (meros contratiempos), se va formando una bola incontrolable que amenaza con aplastar al protagonista. Y el espectador va viajando desde lo que parecía una mera comedia costumbrista a algo mucho más complejo, una tragicomedia que reflexiona sobre los errores del pasado, sobre la persistencia de ciertos malentendidos y, sobre todo, acerca de cómo la confusión entre realidad y ficción engendra monstruos.

Otra de las acertadas reflexiones de El ciudadano ilustre tiene que ver con la literatura y es acerca de si los mejores narradores surgen de la miseria, de experiencias duras, o si eso es o no es óbice para convertirse en un magnífico escritor. Mantovani lo niega, pero lo había afirmado anteriormente en una entrevista. El literato es también un ser dualista, capaz de decir una cosa y negarla después, vivir varias vidas y absorber las de los demás para plasmarlas después en sus escritos. Después de todo, por muy rica que sea la realidad, si no la complementamos con ficciones en las que penetramos para sentirnos por una vez a salvo de los males de la existencia, nuestras vidas serán demasiado pobres. Esto es lo que piensa el protagonista, que ve con ilusión cómo el ser más humilde y educado de entre los que va a encontrar en su breve y accidentado regreso a Salas, el recepcionista de su hotel, bien pudiera ser el que le relevara como cronista oficial. Curioso es que todas las ideas literarias de Mantovani provengan de Salas, pero para escribirlas tuviera que salir de allí. El ciudadano ilustre es una película para todos los públicos, pero que llegará especialmente al alma de quienes se abstraen de vez en cuando de su existencia para entregar un poco de su tiempo a bucear por el siempre sorprendente territorio de lo imaginado. Mucha atención a la fábula de los hermanos gemelos que se cuenta a poco de iniciar el filme. Puede tener múltiples interpretaciones en relación a lo que sucede posteriormente.

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