El amante doble

Bendita locura

François Ozon mantiene su ritmo de producción y, como ya es costumbre, regresa con una película que transgrede los límites y se distancia de sus anteriores trabajos. Tal vez la mayor similitud la encontramos con Joven y bonita, con la que comparte la actriz protagonista (Marine Vacth) y cierta obsesión por el sexo.

El amante doble es imprevisible, enigmática y delirante. La historia mantiene un continuo juego con el espectador, a la vez que ahonda en la problemática de la identidad, en quiénes somos y en nuestro lado más oscuro, ese doppelgänger que nos remite a otros directores como De Palma, Polanski, Hitchcock con su Vértigo y hasta el Twin Peaks de David Lynch. Los protagonistas ponen la carne (literalmente) en el asador y de ahí que sus interpretaciones sean uno de los puntos fuertes del film. La doble actuación de Jérémie Renier es más que notable.

Con un punto gamberro y a caballo entre el thriller, el suspense, el drama o el romance, El amante doble es una locura que no deja indiferente. Formalmente no le falta un detalle. Al contrario, Ozon necesitaría dosificar ese afán por alcanzar la perfección en cada plano. Gatos, vecinas marujas, espejos y escaleras… Cuando lo ves todo cuadra en la cámara, aunque en la mente ya no tanto. Belleza o coherencia, esa es la cuestión.

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Eros y Thanatos

Ya desde la mitología grecorromana los hermanos de caracteres contrarios representaban la dualidad de la naturaleza: la noche y el día, la guerra y la paz, el amor y la muerte. Si los opuestos nacen de la misma raíz, El amante doble también halla su gemelo en la propia filmografía de François Ozon: Joven y bonita (2013). Ambas películas, protagonizadas por Marine Vacth —en la primera aparece con melena rubia y en esta última morena con el pelo a lo garçon—, vehiculan a través del sexo la búsqueda de la identidad. Sin embargo, el temperamento de cada una las enfrenta radicalmente. Mientras Joven y bonita hace partícipe al espectador de esa exploración personal cuestionando los valores morales imperantes en la sociedad, El amante doble no es capaz de utilizar la provocación escénica para engendrar replanteamientos emocionales. La película resulta un desecho de tejido inerte que no alcanza un verdadero desarrollo, ya que, a pesar de la notable habilidad de Ozon para la composición de los planos y el movimiento de cámara (con los que juega al engaño), este engranaje de metáforas visuales que comienza siendo delicado termina quebrando el espejo a golpe de efectismo.

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