Doña Clara

Tiempos nuevos, tiempos salvajes

Tras un proceso de impeachment contra la expresidenta Dilma Rousseff, Brasil ha caído en las manos de la derecha de Temer. Momentos como este en la vida de un país son los que dividen a sus ciudadanos y crean el caldo de cultivo para la agitación social.

El director Kleber Mendoza —nominado a la palma de oro por su segundo largometraje— y miembros de la producción de la película, como la consagrada actriz Sônia Braga, manifestaron su disconformidad en la última edición del festival de Cannes al denunciar ante la prensa que su país estaba sufriendo un proceso de golpe de Estado, por lo que la derecha brasileña llamó al boicot contra la película (sí, esto no pasa solo en España cuando un cineasta expresa su opinión). Pero no les hagamos más el juego a los iconoclastas, hablemos de cine.

Clara es una mujer viuda de unos sesenta años que vive sola en un viejo edificio junto a la playa. Trata de llevar una vida tranquila. Echa la vista atrás y se recrea en sus recuerdos, con sus felicidades y sus temores. No obstante, una empresa constructora la presiona para que venda su casa, el único obstáculo para la construcción de un lujoso proyecto urbanístico. La película utiliza una estructura de tres arcos deliberadamente diferenciados.

Doña Clara, cuyo título original es Aquarius, es un buen ejemplo de una obra que es producto de su momento histórico. Testigo y retrato del instante, será recordada con muy buen sabor de boca por los espectadores y pasará la prueba del tiempo, pues —y muchos coincidirán conmigo— se trata de una de las obras cinematográficas más notables del pasado 2016. Acertada crítica sin resultar en ningún momento banal o panfletaria gracias a una impecable construcción del relato, Doña Clara refleja una genial habilidad narrativa desde el guion hasta el montaje.

Y qué decir de la brillante Sônia Braga en el papel protagonista, personaje sagaz y de gran carácter que camina sobre una sociedad que parece conocer tan bien como a sí misma, con una mirada más lúcida sobre la realidad de lo que aparenta. Salvando las distancias, me recuerda en ocasiones a Jep Gambardella. En el film hay, como digo, un enfrentamiento entre representantes de dos sociedades distintas: la brasileña de mediana edad y los ideales y sentimientos que ha ido forjando a lo largo de su vida, y el empresario adalid de la falsa e interesada modernidad. Parece entreverse en el personaje de Diego ese Francisco Rabal de Viridiana, mucho más moderno y desinhibido.

En el día en el que escribo esta crítica, el principal impulsor del golpe en Brasil, el ultraconservador Eduardo Cunha, ha sido condenado a quince años de cárcel por corrupción. Me pregunto para cuándo un boicot contra la mentira y la ignorancia.

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